Ojos en la noche Alba #8
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Alba #8

Rich lo miró, sorprendido.

—¿Engañarte, yo?

—Sí. Creías que tendría que ceder por miedo a que unos cuantos os fuerais. Pues bien, hijo de puta engreído, vete si quieres.

—¿Pero de qué me hablas?

—De la trama que habías organizado para robarme. —Su sonrisa continuaba afable—. Lo sé todo. Conozco tu ambición, tu hipocresía. Pero se acabó. Ahora soy yo quien domina la situación. No habrá reparto de acciones entre los ejecutivos. Yo mantendré el control.

—John. No sé qué pueden haberte contado, pero es mentira. —Rich ponía pasión en sus palabras—. Yo soy fiel a la agencia y a ti. Nunca te traicionaría.

—Claro que no me vas a traicionar, porque jamás tendrás el poder para hacerlo. Vas a trabajar en la agencia aún más que antes, y yo te controlaré y te haré vigilar muy de cerca, y como te desvíes te voy a echar a la puta calle sin contemplaciones.

—No te equivoques, John. Puede haber una deserción masiva de ejecutivos.

—No, no la habrá. Ya he tomado las medidas adecuadas.

—¿Has tomado? ¿Tú solo? ¡Pero si durante la última semana no has venido a la oficina!

—Tengo mis aliados.

Rich chupó su puro, ya apagado, intentando pensar.

¡Claro! ¡Muriel era la única que podía habérselo contado!

Así que ella estaba detrás de esto. ¡Mierda!

Se había equivocado menospreciando a aquella zorra.

Ahora se arrepentía de lo que le había confiado bajo el influjo de sus sesiones amorosas.

Lo hizo porque en aquel momento pensaba que su relación iba a durar un tiempo y que ella le serviría bien para sus fines.

Por entonces ignoraba la existencia de Lucía, y posteriormente jamás se le ocurrió que Muriel tuviera el valor de hacerle esto.

Su cuñado continuaba mirándolo con una sonrisa en los labios; seguro que disfrutaba de la situación. John Carlton no acostumbraba a hablar porque sí. Se habría cerciorado de sus bases de poder antes de lanzar el órdago. Y él no se lo podía aceptar. Al menos, de momento.

—Lo que te han contado son mentiras, John. Una puta mentira. No sé quién lo ha hecho, pero miente.

—Sí que sabes quién ha sido.

—Miente, John. Cuentas con mi fidelidad, absolutamente, al ciento por ciento.

—¿Es el mismo tipo de fidelidad que le demuestras a mi hermana?

Rich tomó un sorbo de whisky para ganar tiempo y disimular su confusión. ¿Qué diablos le habría contado Muriel? Lo estaba hundiendo.

—Mira, pequeño bastardo —continuó Carlton sin esperar su respuesta.

Su sonrisa contrastaba, violenta, con la brutalidad de sus palabras.

Quizá pretendía que, al verlos, las mujeres desde el comedor creyeran que aquella era una conversación cordial—.

Lo único que te salva es Sharon. Eres un puto y miserable gigoló.

Lo sé desde el primer día que te vi. Pusiste los ojos en mi hermana por nuestro dinero, por nuestro poder, por nuestras influencias.

—La sonrisa había desaparecido y John se incorporó clavando en Rich su mirada.

Este vio cómo en su apasionamiento se le había caído la ceniza encima de su inmaculado esmoquin blanco—.

No te importó que ella fuera cinco años mayor que tú; el dinero es siempre joven, ¿verdad?

Pero ella estaba tan enamorada que tuve que consentir vuestro matrimonio.

No me importaba comprar a un hijoputa guapito como tú para marido de mi hermana.

Pero te lo advertí entonces: hazla feliz o te parto los huevos, cabrón.

—Tu hermana es feliz conmigo —balbuceó Rich.

—Eso te salva la piel. —La sonrisa había vuelto, pero ahora Carlton mostraba unos dientes amenazantes—.

Y será mucho mejor para ti que siga feliz.

Así que te conviene tenerla contenta, en la cama y fuera.

Por lo tanto, ya puedes echar de casa de mi hermana a esa india mexicana que pusiste como criada.

—Pero John, no sé qué te han dicho, pero…

—Ni peros ni mierdas. Quiero a esa puta india fuera, ¿me has entendido, mierdecilla?

—Estás equivocado, te han engañado.

—Haz lo que te digo.

—John, te estás precipitando.

—Haz lo que te digo, porque si me cabreas te voy a hundir. Te echaré de la agencia, del partido, del club de golf, de todos lados. Y voy a hacer que toda la gente con la que te codeas te dé la espalda. ¿Entiendes, mamón?

—¡Vamos, chicos! —Sharon, con una copa en la mano, avanzaba sonriente y contoneándose desde el comedor. Marcel la seguía con unos pasos de baile—. ¡Ya basta de hablar de negocios! ¡Vamos a bailar a algún lado!

—¿Qué te parece la idea, Rich? —le preguntó Carlton con una sonrisa maliciosa—. ¿Te apetece?

—¡Desde luego! —repuso Rich, levantándose de inmediato.

—¡Qué maridito tan complaciente que tengo! —Sharon exageraba el tono dulzón.

—Sí, ¿verdad? —afirmó Carlton, con una sonrisa cruel mientras su mirada se cruzaba con la de Rich.

—Pero ¿te ocurre algo, Rich? —Marcel lo miraba con aprensión—. ¿Os habéis fijado en lo pálido que está?

—¿Estás bien, cariño? —se alarmó Sharon.

—¡Claro que está bien! —repuso Carlton—. Lo que ocurre es que no está acostumbrado como yo a fumar esos grandes cigarros. Solo un poco aturdido. Se le pasará. Bailando se va a quedar perfecto. —Otra amplia sonrisa—. ¿Verdad, Rich?

Un gran automóvil se detuvo en la zona del aparcamiento más cercana al edificio.

El chófer se sentía confiado; nadie los había seguido, pero esperó un minuto buscando algo inusual en el aparcamiento, en los jardines o en el conjunto de apartamentos decorados imitando el estilo colonial español.

Terminada su revisión rutinaria, descendió del coche, abriendo su chaqueta para despejar el posible acceso al revólver que escondía.

Después se apresuró a abrir la portezuela trasera.

—Gracias, Paul —dijo John Carlton mientras movía su sobrepeso fuera del coche.

Avanzó decidido hacia la puerta del edificio y pulsó uno de los botones.

—Dígame —respondió una voz femenina.

—Johnny.

Al oír el sonido de apertura, Carlton empujó la puerta para luego asegurarse de que quedaba bien cerrada. Entonces el chófer, entrando de nuevo en el coche, lo condujo fuera del aparcamiento; no convenía quedarse allí, expuesto a miradas indiscretas.

John Carlton era un hombre de costumbres, y cada martes y jueves acudía puntual a su cita con Lucy.

Era su contribución a financiar las artes.

La chica estudiaba arte dramático y quería, como tantas otras, llegar a ser una gran estrella de Hollywood.

Y como tantas otras sobrevivía gracias a trabajos temporales, la mayoría de camarera.

Mientras, se conformaba con cualquier aparición, por corta que fuera, en series de televisión o anuncios.

Era una belleza y Carlton daba por bien empleado el alquiler del apartamento y alguna otra cosilla que le costeaba. Ella preparaba algo para comer y pasaban un buen rato. Al menos, él. Era un trato justo, pensaba.

Anduvo por el pasillo hasta el ascensor y pulsó el piso segundo.

«Ese Rich es un estúpido —se decía, meneando la cabeza con incredulidad—.

¡Complicarse con chicas de la oficina! Esas relaciones están condenadas a traerte problemas.

Mira lo que le pasa, esa Muriel se pone celosa con la mexicana y lo primero que hace es venir a soltármelo todo.

¿Cómo se le ocurrió contarle sus planes a esa putilla?

¡Es tan guapo como zopenco! ¡Y ahora con una criada mexicana!

¡En su propia casa! ¡Para que se entere Sharon! Ese individuo piensa con la bragueta.

»Lo mío con Lucy es inteligente. Dentro de unos años ella habrá abandonado sus sueños de gran estrella para casarse.

O a lo mejor llega a triunfar como actriz.

En cualquier caso, yo seré un conocido del que solo querrá recordar alguna conversación fortuita cuando nos presentaron en un acto social.

—Sus mofletes se hincharon en una sonrisa complacida—.

Y yo estaré dedicando mi mecenazgo a otra artista».

Satisfecho de sí mismo, golpeó haciendo musiquita con los nudillos en la puerta de Lucy.

Al abrirse esta, pensó por un instante que se habría equivocado. ¿Qué hacía aquel hombretón de sonrisa perruna en el umbral? Pero al mirar al interior del salón todo lo que vio le resultaba familiar.

—¿Quién es usted? —pudo decir antes de recibir un fuerte empujón por la espalda.

Casi no se dio cuenta. Oyó un chasquido metálico, mientras el hombre que lo había empujado hacia dentro del apartamento cerraba la puerta.

El tipo de la sonrisa canina hizo un gesto extraño, algo brillaba y sintió dolor en la garganta.

Mientras se llevaba las manos al cuello vio que ese hombre tenía un largo y afilado cuchillo.

Al ver su mano llena de sangre quiso gritar, pero de su garganta solo salió un tétrico gorgoteo que en lugar de proyectarse al exterior por la boca lo hizo directamente desde la tráquea.

Lucy, con la boca amordazada y maniatada en un sillón, lo miraba con sus hermosos ojos oscuros desorbitados por el pánico.

Lo sujetaban por la espalda y el estilete empezó a buscarle el corazón. Una vez, otra. El tipo continuaba sonriendo y llevaba guantes de cirujano. Dolor. Le faltaba el aire. Más dolor. Lucy, aterrorizada, intentaba incorporarse para huir. ¿Qué pasaba? ¿Qué era todo aquello?

Notaba que las piernas ya no lo sostenían y que su verdugo volvía a hundirle la navaja en el pecho. No sentía miedo. Solo sorpresa. No podía creer que aquello estuviera sucediendo, que lo estuvieran matando, que se estuviera muriendo. No podía ser. Pidió ayuda a Dios mientras se desplomaba.

Fue entonces cuando los hombres se dirigieron a Lucy.

El abigarrado y bullicioso gentío en Venice un sábado por la tarde las arropaba.

A un lado de la avenida, las tiendas y los bares; al otro, la playa, ancha, con algunos paseantes, y más allá, un mar luminoso sobre el que el sol había empezado a descender.

Pero incluso rodeada de gente Muriel sentía miedo.