16. Capítulo 15
Josie
E l jet privado está sumido en el caos habitual que, según estoy aprendiendo a toda prisa, acompaña a los Beachside Bears allá donde van.
—Beck. Beck. Si te comes una bolsa más de esos pretzels, confisco todo el carrito de los aperitivos.
—No puedes confiscar el carrito, Tyler —se queja Beck, arrebatándole la bolsa—. No es tuyo . Es nuestro . Es un bien del equipo.
Levanto la vista del ordenador justo a tiempo para ver a Beck meterse un pretzel entero de lado en la boca, como una ardilla preparándose para un invierno nuclear.
Tyler, a quien Colin se ha agenciado de algún modo como su propio asistente y no como uno contratado para ayudarme a mí , se lleva la cabeza a las manos. —Yo no firmé para esto.
Tres filas más atrás, Corbin Cole se aferra a ambos reposabrazos como si le fuera la vida en ello; tiene los nudillos blancos y los ojos apretados con fuerza, como si pretendiera mantener el avión en el aire por la pura fuerza de su energía nerviosa.
—Solo son turbulencias, chaval —dice el entrenador Pearson desde el otro lado del pasillo, sin siquiera levantar la vista de su tablet—. El avión no se va a caer del cielo.
—Lo sé, señor. Estadísticamente. He leído los estudios. —Corbin no abre los ojos—. Mi cuerpo no ha leído los estudios.
Cerca de la parte delantera, la voz de Finn crepita por el interfono.
Por lo visto, ha conseguido convencer al piloto para que le deje dar un comunicado, cosa que nadie debería haber permitido, porque la mitad de lo que suelta es un galimatías irlandés incomprensible que ninguno de nosotros entiende.
—Y si miran por el lado izquierdo, esa es la costa, muchachos. Y si entrecierran los ojos, puede que vean a mi abuela saludándonos desde Galway, que en paz descanse. En realidad no está ahí, es solo un poco de craic …
—¿Qué significa craic ? —le susurra Beck a Mason.
—Todavía no lo sé —se encoge de hombros Mason—. Llevo tres meses en el equipo con ese tío y todavía no lo sé.
Vuelvo a centrar la atención en mi ordenador, sobre todo porque, si sigo observando este circo, no voy a conseguir hacer nada de trabajo.
Y a pesar de nuestro reciente éxito, todavía tengo una temporada que salvar.
Darcy está a mi lado, con las piernas cruzadas en su asiento y su propio ordenador apoyado en las rodillas, sorbiendo algo afrutado que nos ha dado la azafata.
Es una preciosa mezcla de zumo naranja y rosa en un vaso frío, adornado con una pequeña sombrilla de papel que Darcy ha confiscado inmediatamente y se ha colocado detrás de la oreja.
—¿En qué trabajas? —dice sin levantar la vista de su pantalla—. Llevas diez minutos mirando ese calendario, así que, o estás planeando dimitir, o has encontrado algo interesante.
—Quizá ambas cosas. —Abro el calendario de la temporada de los Bears y me desplazo hasta que encuentro lo que busco.
Ahí está.
Beachside contra Portland Thunder. Partido en casa. Dentro de cuatro semanas.
Nuestro mayor rival. El tipo de partido que debería agotar las entradas en Beachside.
Y con tiempo suficiente, que cuatro semanas deberían bastar, creo que puedo conseguirlo.
Cojo un bolígrafo rojo de mi bolso y rodeo la fecha en el calendario impreso que tengo pegado en mi agenda.
Darcy se inclina, sorbiendo su bebida. —¿Qué tiene de especial ese día?
—Ese día —digo, tapando el bolígrafo—, los Beachside Bears van a agotar las entradas por primera vez en su historia.
—Ooooh. Me gustan las chicas con confianza en sí mismas. —Me guiña un ojo.
—Yo no tengo confianza. Yo tengo un plan .
—Doy un golpecito en el círculo—. Tenemos cuatro semanas.
Si la tendencia se mantiene y este viaje va bien, estoy segura de que puedo hacer que los medios locales piquen el anzuelo con el tema de la rivalidad.
Si lo consigo… se agotarán las entradas del partido. Cada asiento.
Darcy me estudia durante un segundo de más, con esa mirada aguda y calculadora que pone cuando está haciendo números mentalmente. —¿Y por qué te importa tanto esa fecha en particular? Aparte de, ya sabes, hacer tu trabajo y salvar la franquicia, por supuesto.
Porque si ese estadio está lleno… quizá por fin demuestre que las mujeres sí tenemos un sitio en el deporte. Quizá por fin tenga la oportunidad de demostrar lo que puedo hacer, en lugar de solo decírselo a la única persona que se niega a creer en mí.
No digo nada de eso.
Es demasiado grande, demasiado frágil, el tipo de pensamiento que se hace añicos en cuanto lo dices en voz alta antes de tiempo.
—Solo orgullo profesional —digo en su lugar, y vuelvo a mi ordenador antes de que pueda insistir.
Al otro lado del pasillo y dos filas más adelante, veo de refilón la nuca de Declan. Lleva sus AirPods puestos y mira por la ventanilla a la nada, con el rostro contraído en esa expresión sombría y hermética que ha llevado durante casi una semana.
No me ha vuelto a mirar ni una vez desde que hemos embarcado.
Ni una.
Bien , pienso, tecleando en mi ordenador con demasiada fuerza. Pues ya veremos.
Cuando aterrizamos en San Francisco, el cielo está casi oscuro. La limusina que nos espera en la terminal privada es lo bastante larga para que quepa toda la plantilla con sitio de sobra, y sigo a Darcy mientras nos vamos metiendo todos.
—Vale, retiro lo dicho —anuncia Beck, despatarrándose en el asiento de cuero del fondo—. Esto es la buena vida. Olvidaos de la mansión. Quiero vivir en este coche.
—Tendrías que salir en algún momento —señala Mason—. Para comer, por ejemplo.
—¡¿No has visto el minibar, Mason?!
Suelto una risita para mis adentros mientras la limusina se desliza por la ciudad, pasando junto a relucientes rascacielos y guirnaldas de luces que cruzan los puentes, y doy un sorbo a una copa de champán que apareció en mi mano aproximadamente cuatro segundos después de sentarme.
Como siempre, mis ojos encuentran el camino hacia el único lugar al que no deberían ir.
Declan está encajado entre Corbin y la ventanilla, con el móvil en la mano; el pulgar se desliza por la pantalla sin que en realidad lea nada.
Sigo esperando que diga algo. Lo que sea.
Mírame. Dime que significó algo.
Pero durante todo el trayecto, no obtengo nada.
Paramos frente al hotel, donde un portero ya se está acercando al coche antes de que este se detenga por completo. Beck sigue vibrando de emoción y pillo a Darcy observándolo atentamente.
Todo el equipo se desparrama por el vestíbulo en una oleada de bolsas de deporte y ruido, y oigo a Sawyer y Max preguntar a gritos si hay piscina.
—Las llaves de las habitaciones —anuncia Tyler, con un recipiente en la mano, recorriendo el grupo como un monitor de campamento muy estresado—.
Beck, estás con Mason, tercera planta. Finn, tú con Corbin, segunda planta.
Corbin, por favor, por el amor de Dios, no dejes que se beba tu minibar hasta dejarlo seco otra vez…
—¡Eso solo pasó una vez…!
—Entrenador, cuarta planta. Darcy, tú en la sexta. Josie… —pasa una página—, tú en la octava. Planta separada, ya que la de relaciones públicas tiene la suite de esquina para grabar contenido.
Claro que sí. Una planta más lejos de la única persona que de verdad quiero ver.
Declan está a unos metros, con la bolsa de deporte colgada de un hombro, y por un segundo, nuestras miradas por fin se cruzan.
Parece cansado. No del tipo «acabo de cruzar el país en avión». Del otro tipo. Ese tipo de cansancio oscuro que se instala en la mirada de alguien durante días y no se va.
Tal vez si dejara de mirar el puto móvil que tiene en la mano, sus ojos podrían descansar un poco.
No puedo evitar fijarme en que el pulgar de Declan no para de moverse por la pantalla: escribe, borra y vuelve a escribir. Levanta la vista, me pilla observándolo y luego la aparta rápidamente, guardándose el móvil en el bolsillo como si lo hubiera pillado en falta.
¿Qué esconde ?
—Habitación setecientos once —le dice Tyler. Declan se limita a asentir, murmura un gracias y se dirige hacia los ascensores sin decir una palabra más a nadie.
Ni siquiera a mí.
Vale. Aprieto los labios y cojo la tarjeta de mi habitación de la mano extendida de Tyler. Se acabó. Como este hombre no empiece a usar las palabras en este viaje, me da igual si tengo que acorralarlo en un hueco de la escalera y sacarle la verdad a la fuerza.
O tal vez sacársela seduciéndolo. De rodillas. Haciendo eso que llevo deseando hacer días.
Oh, Dios, Josie. Ahora no.
Subo sola en el ascensor hasta la octava planta, con la tarjeta de la habitación aferrada en el puño, repasando cada una de las interacciones que hemos tenido durante la última semana como si fuera una especie de recopilación masoquista de los mejores momentos.
El ascensor suena y salgo a un pasillo, encuentro mi puerta y paso la tarjeta.
Me preparo para una noche solitaria. Un Snickers del minibar y algo de trabajo con hojas de cálculo. Quizá un baño de burbujas muy agresivo para aclarar mis sentimientos, o quizá solo para aliviar ese ardor que ha estado latente entre mis piernas desde la noche de las tres veces .
La puerta se abre y me quedo clavada en el umbral.
Oh.
Oh, vaya.
La habitación resplandece con una luz dorada, y las cortinas están descorridas para mostrar el perfil de la ciudad brillando tras la ventana.
Hay una botella de champán enfriándose en una cubitera de plata sobre el escritorio, y a su lado, una bandeja de bombones. Son de los caros, además, oscuros y brillantes, dispuestos como si los hubiera colocado un joyero.
Doy un paso vacilante dentro de la habitación, observando un pequeño grupo de bolsas de regalo que hay sobre la cama, con papel de seda asomando por arriba. Echo un vistazo dentro y encuentro un vale de spa para la zona de bienestar de la azotea del hotel.
Y allí, apoyada contra las almohadas, hay una nota doblada en papel de carta del hotel con mi nombre garabateado en el exterior.
Me tiemblan un poco las manos al cogerla.
Josie: