Ocho horas CAPÍTULO 8 – OCHO HORAS #9
100%

CAPÍTULO 8 – OCHO HORAS #9

Se casaron meses después, en una ceremonia sencilla y llena de girasoles. La niña llevó los anillos con una concentración absoluta. Nerón, con un pañuelo azul, caminó junto a ella como escolta oficial. La madre de Leo lloró antes de empezar y después acusó a todos de exagerados. Clara, la hermana, lloró más y lo negó peor. Marcos revisó una lámpara antes de la ceremonia y Marta le prohibió acercarse a cualquier enchufe bajo amenaza matrimonial.

Leo dijo sus votos mirando a Marta, a su hija y a Nerón. Esta vez no hubo otra boda abriéndose debajo. Hubo un recuerdo, sí. Una barandilla firme en algún rincón de la memoria. Una mujer con un lápiz en el pelo. Una casa posible. Leo no lo rechazó. Tampoco se fue con él. Apretó la mano de Marta y dijo sí.

La vida no se volvió perfecta después. Eso fue, quizá, lo que la hizo verdadera.

Nerón envejeció en el centro de la familia. Primero fue el hocico blanco. Luego las escaleras. Luego los paseos más cortos, las siestas más largas, las visitas al veterinario con esa mezcla de dignidad y resignación que solo tienen los perros buenos. Clara aprendió a caminar sujetándose a su lomo, luego a correr delante de él, luego a esperarlo.

Cuando Nerón se fue de verdad, mucho tiempo después, lo hizo rodeado de todos. Leo lloró como quien cumple una despedida que ya conocía y descubre que ningún ensayo protege del dolor real. Marta lo sostuvo. Clara dejó junto a la manta un dibujo de Nerón en una isla con un pañuelo azul.

Durante semanas, la casa sonó distinta. Demasiado grande en algunos rincones. Demasiado limpia bajo la mesa. Pero el dolor no rompió la vida. La acompañó. Como acompañan las pérdidas que no vienen a destruir lo amado, sino a demostrar que existió.

Pasaron más años.

La madre de Leo envejeció con la misma terquedad con la que había vivido. Un día, ya en una etapa de cajas, papeles viejos y habitaciones que necesitaban decidir qué recordar, Leo volvió a la casa familiar para ayudarla a ordenar el cuarto que había sido suyo.

—No tires nada sin mirar —gritó ella desde abajo—. Que te conozco.

—Tú no tiras nada, aunque lo mire tres veces.

—Porque tengo memoria, no como otros.

Leo sonrió.

La habitación olía a polvo, madera cerrada y tiempo antiguo. Había cajas con cables que ya no servían, cuadernos de instituto, una radio desmontada que nunca volvió a montar, cromos, libros técnicos, una camiseta que no sabía cómo había sobrevivido a tantas mudanzas. En una esquina, medio cubierto por una estantería, seguía el viejo póster de Broadway que su padre le había regalado de niño.

Lo había olvidado.

O había creído olvidarlo.

Era una obra musical antigua, de esas que prometían glamour, coreografías y una ciudad nocturna donde nadie parecía cansarse nunca. El papel estaba amarillento en los bordes. Una esquina se había levantado y conservaba la marca seca de un trozo de cinta.

Leo acercó la linterna.

Entonces la vio.

No estaba en el centro. No era la protagonista. A la derecha, ligeramente detrás de las otras, una de las chicas del cartel giraba la cara hacia un lado, con el pelo recogido de una forma que dejaba algunos mechones sueltos junto a la mejilla. La expresión no era exactamente una sonrisa. Era más bien una pausa antes de hablar, una mirada inteligente, un poco irónica, como si supiera algo de la escena que los demás todavía no habían visto.

El cuerpo de Leo la reconoció antes que la razón.

Los ojos.

La línea de la boca.

La inclinación del cuello.

Esa forma de estar un poco apartada de las demás sin parecer ausente.

Era Lara.

O lo bastante Lara como para que todos los años vividos no pudieran defenderlo de aquella certeza.

Leo se sentó en la cama.

No porque se mareara.

Porque las piernas le pidieron silencio.

La habitación de su infancia se quedó quieta alrededor: las cajas abiertas, el olor a polvo, la luz de la linterna sobre el cartel, las voces lejanas de su madre dando órdenes en algún lugar de abajo. Afuera, una tarde normal entraba por la ventana. En la pared, una mujer dibujada décadas atrás lo miraba con la cara de alguien que, según el mundo, no había existido.

Leo no tocó el cartel.

No llamó a nadie.

No sacó una foto.

Recordó a su padre pegándolo en la pared, alisando los bordes con la palma de la mano.

—Para que tengas una ventana —había dicho.

Leo no sabía si aquella frase era real o si acababa de inventarla la memoria para completar el momento.

Daba igual.

La chica del póster seguía allí.

Había estado allí desde antes del rayo. Desde antes de la otra vida. Desde antes de la casa posible. Desde antes de que Leo supiera que una vida podía caber en unas horas y seguir pesando durante años.

Abajo, su madre gritó:

—¡Leo! ¿Has encontrado tus trastos o tengo que subir yo?

Leo no respondió enseguida.

La chica del cartel parecía a punto de decir algo.

No lo dijo.

Leo bajó la linterna despacio.

Sonrió, pero no de alegría exactamente.

De reconocimiento.

De paz inquieta.

De esa clase de paz que no cierra todas las preguntas, pero permite vivir con ellas.

—Hola, Lara —susurró.

La casa siguió en silencio.

Y esta vez el silencio no le pidió elegir entre lo que había sido real y lo que había sido vivido.