Oro de Locos (Las Aventuras de Sam Harris 1) Capítulo 36
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Capítulo 36

Sam se despertó temprano al día siguiente y bajó al río a lavarse.

Recordó lo que Alfredo había dicho sobre los cangrejos de río y, para su horror, descubrió que era cierto.

Por mucho que intentara racionalizarlo pensando que las moléculas se reciclaban, no se sintió mejor.

Necesitaba volver a casa. Vivir una temporada en la selva era emocionante, pero quería una ducha caliente y algo sabroso que no llevara atún ni arroz.

Tati les preparó un desayuno tardío y Carlos llegó para acabar con las sobras, que engulló en un abrir y cerrar de ojos. La lluvia había amainado, y el río bajaba menos crecido y era más fácil de navegar. Partieron hacia Riccuarte por las aguas embarradas y avanzaron a buen ritmo.

Cuando llegaron, Doña Elodea los esperaba en la orilla con una cesta llena de empanadas.

Estaba sentada en un tronco junto al conductor enviado por Sanchez, que se servía a manos llenas aquellos deliciosos envoltorios crujientes hasta que ella le dio una palmada en la mano, pues ya había comido más de lo que le correspondía.

Sam y Alfredo se despidieron de Tati, que iba a quedarse unos días en Riccuarte, y emprendieron el viaje para pasar una última noche en San Lorenzo.

La camioneta avanzaba a saltos y bandazos por la carretera, y las empanadas que Sam se había comido empezaron a revolverle el estómago.

Se alojaron en el hotel de las camas susurrantes.

Sus ocupantes volvieron a darse un festín con su sangre y la despertaron, pero ella no pudo oponer resistencia y volvió a sumirse en un sueño profundo.

Sam y Alfredo llegaron al aeropuerto de Calderon, donde una Gloria eufórica los envolvió en besos y abrazos.

Cuando la bienvenida que le dio a Alfredo se volvió exagerada, Sam tuvo ganas de decirles que se buscaran una habitación.

Gloria no los llevó a casa. En lugar de eso, fueron directamente al hospital, donde Mike estaba ingresado en una habitación privada y conectado a un gotero.

Mike seguía en observación mientras los médicos trataban de determinar qué había causado el ataque de angina, aunque Gloria le había contado a Sam que en realidad había sido un ataque de heroísmo, lo que hizo que ambas soltaran una risita cómplice.

Mike se incorporó en la cama cuando llegaron, con el rostro radiante de emoción.

—¿Lo encontrasteis? ¿Somos ricos? —preguntó.

—Lo encontramos, pero no somos ricos. Alfredo te lo contará todo.

El resultado satisfaría a Mike, pero no a Edward. No tenían ninguna prueba de su increíble historia, ni siquiera fotografías. Mike perdería a Edward como inversor si este no se la creía. Sam abrazó a Mike procurando no enredarse con los tubos.

Ella y Gloria dejaron que Alfredo pusiera a Mike al corriente de su aventura y regresaron a Avenida Miranda, donde Marta esperaba ansiosa por enterarse de todos los cotilleos. No le contarían nada sobre Tati, que había desaparecido en la selva con los guardianes del tesoro y no volvería a Calderon.

Más tarde, aquella misma noche, Sam vació la mochila y separó el cuaderno, la cámara, la navaja y otros cachivaches de los envoltorios de caramelos y demás basura irreconocible que había en el fondo.

Registró todos los bolsillos y los sacudió.

Había algo atascado en uno de ellos. El objeto parecía pequeño, pesado y metálico, con varias puntas afiladas que se habían enganchado en la tela de la mochila.

Trasteó un rato hasta liberar la tela que lo rodeaba y extrajo un pequeño broche de oro con forma de serpiente.

La delicadeza de los detalles y la exquisita factura demostraban que procedía del tesoro inca.

¿Cómo había llegado hasta su mochila? ¿Quién lo había metido allí y por qué?

Alguien lo había hecho con un propósito, tal vez como regalo, tal vez como recordatorio de que debía guardar el secreto.

Sam acarició el broche con los dedos. Su belleza le hizo un nudo en la garganta.

Atónita y entristecida, supo que no podía quedárselo. Alguien lo necesitaba más que ella.

A la mañana siguiente, permitieron que Mike saliera del hospital y este regresó al piso con la actitud de un hombre que había aprendido la lección.

—Dios mío, ¿qué voy a decirle a Edward? Nunca se creerá la verdad. Es demasiado inverosímil. Necesito tenerlo de mi parte si quiero volver a conseguir financiación para otro proyecto. Ojalá tuviera alguna prueba.

—Creo que puedo ayudarte con eso —dijo Sam—, si me tienes en cuenta como posible empleada.

—No me jodas, Sam. Soy un hombre destrozado.

—¿Qué te hace pensar que estoy tomándote el pelo? Cierra los ojos y abre la mano.

Mike extendió la mano. Sam lo hizo esperar unos segundos y luego dejó caer el broche en su palma. Mike soltó una exclamación de asombro al abrir los ojos.

—¿Pero qué coño...? Es la clave de la serpiente, ¿verdad? ¿De dónde la has sacado?

—No lo sé. La encontré en mi mochila. ¿Quizá la metió allí Don Moises?

—¿Es del tesoro? No me lo puedo creer. Para Edward esto valdrá un mundo.

—Entonces, ¿quieres quedártelo?

—¿Es una pregunta seria? ¿Qué quieres a cambio?

—Bueno, como vas a volver a casa, me preguntaba si podría quedarme en el piso hasta que termine el contrato de alquiler.

—Supongo que también necesitas algo de dinero, ¿no?

—No me vendría mal un dinero extra. Y todavía no he recibido nada tuyo en mi cuenta bancaria.

La cara de Mike era todo un poema.

—Joder, se me había olvidado. Los llamaré ahora mismo. Has aprendido algo desde que empezaste a trabajar para mí, Sam —dijo—. Eres una negociadora implacable.

—He aprendido del mejor —respondió ella.

***

Sam contempló pensativa las vistas de Calderon.

¿Qué había sacado de su aventura? Jamás les arrebatarían el tesoro a sus custodios.

Alfredo la había convencido de que les pertenecía a ellos.

Y ella era una de las pocas personas que lo habían visto.

La imagen del tesoro permanecería siempre en su memoria y le proporcionaría alegría.

El cuerpo de Wilson, junto con su mochila, su pistola y su documento de identidad, apareció arrastrado por las aguas en San Lorenzo, lo que provocó un revuelo pasajero en los medios de comunicación.

Los policías apartaron la mirada de su partida de póquer el tiempo suficiente para declarar que su muerte había sido accidental y que carecía de explicación.

Su esposa hizo una breve exhibición de dolor y, tras un corto periodo de luto, se casó con su amante.

Sam no sabía qué haría a continuación, pero podía esperar.

Quizá se quedara más tiempo en Sierramar y se dedicara a hacer geología de verdad.

El país estaba lleno de yacimientos minerales, sobre todo de oro.

Como Mike no quería continuar, había muchas otras empresas rondando en busca de oportunidades de exploración, y quizá lo que necesitaban fuera una geóloga anglófona barata que, además, pudiera defenderse razonablemente bien en español.

También había aprendido a apreciar otra cultura y lo que suponía trabajar en ella.

Haber sobrevivido en la selva la había convencido de que era capaz de afrontar la adversidad y sobreponerse a ella con ayuda de los demás.

Gloria le había demostrado que el valor podía ocultarse tras una fachada de caos organizado.

Sam seguía escondida tras la muralla que rodeaba su corazón, pero Alfredo y Gloria eran la prueba de que el amor lo vencía todo.

Y luego estaba Simon. No era un tema fácil.

Ni uno en el que quisiera detenerse todavía.

El telefonillo zumbó y el sonido resonó en el piso medio vacío. Fue a contestar.

—Eh, gringa, que Mike se haya vuelto a casa no significa que tengas que convertirte en una ermitaña. Vamos.

—¿Adónde vamos?

—¿A quién le importa?

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