Obsesión desquiciada (Serie Desquiciada nº 1) Capítulo 42 #3
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Capítulo 42 #3

—Vale, Jacob, gracias por vigilarla. Yo me encargo a partir de aquí.

Se inclinó ante mí como si fuera su rey, vacilándome.

—A tu servicio como siempre, jefe. Pásatelo bien con tu pequeña obsesión. Si necesitas algo, ya sabes dónde encontrarme.

Se dio la vuelta y fue hacia su coche. Era evidente que mi obsesión me consumía. Hasta Jacob lo sabía. Me giré hacia la entrada del edificio. Era poco después de medianoche y el local estaba a reventar.

Quería entrar sin que me viera, pero no iba a ser fácil con mi altura.

Hacía un frío del carajo fuera. Menos mal que había traído una sudadera.

Me la puse, me cubrí la cabeza con la capucha y entré en el club, intentando no llamar la atención.

La música estaba a tope y las luces bajas.

¡Perfecto! Así pasaría más desapercibido.

No quería que saliera corriendo si me veía.

Tuve que abrirme paso entre una multitud espesa para llegar al otro lado de la barra.

Apoyado contra la pared, recorrí el local con la mirada buscando a mi kryptonita de metro sesenta y cinco.

La música retumbaba tan fuerte que la sentía como un latido errático en el pecho. Casi no podía ni pensar.

Por fin la localicé después de unos cinco minutos. Estaba en la pista de baile, encajada entre Becca y dos tíos. Las putas luces estroboscópicas no me dejaban ver bien qué estaba haciendo.

Me alegré cuando por fin las apagaron. Estaba restregando ese culito perfecto contra el muslo de uno de los tíos, moviendo la cabeza de un lado a otro, agitando su melena suelta. Sentía la rabia creciendo mientras los veía frotarse.

Aquello parecía una puta orgía; la única diferencia era que iban vestidos, si es que se le puede llamar así.

Becca llevaba una minifalda que enseñaba más de lo que tapaba.

Desde donde estaba, le veía el tanga perfectamente.

Las tetas se le salían del escote de la camiseta. Tenía un buen par, eso sí.

¿Y mi mascota? Parecía una puta con esas jodidas botas. Los vaqueros le quedaban tan ceñidos que se le marcaba todo. La camiseta tenía un escote de vértigo.

Prácticamente se le veían los malditos pezones. Me iba cabreando más a cada minuto viendo aquella mierda. Apretaba y aflojaba los puños intentando controlarme.

Podría haberme ahorrado todo este coñazo si hubiera revisado las grabaciones de las cámaras de su casa. Habría visto cómo iba vestida y no me habría pillado por sorpresa su pinta de zorra. Vamos, que no estaría echando humo por las orejas.

Aunque fuera hacía un frío del carajo, me estaba asando dentro de la sudadera porque había demasiada gente apiñada en un espacio tan pequeño.

Aquello era un horno. Me bajé la capucha y me abrí la cremallera, dejando la chaqueta abierta.

Solo llevaba una camiseta que marcaba mis pectorales.

Crucé los brazos sobre el pecho y me apoyé en la pared, observando a mi mascota.

No le quité los ojos de encima. Se tambaleaba, lo que significaba que iba ciega.

Iba a darle unos buenos azotes por ponerse en peligro y por restregarse contra esos dos imbéciles en la pista mientras prácticamente la manoseaban.

Ya me daba igual mi conciencia. Me importaba una mierda si le gustaba o no. Era mía, y no me hacía ninguna gracia que esos dos pulgosos la estuvieran sobando. Fui idiota al soltarla en este mundo de mierda.

Necesitaba que alguien la vigilara y la guiara.

Vi a Becca ir al baño de señoras, dejando a mi mascota sola con los dos imbéciles manoseadores.

Becca también iba bastante pedo. A estas alturas estaba furioso.

¿Cómo coño iban a volver a casa si las dos iban borrachas perdidas?

¿Y por qué cojones dejaba a Kitlyn sola con esos gilipollas?

No me fío de los conductores de Uber ni de los taxistas.

Era otra forma peligrosa de acabar secuestrada por traficantes.

Los criminales se relamían viendo salir del club a las mujeres borrachas.

Cuanto más pedo iba una, mejor para ellos.

Eran presas fáciles para la enorme red criminal.

Se me afilaron los ojos cuando vi a uno de los tíos intentando besar a mi mascota.

Ese hijo de puta.

Ella lo empujó, o más bien intentó empujarlo.

Se tambaleaba de un lado a otro. ¡Ya había visto suficiente! Me abrí paso entre la multitud hacia ella, aparté a los tipos de un empujón y agarré a mi gatita, estrechándola contra mi pecho.

Mi polla se puso dura al instante.

Esta maldita chica va a acabar conmigo, lo juro.

Murmuraba cosas incoherentes mientras apartaba la cabeza de mi pecho para mirarme. Sus ojos verdes se clavaron en los míos.

Estaba aturdida y confundida.

—A-Atlas, ¿eres tú?

Balbuceó, con la baba cayéndole por la comisura de la boca. Era un puto desastre. No respondí.

La levanté en brazos y la saqué del club. Becca seguía desaparecida, pero me importaba una mierda. Que se volviera loca buscándola cuando regresara. Nunca debió alejarse de ella. Me daba igual lo borracha que estuviera.

La metí en el asiento del copiloto y le abroché el cinturón. Mi chica estaba tan borracha que apenas podía mantenerse sentada. El móvil se le cayó del bolsillo trasero. Me sorprendió que siquiera le cupiera en los vaqueros; ¡los llevaba tan jodidamente apretados!

No sabía si había traído bolso al club porque la agarré muy rápido. Si llevaba uno, le tocaría a Becca llevárselo a casa. Sentí la sangre hervirme en las venas al pensar en todo lo que podría haber salido mal esa noche si no hubiera aparecido.

Aunque Jacob la vigilaba, se había quedado fuera durante dos horas, dejándola sola dentro del club.

Ese tipo podría haberla sacado por detrás o haberla agredido en el baño. Ahora estaba conmigo, donde debía estar.

Ni de coña iba a dejarla escapar por segunda vez, y jamás la maltrataría como mi padre maltrató a mi madre. Adoraba a esta chica con locura y se lo haría saber en cuanto se le pasara la borrachera. Por segunda vez, me dirigí a mi casa con mi cautiva bien sujeta con el cinturón de seguridad.