Capítulo 42
Atlas
Mi cuerpo estaba tenso y furioso. Me metí en la ducha, intentando relajarme. Necesitaba encontrar a una mujer esta noche. Alguien, quien fuera, que pudiera ayudarme a calmar este humor irracional, pero eso era imposible aquí fuera.
Esto era culpa de mi mascota. Me había devuelto a este estado mental jodido otra vez. Pensé que mi necesidad de violencia estaba bajo control, pero mi lado oscuro volvía a aparecer. Siempre pasaba cuando se trataba de ella.
¡Que se joda! ¡Podría retorcerle el cuello a alguien ahora mismo!
Me puse unos pantalones cortos grises, sandalias y una camiseta de tirantes. Entré en la cocina a coger una botella de whisky de entre los licores que tenía en un estante sobre la encimera. Yara estaba sentada a la mesa con el portátil abierto.
No me interesaba lo que estuviera mirando. Todavía echaba humo por las orejas. Levantó la vista y me miró con suspicacia.
—¿Qué demonios te pasa?
Me serví un trago con el ceño fruncido.
—¿Por qué coño preguntas? —le solté con arrogancia. Levantó una ceja y me fulminó con la mirada.
—Bueno, disculpa. Estás cabreado por algo, así que suéltalo. Soy la única que está aquí ahora mismo. Puedes contármelo. Prometo que no muerdo.
Sonrió con suficiencia y se lamió los labios. —Déjame retractarme. Estaría encantada de morderte si quisieras. —Negué con la cabeza, sin estar de humor para sus pullas sexuales—. Gracias por tu preocupación, pero no es nada que no pueda manejar.
Se rio echando la cabeza hacia atrás. —Tiene que ser por esa maldita chica otra vez.
Apreté los labios y miré hacia otro lado, sin querer lidiar con su sonrisa engreída. Aplaudió triunfante y se levantó de la silla. —Lo es, ¿verdad?
Negué con la cabeza, deseando que se callara de una puta vez. —No te preocupes por eso, Yara. No es nada que deba preocuparte. —Se plantó frente a mí, negando con la cabeza, y me miró con las cejas levantadas.
—Atlas, ¿qué demonios le pasó al tipo que conocía?
No eres ni la sombra de lo que eras. Eres un hombre guapísimo; cualquier mujer estaría encantada de pasar aunque fueran cinco minutos contigo.
¿Qué tiene esta chica que te tiene tan obsesionado que no puedes pasar página? —La expresión de su rostro era sincera.
No me estaba tomando el pelo. Era una pregunta genuina.
No tenía a nadie más con quien hablar, así que me senté a la mesa y me serví otro trago, que me bebí antes de hablar.
Suspiré pesadamente y me froté las sienes.
El palpitar en el cráneo iba a peor. Necesitaba desahogarme de alguna manera antes de explotar.
Me encogí de hombros y negué con la cabeza.
—No sé cuál es mi maldito problema. Pensé que dejarla marchar nos beneficiaría a los dos, pero solo le funcionó a ella. Estoy tan obsesionado con ella ahora como hace seis meses… cuando empezó toda esta mierda.
Me serví otro trago y me lo bebí de golpe. Yara se sentó en la silla a mi lado y se inclinó hacia delante, a centímetros de mi cara. Estaba tan cerca que sentía su aliento en la mejilla. Sus labios se torcieron en una mueca y negó con la cabeza.
—¡Atlas! Tienes que espabilar de una puta vez. Si ella pasó página, tú tienes que hacer lo mismo. La dejaste marchar, así que tienes que mantenerte ocupado para sacártela de la cabeza.
Me tocó la mano con suavidad. En circunstancias normales, me habría apartado, pero esta vez no lo hice. Dejé que sus dedos finos descansaran sobre los míos.
Sus dedos parecían diminutos junto a los míos. Su voz era casi un susurro. —Atlas, déjame aliviar parte de tu dolor. Úsame para desahogarte y relajarte.
Su mirada se fundió con la mía.
—Sabes que estoy loca por ti. Siempre lo he estado. Puedo aguantar cualquier cosa que me eches.
Me serví un doble y me lo bebí de un trago.
No podía creer que estuviera considerando su oferta.
Mezclar negocios con placer no es buena idea, pero ahora mismo estábamos en una maldita isla en medio del Atlántico, y no había putas disponibles a las que pudiera pagar para liberar algo de tensión.
De todos modos, no era un tipo decente, así que ¿qué más daba si descargaba mi ira en su carne?
Si ella estaba dispuesta, ¿a quién le importaba?
Sin pensármelo dos veces, salté de la silla y tiré de ella hacia mi cuarto de juegos.
El whisky me estaba afectando, y me importaba una mierda todo.
—Espero que sepas en lo que te estás metiendo, Yara —gruñí, tirando de ella.
Soltó una risa baja, casi corriendo para seguirme el ritmo. —Puedo contigo, Atlas. No soy esa chica enclenque que tenías en tu guarida hace unos meses.
Ignoré su pulla y observé su atuendo. Llevaba unos pantalones cortos que le marcaban el coño y se le metían por el culo. La camiseta de tirantes finos, transparente, dejaba ver sus tetas pequeñas.
Estaba pensando en ponerle pinzas en los pezones y verla retorcerse de dolor cuando llegáramos al cuarto rojo.
Me estaba adentrando en un lugar muy oscuro si me planteaba profanar a mi compañera.
Sus sandalias blancas planas acentuaban el bronceado.
Comparada con mi mascota, era alta, pero no tanto como para que no pudiera cargarla.
Con un solo brazo, la levanté en vilo y me la eché al hombro.
Jadeó, sorprendida por el movimiento repentino.
Joey estaba en algún lugar de la playa, y me importaba una mierda si nos pillaba.
Solo me concentraba en lo que estaba a punto de pasar con esta letal femme fatale.
Mi compañera durante varios años. La mujer era una máquina de matar, igual que yo.
Quería ver si podía conmigo y con mis juegos retorcidos.
Quizá me había equivocado todo este tiempo. Tal vez Yara era mejor pareja para mi lado oscuro. Quizá necesitaba a una luchadora despiadada como ella en lugar de una gatita débil como mi mascota. No estaba seguro de cuál era la respuesta, pero lo averiguaría pronto.
Atlas
Cuando llegamos al cuarto de juegos, le ordené que se desnudara. Tragó saliva al ver la cadena colgando del techo, la cruz de San Andrés y el banco de azotes, todo colocado estratégicamente por la sala.
Había látigos y varas colgados en la pared. Los juguetes estaban escondidos en cajones empotrados. La observé de cerca, atento a su reacción.
—¿Estás segura de que quieres hacer esto, Yara? Una vez que empecemos, no voy a parar, así que más te vale estar preparada para lo que se viene.
Le temblaban las manos mientras se quitaba la ropa y miraba alrededor de la habitación.
—¿No tengo una palabra de seguridad o algo así por si no aguanto tu tortura sádica? Digo, te vi azotar a esa chica, y no fuiste precisamente delicado.
El whisky estaba haciendo efecto, y me moría de ganas de azotar a Yara. Al diablo con mis reglas, al menos con ella. Ni siquiera me preocupaba mi mascota en ese momento. Estaba tan furioso que si algo le pasaba, sería culpa suya, no mía. Ya estaba advertida.
¿A quién demonios pretendía engañar?
Jacob la vigilaba. Estaría a salvo.
Me froté la barbilla con una sonrisa maliciosa.
El monstruo estaba saliendo de su escondite.
—¿Te sientes un poco nerviosa ahora que estás conmigo? Llevas tiempo suplicándome que te ponga sobre mis rodillas. ¿Te lo estás pensando mejor?
Negó con la cabeza, se quitó la última prenda y se quedó desnuda frente a mí.
No era modesta ni tímida, como mi mascota.
La recorrí con la mirada de pies a cabeza.
Tenía un cuerpazo. Eso era innegable. Era esbelta y estaba en forma.
Sus tetas no eran ni la mitad de grandes que las de Kitlyn, pero aun así eran preciosas.
Sus piernas eran largas y torneadas. Me relamí, ansioso por empezar ahora que mi demonio interior tomaba el control.
Yo seguía vestido. No hacía falta desnudarme para lo que iba a hacer.
La rodeé observándola, y me detuve a mirarle el culo.
Ese pedazo de carne quedaría precioso pintado con los verdugones que pensaba dejarle.
Me acerqué y la toqué. Ella se inclinó, restregando el trasero contra mi mano. Apoyó la nuca en mi pecho.
Su voz sonaba entrecortada, anhelante.
—Dios, cuánto tiempo he esperado esto. Esta noche soy tuya. Haz conmigo lo que quieras.
Bajé la cabeza y le susurré al oído.
—Una última vez, Yara. ¿Estás segura de que quieres esto?
Asintió, aún recostada contra mi pecho.
Una sonrisa lenta se dibujó en mis labios; no tenía ni idea de la oscuridad que se agazapaba en mi interior.
—Bien, bien.
Le susurré con voz seductora al oído.
—Vamos a ponerte las esposas y las cadenas, ¿te parece?
Apartó la cabeza de mi pecho y se volvió hacia mí. Parecía confundida.
—¿Tan pronto?
Sonreí mientras el whisky me calentaba las venas.
—¿Preferirías intentar algo conmigo antes de que tome el control?
Arqueó una ceja.
—¿Te refieres a pelear?
Sentí que la polla se me despertaba un poco. Me encantaría someterla y luego cubrir ese culito de verdugones rojos oscuros. Se me hacía la boca agua solo de pensarlo.
—Claro —dije con voz aún ronca—. Cuando gane, te esposaré a la cadena y serás mía hasta que termine la sesión. ¿Trato hecho?
Se plantó frente a mí con una sonrisa maliciosa.
—¿Y si gano yo? ¿Puedo hacer lo que quiera contigo?
Eché la cabeza hacia atrás y solté una carcajada. No pude contener la risa.
—Eres una tía bastante dura, pero no vas a ganar, Yara; te lo puedo asegurar.
Sonrió con suficiencia mientras asentía.
—Vaya, qué seguro de ti mismo. ¿Y tu ropa? Lo justo sería que tú también estuvieras desnudo.
Le guiñé un ojo mientras me quitaba la ropa hasta quedarme solo en bóxer.
Señaló hacia ellos con la cabeza.
—¿Y esos? —dijo, apuntando a mis Calvins—. ¿No te los vas a quitar también?
Negué con la cabeza.
—Ahora no. No quiero que la polla me rebote por todos lados cuando te derribe.
Se rio y puso los ojos en blanco.
—Vale, es justo.
Le sonreí.
—¿Lista?
Antes de que pudiera responder, me abalancé sobre ella y la agarré por la garganta. Jadeó, pillada por sorpresa. La sujeté con firmeza, pero sin llegar a cortarle el aire del todo.