CAPÍTULO 4 – LA CULPA #13
Durante el segundo en que el coche la ocultó, Leo pensó que al desaparecer volvería a no estar. Que todo habría sido otra grieta. Otro síntoma. Otro castigo del cerebro.
Pero el coche pasó.
Marta seguía allí.
Giró la cabeza.
Lo vio.
El mundo no hizo ruido.
Eso fue lo primero que Leo notó.
La ciudad entera, que hacía un instante estaba llena de motores, puertas, voces, ruedas y pasos, pareció hundirse bajo una capa de agua. Marta se quedó quieta en la acera. El hombre a su lado dio dos pasos más antes de darse cuenta de que ella no seguía. Volvió la cabeza.
Leo no cruzó.
Marta tampoco.
Se miraron desde lados opuestos de una calle cualquiera, con coches pasando entre ellos, como si la vida hubiera decidido que incluso el reencuentro necesitaba tráfico.
Marta se quitó las gafas.
Leo vio sus ojos.
Había imaginado muchas veces que, si la encontraba viva, reconocería en ellos la misma casa.
No fue así.
Los ojos de Marta tenían la memoria de una habitación en la que Leo nunca había estado.
Él dio un paso hacia el bordillo.
El semáforo estaba rojo.
Le dio igual.
Una mano lo agarró del brazo.
—¡Eh!
Un hombre lo apartó justo cuando una moto pasó demasiado cerca, tocando el claxon.
Leo ni siquiera lo miró.
Marta había llevado una mano a la boca.
El hombre junto a ella dijo algo. Ella negó con la cabeza. Luego miró de nuevo a Leo.
El semáforo cambió.
La gente empezó a cruzar.
Leo no pudo.
De pronto las piernas no respondían.
Marta tampoco cruzó.
Fue David quien lo hizo primero.
Llegó hasta Leo con una expresión cautelosa, no agresiva. De cerca parecía mayor que ellos, quizá unos años. Tenía rostro de hombre paciente, pero en sus ojos había tensión.
—¿Leo?
Oír su nombre en la boca de aquel desconocido fue una violencia pequeña.
Leo no contestó.
Seguía mirando a Marta.
Ella cruzó detrás de David, despacio.
Cuando llegó a la acera de Leo, se detuvo a un metro.
Un metro.
Después de casi dos años, un metro era una distancia obscena.
—Leo —dijo ella.
La voz era la misma.
No.
No era la misma.
Era la misma voz después de haber aprendido a romperse sin pedir permiso.
Leo abrió la boca.
No encontró nada.
Ni reproche.
Ni alivio.
Ni pregunta.
Todo se empujaba dentro de él al mismo tiempo y nada salía.
Marta miró el sobre caído en el suelo. Se agachó para recogerlo. Ese gesto, tan cotidiano, tan suyo, casi lo destruyó. Su mano sostuvo el papel y se lo ofreció.
Leo no lo tomó enseguida.
Sus dedos rozaron los de ella al hacerlo.
El contacto fue mínimo.
Suficiente.
Durante un segundo, ambos parecieron recordar la misma casa.
Nerón en la manta.
La cena.
Los girasoles.
El grifo.
El pan.
Marta apartó la mano.
—No sabía si estabas en Bilbao —dijo.
Leo parpadeó.
De todas las frases posibles, aquella le pareció la más absurda.
—Estoy en Bilbao.
—Ya.
David giró apenas hacia Marta.
—¿Quieres que…?
—No —dijo ella, demasiado rápido—. Espera allí, por favor.
David dudó. No por imponerse. Porque la quería, quizá. Eso también dolió.
—Claro.
Se apartó unos metros, lo justo para no invadir y no desaparecer. Sacó el móvil, pero no llegó a desbloquearlo. Permaneció de espaldas a medias, atento.
Leo registró ese detalle.
El cuidado de otro hombre.
La vida de Marta organizada alrededor de alguien que no era él.
—Te busqué —dijo.
No sonó como una acusación.
Sonó como una ruina.
Marta sostuvo la frase como pudo.
—Lo sé.
—No. No lo sabes.
—Sí lo sé.
Leo sintió rabia. No contra ella. Contra la calma imposible con la que el mundo permitía que una conversación así ocurriera junto a un hospital, entre personas que entraban y salían con bolsas de plástico y cafés para llevar.
—Un año y medio —dijo él—. Carteles. Policía. Hospitales. Santander. Francia. Foros. Fotos que no eras tú. Fotos que sí parecías tú. Llamadas de enfermos. Gente pidiendo dinero. Mi casa llena de mapas. Nerón esperando en la puerta.
Al decir el nombre del perro, algo atravesó la defensa de Marta.
—¿Está…?
No pudo terminar.
—Vivo —dijo Leo—. Está vivo.
Marta se llevó una mano al pecho.
—Bien.
La palabra salió rota.
—¿Eso es lo que tienes que decir?
Ella aceptó el golpe sin defenderse.
—No.
—Entonces dime algo.
Marta buscó a David con un gesto mínimo. Luego la calle. Luego volvió a él.
—No aquí.
—¿Dónde?
—No puedo ahora.
Leo soltó una risa breve.
—Claro.
—Leo.
—No, está bien. Después de dos años, no puedes ahora.
Marta recibió la frase como otro golpe. Y tampoco se defendió.
Eso lo enfureció más.
Habría querido que gritara. Que le dijera que no entendía nada. Que lo insultara. Que abriera una puerta emocional por la que ambos pudieran caer. Pero Marta permanecía allí, con los hombros tensos, los ojos húmedos y una contención que parecía aprendida bajo amenaza.
—Hay cosas que no sabes —dijo.
—Pues dime una.
Durante un segundo, Leo creyó que iba a hacerlo. Que allí mismo, junto al hospital, con David a unos metros y el tráfico pasando, Marta iba a abrir los años perdidos y dejar salir la verdad.
Pero no.
Solo dijo:
—No me fui.
La frase fue pequeña.
Inmensa.
No me fui.
No era suficiente.
Era todo.
Marta sacó algo del bolso. Un papel. Lo dobló una vez antes de dárselo. Leo lo tomó. Había un número de teléfono escrito con tinta azul y una dirección.
—Mañana —dijo ella—. A las cinco. Si quieres.
Café Lur.
Conocía el sitio. O lo había conocido. Una cafetería tranquila cerca de una calle secundaria, no muy lejos del Casco Viejo. Habían pasado por delante alguna vez con Nerón. Marta había dicho que algún día entrarían. Nunca entraron.
—¿Si quiero? —preguntó Leo.
—Sí.
Era justo.
También cruel.
David volvió a acercarse despacio.
—Marta.
Ella asintió sin volverse.
—Ya voy.
Leo dobló el papel.
—¿Quién es?
Marta no fingió no entender.
—David.
El nombre quedó entre ellos.
—¿Tu…?
Leo no pudo terminar.
Marta tardó un segundo más del necesario.
—Mi marido.
La palabra no sonó fuerte.
No hizo falta.
Leo sintió que todo el cuerpo se volvía hueco.
Durante casi dos años había imaginado a Marta en peligro, muerta, encerrada, perdida, huyendo, viva. Nunca había sabido imaginarla casada. No porque no pudiera ocurrir, sino porque en su cabeza ella seguía perteneciendo a una noche interrumpida. A una cena. A una puerta. A una promesa de regreso.
La vida, sin pedirle permiso, había seguido escribiendo.
—Mañana —repitió Marta.
Leo no respondió.
Ella se colocó las gafas de sol otra vez, aunque seguía sin haber sol.
David le puso una mano en la espalda.
Cruzaron la calle.
Leo se quedó en la acera hasta que desaparecieron en la esquina.
Solo entonces abrió el papel de nuevo.
Café Lur.
A las cinco.
El número de teléfono.
La letra de Marta era distinta.
Más firme.
Menos inclinada.
Como si también su mano hubiera aprendido a sobrevivir.
Leo volvió a casa caminando.
No llamó a nadie.
Ni a Clara.
Ni a su madre.
Ni a Laura.
Caminó durante casi una hora con el sobre médico bajo el brazo y el papel de Marta en el bolsillo, sintiendo que cada calle lo llevaba a una versión distinta de sí mismo. El hombre que la buscó. El hombre que se fue. El hombre que volvió. El hombre que la encontró viva. El hombre que llegó tarde a su matrimonio.
Al entrar en el piso, Nerón se levantó con alegría.
Leo cerró la puerta y se apoyó contra ella.
El perro se acercó, olfateó su ropa y se quedó rígido.
Primero olfateó el bajo del pantalón.
Luego la manga.
Después la mano.
Leo lo miró.
Nerón empezó a mover la cola.
Despacio.
Luego más rápido.
Un quejido le subió por el pecho.
—Sí —susurró Leo.
El perro olfateó otra vez.
Reconocía el olor.
Marta.
Nerón fue hacia la puerta y arañó la madera con la pata.
Leo se agachó junto a él.
—Mañana —dijo.
El perro no entendió la palabra.
O sí.
Leo apoyó la frente contra su lomo.
—Mañana la vemos.
Y por primera vez en casi dos años, la casa no pareció una tumba.
Pareció una habitación conteniendo la respiración.
Leo no encendió la luz del salón.
Entró con Nerón pegado a las piernas, cerró la puerta despacio y se quedó un momento apoyado contra ella, como si acabara de regresar de un lugar mucho más lejano que la calle del hospital. El piso estaba en penumbra. La tarde se había ido apagando detrás de los cristales y solo quedaba una claridad gris, sucia, extendida sobre los muebles como una sábana vieja.
Nerón seguía inquieto.
No se apartaba de él. Le olfateaba las manos, los bajos del pantalón, la manga de la chaqueta, el borde del bolsillo donde Leo había guardado el papel con la letra de Marta. Cada vez que encontraba el rastro, movía la cola con una esperanza torpe, casi dolorosa. Después volvía hacia la puerta, arañaba una vez la madera y miraba a Leo.
—No está ahí —dijo él.
Nerón no le creyó.
Volvió a olfatear la rendija inferior de la puerta, con el hocico pegado al suelo, respirando con una concentración desesperada. El sonido de su respiración llenó el recibidor. Era un sonido pequeño, húmedo, animal, pero a Leo le pareció más verdadero que cualquier palabra dicha aquel día.
Marta había estado cerca.
No en una fotografía.
No en un mensaje.
No en una hipótesis escrita a rotulador sobre un mapa.
Marta había estado a menos de un metro de él. Había pronunciado su nombre. Había recogido del suelo el sobre de su madre. Sus dedos habían rozado los suyos. Había dicho: “No me fui.”
Leo se llevó una mano a la boca.
No me fui.
La frase seguía dentro de él, dando golpes en paredes distintas. No sabía dónde colocarla. No encajaba en la rabia, ni en el alivio, ni en la culpa. Durante casi dos años había levantado su vida sobre una pregunta. Ahora alguien había introducido una respuesta, pero la respuesta no cerraba nada. Al contrario. Abría habitaciones nuevas, pasillos que no sabía recorrer, puertas que quizá no tendría derecho a empujar.
Nerón gimió.
Leo se agachó junto a él y le sujetó la cabeza entre las manos.
—La has olido, ¿verdad?
El perro le lamió la muñeca.
Leo cerró los ojos.
—Sí. Era ella.