Obsesión prohibida (Fantasías prohibidas picantes nº 4) SEIS
69%

SEIS

Wisteria

El aroma a café recién hecho y mantequilla que chisporrotea inunda la cocina; la luz del sol entra a raudales por las amplias ventanas y calienta la madera bajo mis pies descalzos. Tarareo mientras trabajo, doy la vuelta a las tortitas una a una y pongo el beicon a dorarse en la sartén.

Es mi primera mañana en casa de Ronan, y todo parece… perfecto. Ni siquiera las náuseas matutinas de siempre han hecho acto de presencia.

Anoche hicimos el amor —despacio, intensamente—, con esas caricias lentas que me dejaron sonrojada y sonriente hasta que me quedé dormida. Me desperté todavía envuelta en su calor, con su olor impregnado en mi piel.

Y aquí estoy ahora, descalza en su cocina, con una de sus camisas encima de las bragas, tarareando como si lo hubiera hecho toda la vida.

Parece un sueño. He grabado vídeos sobre esta vida tantas veces, imaginándome casada de verdad, con un hogar y un hombre al que cuidar. Ahora lo tengo. Me acaricio el vientre y sonrío. Y también un bebé.

El apartamento de Ronan es lujoso y espacioso. Es tan buen proveedor… Me permite vivir este estilo de vida increíble mientras cuido de nuestra familia y de él.

El suelo cruje a mi espalda y, antes de que pueda girarme, sus brazos me rodean la cintura. Se pega a mí por detrás, con las palmas cálidas y firmes sobre mi vientre.

—Dios, Sugar —murmura contra mi cuello—. No sabes cuánto tiempo llevo soñando con esto.

Sonrío y ladeo la cabeza para dejarle más espacio en mi cuello.

—¿Con el desayuno?

Suelta una risa grave y ronca.

—Contigo. Aquí. En mi casa. Cocinando para mí así, con mi bebé en tu vientre.

Sus manos se abren más y presionan contra mí.

—Cada vez que veía tus TikToks, me imaginaba entrar y encontrarme exactamente esto. Tú tarareando, sonriendo, mía.

Se me calienta el pecho con la confesión.

—¿Veías mis vídeos?

—Todos y cada uno —dice con los labios rozándome la oreja—. Y siempre me imaginaba atrayéndote hacia mí así, notándote más redonda cada mes.

Sus palabras me calan hondo y me flaquean las rodillas. Dejo la espátula antes de que se me caiga.

—Ronan… —susurro.

Sus manos suben y me acunan los pechos por encima de su camisa —su camisa, la que llevo puesta—. Sus pulgares me rozan los pezones y jadeo ante la repentina oleada de sensaciones.

Y entonces sucede.

Un calor húmedo brota contra la tela. Me quedo paralizada y me aparto lo justo para mirar hacia abajo. Dos círculos húmedos y tenues se extienden por la camisa. Mis tetas llevan congestionadas y doloridas desde ayer, pero pensé que era por las hormonas del embarazo. Ahora entiendo por qué.

Las manchas húmedas en mi pecho crecen y se pegan a los bultos duros de mis pezones hinchados. Estoy goteando leche materna. Estoy lactando como una vaca, aunque mi bebé todavía está dentro de mi vientre.

—Oh, Dios mío —digo sin aliento, y mis manos vuelan a cubrirme—. Estoy… estoy goteando. Ronan, yo…

Me coge las muñecas con suavidad y me las baja. Sus ojos están oscuros, pero no hay asco en ellos. Solo fascinación.

—Es natural —dice con dulzura—. Tu cuerpo está cambiando. Esto forma parte de estar preñada. Tus tetas producen leche dulce para nuestro bebé.

Me arden las mejillas, pero el nudo en el pecho se me afloja un poco por cómo lo dice.

—Se supone que la leche no sube hasta después de que nazca el bebé —murmuro—. Ni siquiera tengo sacaleches.

—No lo necesitarás.

La mirada de Ronan arde mientras me desabrocha los botones de la camisa.

—Para eso estoy yo. Dios, he fantaseado con chupar tus enormes tetas de mamá y sentir tu leche deslizándose por mi garganta.

Quiero saborearte cuando tu cuerpo esté lleno de mi hijo.

Voy a vaciarte la leche cada vez que estés congestionada.

Tus tetas me pertenecen, y también la leche que hay dentro.

¿Lo entiendes, Sugar? Cada vez que te sientas llena, solo tienes que pedirme que mame de tus preciosas tetitas. Nada de sacaleches.

Sus palabras, dominantes con un trasfondo de reverencia posesiva, me hacen contraer el coño.

Pasa el pulgar por la mancha húmeda con el ceño fruncido.

Luego me rasga la camisa de un tirón. Los botones que quedan se dispersan por el suelo.

El aire fresco me acaricia el pecho expuesto.

Mis areolas están oscuras y mis tetas congestionadas.

Mis pezones distendidos rezuman leche blanca que se desliza por los globos gordos de mis pechos y me resbala por el estómago.

La imagen es increíblemente erótica. Me siento orgullosa de producir tanta leche, de ser fértil y maternal.

Ronan se relame, como si yo fuera el festín más delicioso del mundo. Va a devorarme. Estoy segura. Me junta las tetas con las manos y me hace gritar cuando mis tetas doloridas responden a su asalto y gotean más leche.

—Te llevaré al médico para que te revise, para asegurarnos de que todo está bien —dice.

Asiento y trago con dificultad.

—Vale.

Sus manos vuelven a deslizarse hacia mis caderas y su cuerpo se aprieta contra el mío otra vez.

—Pero ahora mismo… lo único en lo que puedo pensar es en lo preciosa que estás así.

—Ronan…

Mi protesta se convierte en un jadeo cuando me gira con suavidad y me sube a la encimera de la cocina, con la piedra fría bajo los muslos.

Se coloca entre mis piernas. Su boca atrapa la mía en un beso profundo y hambriento que sabe a posesión, a promesas.

Su boca abandona la mía y traza besos calientes y húmedos por mi cuello, mi clavícula, hasta alcanzar la curva de mis pechos.

Arqueo la espalda y me ofrezco a él mientras un escalofrío de anticipación me recorre.

Él gime con los ojos fijos en mis pezones goteantes, y entonces su boca se posa sobre mí.

La sensación es abrumadora. Sus labios se sellan alrededor de un pezón congestionado y chupa suavemente al principio, luego más fuerte, extrayéndome la leche.

Jadeo, mis manos vuelan a su pelo y lo agarro con fuerza mientras una descarga de placer me atraviesa.

Succiona rítmicamente, con las mejillas hundidas, y siento el tirón en lo más profundo, el coño contrayéndose con cada succión.

—Ronan… —gimo mientras mi cabeza cae hacia atrás contra el armario.

Él tararea en respuesta y la vibración me envía otra oleada de placer.

Siento la leche fluir, la presión aliviarse, y es la sensación más increíble.

Mi cuerpo hace aquello para lo que está hecho, y él está aquí, bebiendo de mí, tomando todo lo que puedo darle.

Cambia al otro pecho, con la boca hambrienta y exigente. Grito, y mis caderas se sacuden cuando muerde suavemente mi pezón antes de aliviarlo con la lengua. Me está consumiendo, devorándome, y me encanta. Me siento como una diosa, poderosa y femenina, dándole sustento a mi hombre.

—Nuestro desayuno... —logro jadear, aunque mi cuerpo grita por más.

Extiende la mano y apaga la estufa sin apartar nunca la boca de mi pecho.

—Hoy tú eres mi desayuno, Sugar —murmura con la voz amortiguada contra mi carne—. Tu dulce leche es todo lo que necesito.

Su mano se desliza entre mis piernas, y sus dedos encuentran mi clítoris con precisión infalible. Frota círculos lentos, al ritmo de su succión, y mi cuerpo se sacude en respuesta. Abro más las piernas, entregándome completamente a él.

—Eso es, Sugar —dice con la voz ronca de deseo—. Eres mi pequeña vaquita lechera fértil, ¿verdad? Mírate, goteando para mí, alimentándome. Eres perfecta.

La leche se desliza por mi cuerpo, acumulándose en mi ombligo, goteando sobre mis muslos. Él la lame con la lengua caliente y húmeda, y escalofríos de placer me recorren entera. Siento su polla, dura e insistente, presionando contra mi entrada. Muevo las caderas, ansiosa por sentirlo dentro de mí.

Se hunde en mí y me llena por completo. Grito, mi cuerpo se contrae a su alrededor, mis pechos rebotan con cada embestida poderosa. Él gime, su boca encuentra mi pezón de nuevo y chupa con fuerza mientras bombea dentro de mí. La doble estimulación es intensa, mi cuerpo arde de necesidad.

—Ronan, por favor... —suplico, con la voz apenas reconocible. Estoy tan cerca, mi cuerpo tenso como la cuerda de un arco.

Muerde mi pezón y exploto, el orgasmo me desgarra como un incendio forestal. Mi coño se convulsiona alrededor de su polla, mis pechos palpitan con cada pulso de placer, y la leche brota de mis pezones, le cubre la cara, le gotea por la barbilla.

Él gime y se hunde en mí una última vez antes de encontrar su propia liberación. Siento cómo se corre, su semen caliente me llena y se mezcla con la leche que todavía gotea de mis pechos. Se desploma contra mí, con el cuerpo temblando por la fuerza de su orgasmo.

Nos quedamos así un momento, nuestras respiraciones se mezclan, nuestros cuerpos resbaladizos de leche, sudor y amor. Se retira y me mira con tanta ternura, tanta adoración, que me deja sin aliento.

—Eres increíble, Wisteria —dice con la voz llena de asombro—. Verte desmoronarte así, sentir tu leche materna llenándome la boca... es más de lo que jamás imaginé.

Me besa suavemente, y puedo saborear el dulzor tenue de mi leche en sus labios. Es sucio, obsceno y perfecto, y sé en este momento que estoy exactamente donde debo estar. En sus brazos, en su casa, llevando a su hijo. Soy suya, completa y absolutamente, y no lo querría de otra manera.

Pero Ronan no tiene intención de detenerse. Lame los rastros de leche por todo mi vientre y me besa el ombligo.

—No puedo dejar de beber de ti. La sensación de intimidad cuando me nutriste con tus tetas fue increíble. Fue a otro nivel. Tú también lo sentiste, ¿verdad, Sugar?

Asiento.

—Quiero alimentarte, Ronan. Quiero nutrirte con mi leche. Mi coño disfrutó del placer eléctrico que me atravesó cada vez que tu lengua tocaba mis pezones sensibles.

Su polla todavía está dura. La siento presionando contra mi entrada de nuevo. La desliza dentro, ayudado por el semen pegajoso que se derrama de mi agujero.

Su mano se curva sobre mi vientre mientras se hunde en mí de nuevo, lento al principio, luego más fuerte, cada movimiento deliberado.

—Mía —gruñe contra mis labios—. Tú, este vientre, todo. Mío.

Y le creo.

Dos semanas después...

El restaurante es de esos lugares que solo he visto en la televisión: lámparas de araña de cristal que derraman luz sobre mesas con manteles blancos, el murmullo tranquilo de conversaciones educadas que se mezcla con las notas bajas de un piano en la esquina.

Cada cubierto brilla. Cada movimiento aquí se siente deliberado, refinado.

Y luego está Ronan.

Lleva un traje color carbón que se ajusta perfectamente a sus anchos hombros, una corbata de seda negra que atrae la atención hacia las líneas marcadas de su mandíbula. Parece que pertenece aquí. Como si fuera el dueño del lugar. Y quién sabe, tal vez lo sea.

Yo llevo un vestido suave color rosa que él eligió, la tela me roza la piel con cada movimiento sutil.

Mi nuevo sujetador de lactancia me sostiene los pechos, pero cada movimiento todavía me provoca un dolor tenue, un recordatorio de la plenitud que se ha convertido en parte de mi vida diaria.

La doctora dijo que no había nada de qué preocuparse, que mi cuerpo simplemente iba adelantado, listo para nutrir.

Me dijo que podía extraer leche o usar un sacaleches para aliviar la presión.

Pero sentada aquí, con la mirada de Ronan posada en mí, no me molesta el dolor.

—Estás preciosa esta noche, Sugar —dice, y extiende la mano a través de la mesa para tomar la mía.

Me sonrojo y dejo que acune mis dedos.

—Últimamente me has estado mimando mucho. Las rosas, los chocolates, las visitas al médico... y ahora esto. Nunca nadie me había cortejado así.

—Llevas a mi hijo dentro. Mereces sentirte valorada.

Sus ojos bajan brevemente a mi vientre, y el calor en ellos hace que el pulso se me acelere.

—Estás sana, fértil, perfecta.

Me río suavemente.

—Lo dices como si fuera una yegua de premio.

—Eres un premio —responde sin vacilar—. Y tengo mucha suerte de haber podido ponerte mi bebé dentro antes que nadie.

Le aprieto la mano.

—Me alegro de que fueras tú, Ronan. Eres responsable, maduro... eres el marido perfecto. Cuidas de mí de formas que nunca pensé que nadie lo haría.

Me lleva la mano a los labios y me besa el dorso lentamente.

—Y seguiré cuidando de ti. Para siempre.

Hay algo en su voz que me oprime el pecho.

—¿Para siempre? —repito.

—Quiero que estemos casados antes de decírselo a tus padres —dice, con los ojos fijos en los míos—.

Tu madre intentará disuadirte, pero si ya eres mi esposa, no podrá hacer nada.

Te daré la boda lujosa que mereces más adelante, pero por ahora...

lo haremos en el juzgado. La rapidez es más importante que la ceremonia.

Niego con la cabeza, sonriendo. —No necesito una gran boda, Ronan. Solo quiero ser tu esposa. Además, todo ese estrés de organizar una boda no puede ser bueno para el bebé. —Me doy unas palmaditas suaves en el vientre, con una sonrisa al sentir el leve aleteo de vida en mi interior.

Ronan me aprieta la mano. —Mujer dulce y desinteresada —murmura, besándome los nudillos de nuevo—. Siempre piensas en mí y en el bebé antes que en ti misma. Ese es el tipo de esposa que siempre he deseado. Gracias por hacer realidad mis sueños, cariño.

Es un momento tan tierno y perfecto que casi olvido dónde estamos, hasta que una voz que no había oído en semanas rompe el silencio.

—¿Wisteria?

Levanto la vista y se me revuelve el estómago. Mi ex está ahí de pie, con aspecto engreído... hasta que su mirada se desliza hacia Ronan. Lo acompaña una mujer al menos quince años mayor, cubierta de diamantes, con la mano de uñas perfectas apoyada en su brazo.

—¿Es este tu nuevo novio? —pregunta, como si me hubiera pillado en falta.

Sonrío con dulzura. —No. Es mi prometido. Nos casamos pronto.

Se le desencaja el rostro.

—Y —añado, echándome hacia atrás y posando la mano sobre el vientre—, estoy embarazada.

Se le va el color de la cara, y durante un delicioso momento, dejo que se pregunte si ya estaba esperando el hijo de otro hombre cuando él me engañaba.

Ronan se levanta con suavidad y da la vuelta a la mesa. Me rodea la cintura con un brazo y me planta un beso posesivo en el vientre justo delante de mi ex. —Me alegro de que rompiera con un perdedor como tú —dice con frialdad—. Yo le daré todo lo que se merece.

Mi ex balbucea algo sobre lo joven que soy, lo rápido que ha sido todo. Ronan se limita a mirarlo fijamente, irradiando en cada gesto al macho alfa más rico y maduro. —Esa es la diferencia entre nosotros —dice con calma—. Yo soy un hombre. Tú sigues siendo un niño jugando a serlo.

La mujer mayor tira del brazo de mi ex, claramente deseosa de marcharse, y se van.

Cuando se han ido, me aferro al brazo de Ronan con una sonrisa. —Qué bien ha sentado eso. La cara que ha puesto...

La mirada de Ronan se dulcifica. —Siempre se lo preguntará. Pero da igual. Era un chico egocéntrico que no sabía valorar a una mujer como tú. Y ahora no tendrás que volver a pensar en él.

Me acerco más a él, con el corazón rebosante. —No lo haré. No teniéndote a ti.