UNO #2
Pero no puedo evitar la atracción que siento por ella.
Es una fantasía hecha realidad. Cada fibra de mi ser anhela tenerla en mis brazos, apretarle esas tetas preciosas y hundirle la polla en el coño.
Mi mano desciende mientras ella sigue llorando contra mi pecho. Sus palabras son incoherentes, entrecortadas por sollozos y gemidos. Le pongo la palma en el trasero, sintiendo su peso tentador.
Su culo es redondo y carnoso. En cuanto siento su peso en la palma, la polla me da un tirón.
Un hambre salvaje se me retuerce en el estómago.
Estoy al límite. Cuando le agarro la carne del culo y se la amaso, y siento su calor femenino y fértil irradiando hacia mí, me acerco un paso más a perder el control.
—Ronan... —Wisteria levanta la vista y el corazón me late más deprisa. Coge una esquina del delantal y se seca las lágrimas—. Me alegro tanto de que estés aquí. Estaba a punto de derrumbarme.
—Cariño, me estás asustando. Dime qué te pasa —si nota que le hundo los dedos en las nalgas, no dice nada.
Me mira con esos ojos inocentes y confiados, y algo se deshace en mi alma. Me he mentido a mí mismo durante meses. Me dije que podía no tocarla. Controlarme. Pero en este momento de pura intimidad, no estoy seguro de poder.
Aparto esos pensamientos sucios y le pongo los dedos en la nuca.
Wisteria respira hondo. El pecho se le hincha y sus pechos firmes presionan contra el escote del vestido, apenas contenidos por la tela. Esas tetas parecen querer estallar, y yo estaría encantado de bajarle la cremallera y darles el alivio que necesitan.
Wisteria me agarra la muñeca. —Mi novio me engañó —dice en voz baja. Se niega a mirarme y clava la vista en el sofá, como si le diera vergüenza admitirlo—. Y luego rompimos. Me dijo cosas horribles. No puedo superarlo.
Me quedo paralizado un instante.
—Ni siquiera sabía que tenías novio —digo por fin, con la voz baja y tensa. Las palabras me raspan la garganta—. ¿Cuándo coño empezó esto?
Un sentimiento oscuro y ácido me quema el corazón. Se me cierra la garganta. Sé lo que es. Celos. Posesividad. Le aprieto una nalga a Wisteria, con el pulso disparado mientras la miro a los ojos, odiando al cabrón que la tocó. Mi voz interior gruñe: Es mía.
Mantiene la mirada fija en el cojín del sofá mientras retuerce la tela del vestido en el regazo. —Hace unos meses. Lo conocí en uno de mis eventos de influencer. No... no os lo dije, ni a ti, ni a mi madre, ni a papá. Pensé que me entendía. Que entendía lo que quería de la vida.
Se le quiebra la voz, y algo afilado me atraviesa el pecho.
—Pero no fue así —termino la frase por ella. Le recorro el labio inferior con el dedo, intentando borrar las huellas de cada beso que él le habría dado. Quiero que se olvide de él. Quiero ser él. Quiero ser quien la bese con pasión hasta dejarle los labios hinchados.
Niega con la cabeza. —No tenía dinero, pero eso no me importaba.
Pensé que era... real. Pensé que me quería —levanta la mirada hacia mí, con los ojos enrojecidos y vidriosos—.
Luego recibí mensajes de gente diciendo que también se había acostado con ellas.
Lo pillé... —se le quiebra la voz— con otra mujer en su cama.
Y él simplemente... ni siquiera le importó que lo pillara.
Mis manos se tensan sobre sus muslos, conteniendo la fuerza. —¿Qué te dijo?
Le tiembla la boca. —Que no le interesaba ser mi cajero automático.
Que mi cuerpo es demasiado... curvilíneo.
Que soy el tipo de mujer con la que te casas y mantienes en casa para que te dé de comer y te cocine...
pero que un hombre necesita una mujer ardiente con quien acostarse. Y que yo nunca podría ser eso.
Un gruñido amenaza con escapar de mi pecho. Mis manos ya están sobre ella antes de darme cuenta, enmarcándole el rostro. —Wisteria. Mírame.
Levanta la barbilla, con los ojos muy abiertos y húmedos. Veo la vergüenza en ellos, cómo se repliega sobre sí misma, y me dan ganas de arrancarle la garganta a ese tipo. —No te atrevas a culparte por ese perdedor —le digo, con la voz como el acero.
Traga saliva y se muerde el labio. —Pero es culpa mía.
—Y una mierda.
—Lo es —susurra con terquedad—. Porque... rompió conmigo después de que yo no pudiera... —Se detiene, con las palabras atragantándosele.
Le estudio el rostro. —¿No pudieras qué, cariño?
Se aferra a mi camisa con ambas manos. Está tan sonrojada que hasta las puntas de las orejas se le han puesto rosadas.
—No pude... acabar. Nunca... ni una sola vez.
Dijo que ya no podía más con eso. Que yo estaba...
rota. Estaba frustrado. Dijo que se esforzaba mucho por hacerme llegar, aunque ni siquiera era su tipo.
Que lo mínimo que podía hacer era ser una mujer de verdad y correrme.
Las lágrimas vuelven a deslizarse por sus mejillas mientras solloza. Ahoga el llanto tapándose la boca con las manos. Como si ni siquiera tuviera derecho a llorar.
Todavía estoy conmocionado de que haya compartido algo tan íntimo conmigo. Su confianza, el modo en que me ha dejado acceder a sus miedos más profundos y vulnerables, me hace sentir cerca de ella a un nivel profundo e intenso.
Algo se rompe dentro de mí.
Me acerco más, con el pulgar acariciándole la curva sonrojada de la mejilla mientras la otra mano se desliza hasta su nuca. —Eso no fuiste tú. Fue él, que era una mierda en la cama. No te creas nunca ese cuento.
Sacude un poco la cabeza, pero no es desafío, es inseguridad. —Tal vez soy yo. Tal vez me pasa algo...
—No. —Mi voz es grave ahora, un murmullo ronco—. Sé con certeza que no te pasa nada. Puedes acabar, Wisteria. Solo necesitas a alguien que sepa cuidarte.
Sus labios se entreabren con una inhalación temblorosa. El aire entre nosotros se espesa.
Mi palma se desliza por su brazo, su cintura, hasta que mis dedos encuentran la piel sedosa de la cara interna del muslo. Jadea, y sus rodillas se separan sin pensar mientras el dobladillo del vestido amarillo se le sube.
—Ronan... —Es mitad protesta, mitad súplica.
—Te lo demostraré —murmuro mientras mi mano se desliza más arriba, bajo la suave caída del vestido, hasta que mis nudillos rozan el calor de sus bragas—. Te mostraré que ese tipo estaba equivocado. Que eres perfecta. Que tu cuerpo es perfecto.
Se le entrecorta la respiración cuando las yemas de mis dedos acarician la cara interna del muslo, rozando el encaje. Un sonido escapa de su garganta: pequeño, indefenso, devastador.
—Eso es —susurro, con la voz apenas firme mientras la polla se me tensa dolorosamente contra la cremallera—. Déjame mostrártelo, cariño. Déjame cuidarte como mereces.
Sus ojos se clavan en los míos, abiertos e inciertos, pero sus caderas se mueven hacia mí, y esa es toda la respuesta que necesito.
Y así, sin más, pierdo el control, incapaz de contenerme. La obsesión que llevo dos años reprimiendo por fin se libera.
Sus rodillas se abren un poco más, como si su cuerpo respondiera antes de que su mente pueda hacerlo.
Mi palma se desliza más arriba y se ahueca sobre la curva caliente entre sus muslos, a través de las bragas. Es suave ahí, cálida, y cuando mi pulgar acaricia la mancha húmeda que florece en la tela, sus caderas se estremecen.
—Ronan... —Es un aliento, no una palabra.
Presiono la frente contra la suya. —No soy él, Wisteria. Nunca voy a usarte. Nunca voy a hacerte sentir que no eres suficiente. —Mis dedos trazan círculos lentos, deliberados, a través del fino algodón—. ¿Me oyes?
Sus pestañas aletean. —Sí...
Esa suave respuesta deja mi control pendiendo de un hilo. Deslizo el borde de las bragas a un lado, y las yemas de mis dedos rozan piel desnuda. Se estremece al primer roce de mis dedos sobre sus pliegues —ya resbaladiza—, su cuerpo dándome todo el permiso que necesito.
—Esa es mi chica —murmuro, dejando que mi pulgar encuentre ese pequeño capullo tenso en la cima, acariciándolo hasta que se le entrecorta la respiración y sus uñas se me clavan en los hombros.
Su aroma se eleva entre nosotros, cálido y embriagador. Inclino el cuerpo hacia ella hasta que mi pecho roza el suyo y el bulto duro de mi polla presiona contra su muslo. —No estás rota. Eres perfecta. Mira cómo responde tu cuerpo cuando te tocan bien.
Se le escapa un gemido, agudo y necesitado. Se muerde el labio, con los ojos vidriosos.
La beso, suavemente al principio, solo la más leve presión de mi boca contra la suya. Sabe a lágrimas y a algo más dulce debajo. Cuando se abre para mí, profundizo el beso y deslizo la lengua en su boca mientras mis dedos le trabajan el clítoris en círculos lentos y firmes.
Gime contra mí, con las caderas meciéndose ya sin vergüenza. Me bebo cada sonido, cada temblor y jadeo, alimentándome de ellos.
—Dime qué quieres, cariño —murmuro contra sus labios mientras mis dedos se deslizan más abajo para hundirse en su calor resbaladizo.
Está apretada incluso con solo dos nudillos dentro, y pensar en ella envolviendo mi polla casi me deshace.
Se me tensan los huevos como si una fuerza invisible los apretara.
La voz de Wisteria es temblorosa, entrecortada. —Quiero... quiero sentirme bien. Quiero sentir cómo me acaricias el... coño.