El don (Mafia Ortega nº 3) PRÓLOGO
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El don (Mafia Ortega nº 3)

El don (Mafia Ortega nº 3)

Por Stella Andrews

© inepub.com

PRÓLOGO

LEO

Hay mujeres, y luego está Chastity Blake. Es la sorpresa más deliciosa, totalmente inesperada, y un desafío con el que no contaba.

Me mira desde el otro lado de la mesa con una cara de póquer que yo mismo envidiaría. Esconde muchos secretos detrás de esos ojos enigmáticos, y soy el hombre que va a sacarlos a la luz.

Doy la vuelta a mis cartas y observo su reacción.

Ninguna. El hombre a su derecha suspira exasperado y abandona la partida, pero no aparto los ojos de los suyos.

El de su izquierda parece haber renunciado a coquetear con ella y ha dejado paso a la ira.

Se levanta y me lanza una mirada que a cualquier otro hombre le habría hecho temer por su vida mientras se retira del juego, dejando una pequeña fortuna sobre la mesa.

Juego para ganar, pero mi oponente también, y ella se limita a dar la vuelta a sus últimas cartas y mostrar un full.

No hay sonrisa triunfante ni satisfacción petulante, solo una leve curiosidad mientras espera a ver mi jugada.

Sin apartar los ojos de los suyos ni un segundo, revelo mi mano y veo cómo la decepción nubla sus ojos sensuales cuando gano con una escalera real. A decir verdad, ha sido una distracción inoportuna en un juego que exige concentración absoluta si no quieres perderlo todo.

Supongo que está acostumbrada a eso porque corre el rumor de que es invicta, hasta ahora, y mientras me mira con una sonrisa irónica de derrota, se levanta y asiente a la crupier, deslizando sus últimas fichas hacia ella a modo de propina.

Hago una seña a Ryan, mi consigliere de confianza, para que se ocupe de mis ganancias, y me levanto. Me vuelvo hacia la mujer que está a punto de recibir una oferta que no podrá rechazar y señalo hacia el bar.

—Unas palabras, por favor, señorita Blake.

Si le sorprende que conozca su nombre, no lo demuestra, y se limita a asentir mientras mis guardias abren paso hacia un reservado en la esquina de la sala, apartado e inaccesible, porque tengo asuntos que tratar y nadie debe molestarme.

Hay que reconocerle que no reacciona, ni siquiera con curiosidad, lo que me hace sonreír. Es una jugadora de póquer con un talento excepcional y la única mujer que necesito más que a ninguna otra en este momento.

Se desliza en el reservado sin el menor temor, y mientras me siento frente a ella, me tomo un momento para contemplar una belleza poco común. Según dicen, es incomparable, porque cuando Dios creó a Chastity Blake, está claro que no supo decidirse.

Es como si todas las naciones estuvieran representadas en ella de algún modo: su piel aceitunada, sus ojos castaños profundos y su largo cabello negro azabache que brilla como el ébano más puro y fluye como seda sobre sus hombros.

Es un enigma, inclasificable, y sin embargo posee una seguridad forjada en la tragedia.

Chastity es la mujer más hermosa y desafiante que he conocido en mi vida, y me mira como si yo careciera de toda importancia.

—Exponga su asunto, señor Ortega.

Sonrío para mis adentros porque es evidente que ha venido preparada. De hecho, supongo que averiguó los nombres de todos los jugadores de la partida y seguramente investigó a fondo a cada uno.

—Creo que ha perdido doscientos mil dólares en nuestra última partida. Le ofrezco la oportunidad de recuperarlos.

—¿Qué implica eso?

Por su expresión, no será fácil convencerla, y probablemente espera lo peor. Y debería.

—Carlos Matasso.

Por primera vez, consigo una reacción. Intenta disimularla, pero su piel palidece, sus ojos se llenan de ira, y la forma en que cierra el puño me dice todo lo que necesito saber.

—¿Qué pasa con él?

—Creo que tiene asuntos pendientes con él.

—Entonces se equivoca, señor Ortega. No pienso en él en absoluto. Buenos días.

Se levanta, y mis guardias se acercan y le cortan cualquier vía de escape. Casi me divierte verla calcular si tiene alguna posibilidad de enfrentarse a ellos.

Cómo me encantaría verla intentarlo. Sería fascinante. Aunque, pensándolo bien, todo en esta belleza resulta fascinante. Se sienta y suspira con pesadez, el disgusto evidente en su hermoso rostro.

—Exponga su asunto —me espeta con expresión impasible y un toque de hostilidad en la voz que no logra controlar.

Me inclino hacia delante y la atravieso con mi mirada más oscura, disfrutando de cómo se humedece los labios e intenta mantener el control.

—Necesito sus servicios.

—¿Cuáles?

—Todos.

Sacude la cabeza y dice con desdén:

—Entonces necesitará mucho más que doscientos mil dólares, señor Ortega.

—Ofrezco un millón.

Pongo sobre la mesa la cifra mínima que estoy dispuesto a soltar, y me impresiona cuando replica:

—Tres millones.

—Dos.

—Hecho.

No hay emoción alguna en su voz, ni desde luego en su expresión, mientras cierra un trato sin conocer siquiera los detalles.

Le tiendo la mano, y cuando la suya se desliza en la mía, más grande, la retengo con fuerza, sabiendo que he ganado esta primera batalla. Mientras contemplo sus labios carnosos y apetecibles, me pregunto si la siguiente será tan fácil.

El dinero iguala a muchos hombres, y yo tengo más que la mayoría. Es la siguiente parte de mi plan la que puede quebrarla, pero me quedaré con esta pequeña victoria mientras pueda.

—Comienza ahora —digo con tono sombrío, atento a su reacción.

—Entonces será mejor que me diga qué implica —me clava una mirada igual de oscura antes de añadir con voz ronca—: Señor Ortega.

Ahora me toca a mí humedecerme el labio inferior, porque la tensión entre nosotros me interesa más que el motivo por el que está aquí.

He oído mucho sobre Chastity Blake, pero nada me había preparado para la mujer de carne y hueso: tan segura de sí misma, tan serena, con un arsenal de habilidades que me encantaría hacer mío.

—Aquí no.

—¿Por qué no?

Alza la mirada desafiante y noto cómo me brillan los ojos mientras siseo:

—Porque no discuto negocios en público, señorita Blake, y me decepcionaría que pensara que eso es aceptable.

Asiente y, cuando me pongo de pie, hace lo mismo. Digo con firmeza:

—Hasta que nuestro asunto esté resuelto, permanecerá en mi organización. La duración de su estancia depende de usted. Sin embargo, solo tiene siete días para darme lo que quiero.

—Siete días es mucho tiempo, señor Ortega.

Alza la mirada sin mostrar el miedo que esperaría de una mujer en su posición, y sonrío con suficiencia.

—Entonces estamos de acuerdo. Siete días es el plazo, pero puede terminar el trabajo antes si lo desea, siempre y cuando lo termine, señorita Blake, porque, como dije antes, no podrá irse hasta que obtenga lo que quiero.

La palidez repentina de su piel y el pánico en sus ojos me dicen que ha entendido exactamente lo que quiero decir. Cuando recupera el control de sus emociones, sé que nos entendemos.

He comprado a Chastity Blake por dos millones de dólares, y si no cumple, nunca se irá. Éxito o muerte, esas son las reglas tácitas, y ahora tiene un incentivo que va más allá del dinero para darme exactamente lo que quiero.

Carlos Matasso y su miserable vida, o morir en el intento.