Operación seducción Capítulo 37
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Capítulo 37

Lara

Habían pasado tres semanas desde que el exmilitar entró en aquel furgón policial con las manos esposadas a la espalda. Tres semanas en las que la Guardia Civil desmanteló, pieza a pieza, una trama que resultó ser mucho más compleja de lo que ninguno de nosotros había imaginado.

Ruiz no actuaba solo. Durante años habían utilizado distintas empresas pantalla para apropiarse de diseños exclusivos, extorsionar a pequeños negocios de moda y revender esas colecciones en mercados extranjeros donde nadie preguntaba por su procedencia.

Luna de Sal no había sido más que el siguiente objetivo en una lista interminable de víctimas.

La investigación ocupó las portadas durante días.

El Diario de Cádiz dedicó una serie completa a cómo una pequeña empresa local había destrozado una red de espionaje industrial.

Las televisiones nacionales llamaron, quisieron entrevistas, documentales, reportajes exclusivos.

Yo apenas presté atención a los periódicos que se acumulaban en la mesa del porche, sin leerlos.

Por primera vez en mucho tiempo, quizás por primera vez en mi vida adulta, sentía paz.

No era la paz frágil que viene después de una crisis superada, esa calma tensa que espera el siguiente golpe.

Era una paz profunda, verdadera, la certeza de que había dejado de mirar por encima del hombro.

El cuaderno de mi madre seguía desaparecido, la policía lo buscaba como prueba en algún almacén olvidado, pero ahora sabía que su legado no residía en esas páginas amarillentas.

Residía en mí. En cada puntada que daba, en cada diseño que creaba, en cada mujer que se miraba al espejo de mi boutique y sonreía al verse hermosa.

La reapertura oficial de Luna de Sal se produjo un martes de mayo, cuando el sol empezaba a calentar las calles de Cádiz con esa suavidad que anuncia el verano.

Desde primera hora de la mañana, cuando Marta y yo llegamos con café en mano y los ojos aún hinchados de sueño, había cola en la puerta.

No era la cola frenética de las rebajas ni la impaciencia de quienes buscan un artículo de moda efímera.

Era algo diferente. Eran mujeres de todas las edades, algunas con carteles hechos a mano, otras simplemente con una sonrisa preparada.

—Hemos venido a darle un abrazo —dijo la primera, una chica joven con el pelo teñido de azul, antes de que pudiera decir buenos días.

Y así fue. Durante horas, entraron y salieron.

Algunas compraron, otras no. Muchas solo querían tocarme la mano, decirme que admiraban mi fuerza, que seguirían vistiendo Luna de Sal con orgullo porque sabían la historia que había detrás de cada etiqueta.

Una señora mayor, con el pelo canoso recogido en un moño perfecto y un abrigo de tweed pese al calor, se acercó al mostrador con un pijama de seda azul entre las manos.

Lo pagó en efectivo, contando los billetes con dedos temblorosos pero seguros.

Cuando le entregué la bolsa, me agarró de la muñeca con una fuerza sorprendente.

—No he venido por el pijama —dijo, con voz ronca pero clara—. He venido porque admiro a las mujeres que no se rinden. Mi madre tuvo un taller de moda en los años sesenta. La quitaron del mapa las grandes cadenas. Usted ha conseguido lo que ella no pudo. Y eso, señorita Salas, no tiene precio.

Sentí que se me cerraba la garganta. Las lágrimas afloraron sin permiso y no intenté disimularlas.

Abracé a aquella desconocida, oliendo a lavanda y a recuerdos antiguos, y comprendí en ese instante que Luna de Sal ya no me pertenecía solo a mí.

Pertenecía a todas esas mujeres que se veían reflejadas en mi historia.

A las que habían luchado y perdido, a las que habían luchado y ganado, a las que seguían luchando cada mañana al ponerse un sujetador que las hiciera sentir invencibles.

Esa tarde organicé una fiesta en el jardín de mi casa.

No era nada formal ni estructurado. Simplemente abrí la puerta y dejé que entrara quien quisiera.

Y entraron todos. Mi padre, Javier, con la corbata ya aflojada y una cerveza en la mano, antes de que el sol tocara el horizonte.

Beatriz, con un vestido floreado que había diseñado yo misma para ella, repartiendo ensaladilla rusa con una generosidad maternal.

Nora y Leo, inseparables como siempre, sentados en el césped con los pies descalzos, riendo de algo que solo ellos entendían.

Noelia llegó con tres botellas de cava y una determinación peligrosa.

—Hoy se bebe hasta que Gael se caiga de culo —anunció, y mi mejor amiga cumplió su palabra.

Gael, por su parte, insistió en encargarse de la barbacoa.

Diez minutos después, el humo era tal que los vecinos empezaron a asomarse por las vallas, y Pablo, que había venido con una camiseta del gimnasio y una sonrisa de oreja a oreja, tuvo que apagar las llamas con un extintor que encontró en el garaje.

—El fuego me persigue —aseguró Pablo, levantando las manos en señal de inocencia mientras Gael tosía entre el humo—. No es mi culpa, es un don.

—Tú no tienes dones, tienes maldiciones —replicó Noelia, quien luego aseguró, entre tragos de cava, que ella habría sido mejor militar que Izan porque tenía más instinto asesino y un mejor sentido de la orientación.

Izan, sentado en el borde del porche con una cerveza en la mano, se limitó a sonreír. Esa sonrisa suya, la que empezaba en los ojos antes de llegar a la boca, la que me desarmaba cada vez que la veía.

Las costureras ocuparon el comedor, transformado en una improvisada pista de baile.

Jimena había traído un altavoz gigantesco y una lista de reproducción que saltaba desde Rosalía hasta Camarón, pasando por versiones de salsa de temas pop que nadie pedía pero todos cantaban a grito pelado.

La casa vibraba. El jardín bullía de vida.

Y yo, que durante tanto tiempo había diseñado en ese porche acompañada solo por el silencio y la memoria de mi madre, ahora estaba rodeada de una familia que había elegido serlo.

Encontré un momento de tranquilidad cuando el sol empezó a caer, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que parecían sacados de uno de mis propios diseños.

Me escabullí hacia el porche, dejando atrás las risas y la música, en busca del silencio que necesitaba para pensar.

Cogí el cuaderno nuevo, el que había comprado para sustituir al de mi madre, aunque nada pudiera sustituirlo realmente, y empecé a dibujar.

No era un bikini. No era un camisón de seda ni una bata de encaje.

Era un vestido. Sencillo, elegante, con un corte que evocaba los años cincuenta: cintura ceñida, falda acampanada, escote corazón.

Mientras trazaba las líneas, recordé una fotografía que había visto cientos de veces en el álbum familiar.

Mi madre, el día que conoció a Javier. Estaba sentada en una terraza de la playa de la Caleta, con un vestido azul celeste que el viento movía con suavidad.

Ese vestido. Ese momento en que todo empezó.

—¿Ya estás trabajando otra vez? —La voz de Izan me sobresaltó, aunque su tono era suave, cargado de ternura.

Negué con la cabeza, sin dejar de mirar el boceto.

—No —respondí—. Estoy soñando.

Le enseñé el dibujo. Él se acercó, inclinándose por encima de mi hombro para ver mejor, y sentí su aliento cálido en la nuca. Se quedó en silencio durante unos segundos, estudiando las líneas y comprendiendo, sin necesidad de palabras, lo que representaban.

—Voy a llamar a la colección «Clara» —dije, y mi voz bajó un poco—. Por ella. Por todo lo que no pudo terminar.

Izan no dijo nada. Simplemente me abrazó desde atrás, envolviéndome con sus brazos fuertes, apoyando la barbilla en mi hombro. Nos quedamos así, mirando el jardín donde nuestra familia improvisada seguía la fiesta, mientras el sol se hundía lentamente en el Atlántico.

Me giré en sus brazos. Lo miré a los ojos, esos ojos azul grisáceo que habían visto tanto dolor, pero que ahora brillaban con una luz diferente.

Y entonces, sin planearlo, sin ensayarlo, sin el sarcasmo que habitualmente usaba como escudo, dije las palabras que llevaba meses escondiendo en lo más profundo de mi pecho.

—Te quiero.

Él tardó apenas un segundo. Un segundo que duró una eternidad y un instante a la vez.

—Llevo enamorado de ti desde que me llamaste arrogante el primer día —respondió, con una sonrisa torcida.

—¿En serio? —pregunté, arqueando una ceja, intentando recuperar algo de mi provocación habitual, aunque el corazón me latía desbocado.

—No —admitió, riéndose—. Creo que fue cuando me obligaste a ponerme aquel delantal rosa con flamencos. En ese momento supe que estaba perdido.

Rompí a reír, un sonido cálido que se mezcló con el viento del atardecer.

Él me atrajo hacia sí y me besó. No fue un beso apasionado ni desesperado, como los que habíamos compartido en momentos de peligro.

Fue un beso suave, profundo, lleno de promesas silenciosas.

Un beso de personas que saben que tienen todo el tiempo del mundo.

Fue Noelia quien nos descubrió. Desde la ventana de la cocina, seguramente buscando más hielo para las copas, nos vio en el porche, besándonos como dos adolescentes en su primera cita.

—¡Ya era hora, por favor! —gritó con una voz que atravesó todo el jardín y probablemente llegó al otro lado de la calle.

Nos separamos, no por vergüenza, sino para reírnos.

Desde la ventana, vi que estaban todos: Noelia con el puño en alto como si hubiera ganado una apuesta, Gael aplaudiendo con una mano mientras sostenía una cerveza con la otra, Nora y Leo abrazados y sonriendo, mi padre y Beatriz intercambiando una mirada cómplice, Pablo haciendo un gesto de victoria, Jimena llorando de la emoción como si estuviera viendo una película romántica.

Sin dejar de mirar a Izan ni de sonreír, les levanté el dedo corazón con la mano derecha. Un gesto infantil, ridículo, perfecto.

La casa estalló en carcajadas. Risas auténticas, profundas, que llegaron hasta nosotros mezcladas con el olor a jazmín y a barbacoa.

Y mientras Izan me volvía a besar, mientras su mano se enredaba en mi pelo y yo me aferraba a su camisa riendo contra su boca, supe que por fin estaba en casa.

No solo en esa casa de paredes blancas y buganvillas.

Sino en ese lugar donde siempre había querido estar: en paz, rodeada de amor, construyendo algo que nadie podría arrebatarme jamás.