Capítulo 46
Kitlyn
Mantuve la mirada fija en esos ojos grises acerados sobre mí. Atlas me estaba dando tan duro que iba a sentirlo durante días, y no me cansaba. Estaba con el hombre que amaba, lo que hacía que el sexo fuera aún mejor.
Era guapísimo, y era todo mío. Sabía que ya lo tenía desde que me secuestró, pero las cosas entre nosotros eran muy diferentes ahora.
Ya no era un objeto para él. Se había enamorado de mí, lo que me convertía en algo así como su igual en la relación.
Siempre dominará y controlará, hasta cierto punto.
Al menos no estaré confinada como un animal.
Creo que con el tiempo puedo convencerlo de que vea las cosas a mi manera.
Levanté las caderas para recibir cada embestida con pura lujuria.
El clímax empezó a gestarse en lo más profundo de mi ser, extendiéndose desde la punta de los pies hasta la coronilla.
Me follaba como un animal, y me encantaba. Gracias a él había aprendido a amar el sexo duro. Aunque hubiera estado con otro hombre mientras estábamos separados, sabía que nunca habría estado a la altura de Atlas. ¿Cómo iba a compararse nadie con este hombre que me montaba como un potro salvaje?
Empecé a jadear. Le rodeé la espalda con las piernas y lo atraje hacia mí mientras me follaba brutalmente.
—¡Dios, Atlas! ¡Voy a correrme!
Mis músculos internos se contrajeron alrededor de su miembro mientras mi cuerpo convulsionaba, temblando violentamente de éxtasis. Casi vi las estrellas de lo intenso que fue. Respiraba con fuerza, las fosas nasales dilatadas mientras llegaba al clímax.
—¡JODER, Kit! ¡Voy a correrme, y luego quiero limpiarte!
Sentí cómo su cuerpo se tensaba mientras me llenaba con su semilla. Usé mis músculos internos para extraerle hasta la última gota de semen.
Antes pensaba que estaba loco cuando me comía después de correrse, pero ahora me excitaba.
Era una de sus perversiones, y cuando le prometí mi sumisión, también acepté esta parte de él.
Siempre será Atlas; estoy más que contenta sabiendo quién es.
Una vez que ambos bajamos de nuestros orgasmos devastadores, fiel a su palabra, Atlas se arrodilló entre mis piernas y me lamió hasta dejarme limpia.
Por supuesto, con tanto lametón y succión, volvió a llevarme al orgasmo.
Mi cuerpo tembló tan fuerte esta vez que me derrumbé. Rompí a llorar desconsoladamente cuando él quedó saciado. Mis emociones eran un torbellino. Se deslizó a mi lado y me estrechó entre sus brazos.
—Shhh, shh, mascota. Desahógate. Estoy aquí, y no voy a dejarte escapar nunca más.
Mis lágrimas no eran de terror ni de tristeza. No, esta vez lloraba de pura felicidad. Era la persona más feliz que había sido en toda mi jodida vida.
Mi pasado de mierda ya no importaba. No tenía miedo de que otros, especialmente Beck, me juzgaran por haberme enamorado de mi secuestrador. Nadie entendería mis sentimientos ni nuestra relación retorcida, y me importaba un carajo. Me daba igual cómo pudiera reaccionar Becca cuando se lo contara.
La quería como a una hermana, pero Atlas me hacía feliz, y no me preocupaba herir sus sentimientos. Esta era mi vida, y de nadie más.
Nada importaba salvo el hombre que me acunaba, que me besaba y me acariciaba la cabeza mientras me calmaba.
Cuando dejé de llorar, lo miré.
Mi amante.
Mi torturador.
Mi protector.
Mi secuestrador.
Sonreí, muerta de sueño después de nuestra sesión.
—Atlas, ¿puedo hacerte una pregunta?
Arqueó una ceja y asintió.
—Claro. ¿Qué pasa?
Tragué saliva, nerviosa, pero necesitaba una respuesta o me volvería loca.
—Sé que no quieres hijos, y es algo que podemos discutir, pero quiero asegurarme de que estamos de acuerdo en lo que se refiere a mis órganos reproductivos.
No se inmutó ni frunció el ceño.
Se mantuvo perfectamente calmado, sin mostrar emoción.
—Quiero seguir con los anticonceptivos, y no quiero que me liguen las trompas. Tenemos que hablar de esto antes de empezar nuestra nueva etapa juntos. No quiero sorpresas en el futuro con mis trompas.
Me atrajo hacia él y me besó tiernamente en la coronilla. Me gustaba este lado suyo; me hacía sentir protegida.
—Kit, ahora entiendo mucho más que hace seis meses, cuando te traje aquí por primera vez. Entonces todavía te veía como una propiedad, no como un ser humano con sentimientos, y lo siento.
Me acarició suavemente la mejilla.
—Cuando saliste de mi vida, supe que te amaba; solo tardé un tiempo en darme cuenta. Aunque seguiré siendo dominante en tu vida, tendrás voz en todo, y tomaremos juntos las decisiones importantes.
El corazón me dio un vuelco y sentí mariposas en el estómago. Me alegraba tanto de que por fin se hubiera dado cuenta.
Me estrechó más fuerte.
—Así que, querida —susurró—.
—Puedes quedarte con tus trompas. Sigo sin querer hijos, pero quizá las cosas cambien; ya veremos. ¿Te parece bien, mascota?
Estaba eufórica.
—Oh, sí, Atlas. Me hace muy feliz.
Apenas podía contener la emoción.
—Entonces, ¿cómo lo hacemos? ¿Vivimos en casas separadas o juntos? Tuna sigue conmigo, así que espero que puedas aguantarlo otra vez.
Se apartó un poco y me miró con una sonrisa.
—No pensarás que vamos a vivir separados, ¿verdad? Quiero que te mudes conmigo de inmediato. Esta casa está mejor equipada para lo que necesito, y creo que también para lo que tú necesitas. Puedes alquilar tu piso y quedarte con el dinero.
Me miró con ternura, y el corazón me dio un vuelco.
—Puedes seguir trabajando en lo que te gusta, pero yo me ocuparé de ti económica, física y emocionalmente. Soy muy rico. No te faltará de nada, Kit. Quiero ser quien te mantenga y mimarte a más no poder.
Me sonrió y me guiñó un ojo. —Y, por supuesto, quiero encadenarte, azotarte y follarte a menudo. ¿Crees que puedes con todo eso, y conmigo?
Le dediqué mi mejor sonrisa. —Yo también quiero todo eso, Atlas, y sí, puedo lidiar con tu lado moralmente gris. Te quiero muchísimo y estoy deseando empezar nuestra nueva vida juntos.
Me levantó suavemente la cabeza del pecho y me colocó sentada con los pies colgando del borde de la cama. Se arrodilló y me tomó ambos pies entre las manos. Me miró a los ojos y luego inclinó la cabeza ante mí.
—Eres mi Reina, Kitlyn. Joder, te quiero más que a mi propia vida.
Para mi sorpresa, me besó los pies y volvió a inclinarse ante mí. Me quedé sin palabras. No hacía mucho, yo no era más que un juguete sexual para él.
Ahora se arrodillaba ante mí, y me encantaba.
—Eres mi dueña, Kitlyn. Siempre lo has sido. Te entrego mi corazón, mi alma y mi fuerza. No puedo vivir sin ti. Lo intenté y casi me destruye. No te vayas nunca, porque si lo haces, solo seré una sombra de mí mismo.
Sus ojos parecían fuego líquido.
—Me desmoronaré y no quedará nada más que la parte podrida y herida de mi alma. Tú me mantienes en calma y das luz a mi vida. Te necesito y te quiero. Siempre te trataré con el mayor respeto.
Sus palabras me arrancaron las lágrimas. Salté de la cama y me arrodillé a su lado en el suelo. Le tomé el rostro con ambas manos y me sumergí en sus pozos grises.
—Yo también te quiero, Atlas, y de la misma forma que poseo una parte de tu alma, tú posees la mía. No pienso irme a ningún lado. Estamos hechos el uno para el otro.
Solté una risita.
—Me alegro de que me secuestraras, aunque no te lo creas. Sé que suena de locos, pero al final no resultaste tan malo, y le doy gracias a Dios por eso. Quiero volver a mi casa y empezar a recoger mis cosas, además necesito ver cómo está Tuna y darle de comer. ¿Me llevas para que pueda empezar?
Frunció el ceño.
—¿No quieres que te ayude a recogerlo todo? Solo necesitas lo básico, y luego contrataré una empresa de mudanzas para el resto de tus cosas.
Sabía que quería ayudar, pero yo también quería tiempo a solas con Becca para darle la noticia.
Sé que se va a volver loca, pero tiene que respetar mis sentimientos y lo que yo quiero.
—Preferiría que me dejaras allí para poder hablar con Becca a solas.
Necesito darle la noticia con delicadeza.
Ella sabe que fuiste tú quien me acosó y secuestró, así que ya te puedes imaginar cómo podría reaccionar.
No parecía muy contento.
Se encogió de hombros con el ceño fruncido.
—Me importa una mierda lo que ella piense, y estoy cabreado con ella por dejarte sola con esos dos idiotas en el club. No estabas en condiciones de quedarte sin supervisión con esos gilipollas salidos, pero si vamos a empezar con buen pie, haré lo que me pides. Aunque no me gusta, lo permitiré.
Aunque en el pasado su elección de palabras me habría molestado, esta vez no fue así. Sé cómo es, y tengo que aprender a elegir mis batallas. Por mucho que quiera creer que soy su igual, en el mundo de Atlas nunca habrá un cincuenta-cincuenta entre nosotros, y lo acepté cuando le juré amor eterno.
Por mucho que necesite tener el control, sé que me tratará bien. Tengo que asegurarme de que no acabe odiando a Becca. Lo conozco, y no se contendrá.
Aunque ahora esté todo tierno y empalagoso conmigo, sigue siendo un asesino.
Becca no significa nada para él, pero para mí significa mucho.
Aún quiero que forme parte de mi vida, así que tenía que ir con cuidado.
Los quería a los dos, pero él estaba enfadado con ella.
Este no es un hombre al que quieras tener como enemigo.
Le cogí la mano y lo miré con una sonrisa dulce.
—Atlas, por favor, no te enfades con ella. No se la puede hacer responsable de mi bienestar. Estaba tan borracha como yo. Seguro que está volviéndose loca preguntándose dónde estoy. Deja que hable con ella antes de que llame a la policía.
Gruñó y se soltó de mis manos. Corrí a la mesilla de noche, cogí el móvil y lo encendí.
Tenía siete llamadas perdidas y varios mensajes.
Becca estaba fuera de sí de preocupación.
Le escribí:
Beck: «Estoy bien. Lo siento mucho. Anoche estaba completamente ida. Estoy a salvo y llegaré a casa en unos minutos. Por favor, dime que tienes mi bolso».
Ding: Becca
«Joder, Kit, estaba muerta de preocupación. En unas horas más habría ido a la comisaría a poner una denuncia por desaparición. ¿Dónde coño estás? Sí, tengo tu bolso».
Le respondí:
«Es largo de contar, pero estaré en casa en unos 15 minutos. ¿Puedes venir a mi casa? Necesito hablar contigo de algo, y necesito mi bolso. Llevo la pistola dentro».
Ding: Becca
«Puedo ir a tu casa. ¿QUÉ, Kit? No sabía que llevabas una pistola encima anoche. ¡Mierda! Menos mal que me acordé de coger tu bolso después de buscarte como una hora por el club. Como iba tan pedo, pillé un Uber para volver a casa. Me alegro muchísimo de que estés bien. Nos vemos ahora».
Suspiré aliviada. Menos mal que no había ido a la policía. Me volví hacia Atlas con una sonrisa.
—Todo bien. No ha llamado a la policía. ¿Te importaría llevarme a casa para hablar con ella y recoger algunas cosas?
Su expresión estaba lejos de ser agradable, pero no insistió. Yo me mantenía firme en esto. Era una mujer libre, bueno, más o menos.
Con este hombre siempre elegiré las batallas importantes. Y esta no la va a ganar. Becca es mi mejor amiga, y quería manejar esto a mi manera, no a la suya.
—Aunque no estoy nada contento, mascota, tenemos un acuerdo. Puedes coger mi coche para hacer lo que necesites. Te daré dos horas de espacio, y ni un minuto más. Si llegas tarde, recibirás seis latigazos como castigo, y punto. ¿Trato hecho?
Tragué saliva con dificultad, disimulando lo mejor que pude. El trasero ya no me dolía, teniendo en cuenta que acababa de azotarme, pero no me había golpeado tan fuerte.
No quería que viera lo nerviosa que me ponía solo de pensar en ser azotada sin mimos después ni orgasmo, pero también sentí un cosquilleo en el coño con esa idea.
¿Hasta qué punto estaba enferma? Sabía que el castigo normal también incluía ser mimada y atendida después, pero él no haría nada de eso si no obedecía. Al menos me daba a elegir. Podía volver a tiempo y todo iría bien, o podía desafiarlo y atenerme a las consecuencias.
Bueno, al menos avanzábamos en lo de poder elegir. Incluso con esa amenaza sobre mi cabeza, era adicta a este hombre. No podía negarlo.
Asentí.
—Sí, por supuesto, Atlas. Estaré de vuelta en dos horas.
Eran las 11 de la mañana. Tenía hasta la 1 de la tarde para hacer lo que tenía que hacer. No iba a tentar la suerte con él. Por mucho que me quisiera, los castigos formaban parte esencial de su forma de ser, y no pensaba tocarle las narices con ese tema.
Me lanzó las llaves de su X5 con una mirada de aviso.
—¡Dos horas! Ni una más, o me aseguraré de que no puedas sentarte en una semana.
Asentí y fui hacia la puerta. No había tiempo que perder. Quería poder sentarme el resto de la semana.