Obsesión desquiciada (Serie Desquiciada nº 1) Capítulo 41
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Capítulo 41

Kitlyn

Han pasado cuatro meses desde que mi secuestrador me liberó. Como prometió, no volvió a ponerse en contacto conmigo ni a acosarme. En el fondo, esperaba que lo hiciera, pero nunca ocurrió. Las cosas volvieron lentamente a la normalidad tras la conmoción inicial de estar de vuelta en casa.

Los medios se dieron un festín con mi repentina resurrección de entre los muertos. Los reporteros no dejaban de intentar hacerme preguntas sobre mi calvario. Cumplí mi promesa a Atlas y solo revelé los detalles más mínimos sobre mi tiempo en cautiverio.

Gracias a Dios, Becca estuvo a mi lado en todo momento.

Necesitaba a alguien en quien apoyarme durante esas primeras semanas.

Para cumplir mi promesa a Atlas, ni siquiera le revelé toda la verdad a ella.

Hice que Atlas pareciera un tipo decente, a pesar de que me había secuestrado.

Si no lo hubiera hecho, me habría presionado para contárselo a la policía y que lo arrestaran.

¿Cómo iba a entender que habría dado igual con todas sus conexiones en el gobierno?

Mantuve la boca cerrada, recordando su advertencia sobre la CIA y que mi vida correría peligro si me iba de la lengua.

No. Esta chica no iba a soltar ni pío sobre su experiencia.

Tenía tanto guardado dentro que pedí cita con una psicóloga y llevo viéndola una vez a la semana desde hace aproximadamente un mes.

Me ayudó a superar lo que ella llamaba el trauma de haber sido secuestrada. Empecé a verla no por el trauma, una palabra que incluía en casi cada frase de nuestras sesiones, sino para entender por qué disfruté de todo lo que Atlas me hizo y por qué lo echaba de menos.

Cuando le expliqué estos extraños sentimientos, intentó convencerme de que era una chorrada del síndrome de Estocolmo.

Lo habría aceptado encantada si hubiera sido cierto, pero no lo era.

Incluso intenté convencerme de que era su condicionamiento y de que, como había tenido que depender de él para sobrevivir, había disfrutado de lo que me hizo pasar, pero esa explicación no convenció a mi psique porque sabía que era una mentira descarada.

Descarté por completo la idea del síndrome de Estocolmo. Le repetí a mi psicóloga lo que sentía, diciéndole que había disfrutado pasar tiempo con él tras las primeras semanas. Era la verdad; ya no importaba si entendía las razones.

Ahora que lo nuestro había terminado, por fin podía admitir que había disfrutado de su compañía. Mi psicóloga no estaba de acuerdo con mi teoría, pero su opinión ya no me importaba.

Seguí viéndola solo para desahogarme y, con suerte, pasar página. Necesitaba purgar estas emociones de mi cuerpo para olvidar al hombre que ronda mi cabeza como una maldición. Sus penetrantes ojos grises persiguen mis sueños.

Su imagen cruza mi mente varias veces al día. Simplemente no podía quitarme al tipo de la cabeza. Unas dos semanas después de que me liberara, encontré un fajo grueso de billetes en el compartimento secreto de mi bolsa de gimnasio, cortesía de Atlas. Había dejado una nota junto al dinero.

Una ayudita para que te pongas en pie, mascota.

El gesto fue bonito, pero me sentí demasiado avergonzada para aceptarlo.

Todavía tenía una cuenta de ahorros y otra corriente con una suma razonable disponible.

Aproximadamente una semana después de retomar mi rutina, me sumergí en el trabajo.

Guardé el dinero escondido en la bolsa y me propuse devolvérselo algún día.

Por alguna razón, me hacía sentir como una prostituta a la que pagan por el uso de su cuerpo, aunque él nunca me hizo sentir así.

Era como yo me sentía, y no podía quitarme ese pensamiento de la cabeza.

Mi vida continuó justo donde la había dejado.

Tuve la suerte de trabajar como diseñadora freelance y firmé varios contratos nuevos con empresas de renombre.

Siempre tuve la suerte de trabajar desde casa, lo que me dio tiempo para recuperarme de mi calvario con Atlas.

Becca se quedó conmigo todas las noches durante la primera semana, hasta que me sentí segura de que Atlas no volvería a secuestrarme. No temía los azotes, el juego BDSM ni la humillación. Había llegado a disfrutar de todas esas actividades con él.

Mi mayor miedo era que volviera a llevárseme y no me dejara tomar mis propias decisiones. Me aterrorizaba especialmente que, si cambiaba de opinión y me llevaba a su isla en medio de la nada, me esterilizara y nunca pudiera tener hijos.

Esas eran las únicas dos cosas que temía en lo que a él se refería. No le tenía miedo, per se. Bueno, quizá su temperamento me asustaba un poco, pero estaba segura de que, aunque era un asesino, yo no acabaría en su lista negra.

Según nuestro acuerdo, no había salido a bailar desde que estaba en casa, pero después de cuatro meses sin él en mi vida, esa promesa había perdido su sentido. Desde mi liberación, no había vuelto a saber de él.

Supongo que al final solo era un juguete sexual para su placer.

Dudo que siquiera piense ya en mí. Por desgracia, yo no hago más que pensar en él.

Quizá estoy obsesionada como él solía estarlo conmigo.

Quién sabe. Me estaba aburriendo y quería salir a divertirme un poco, para variar.

Necesitaba sacarme a ese hombre de la cabeza.

A veces sentía que me poseía, como si hubiera lanzado un hechizo y su alma se hubiera instalado en mi cuerpo.

Era difícil de explicar, pero sentía que todavía le pertenecía.

Entonces mi mente me jugaba malas pasadas y pensaba que no habría sido tan malo quedarme con él. Podría acostumbrarme a su dominio, y ¿realmente necesitaba traer niños a este mundo enfermo? Cuando la parte racional de mi cerebro volvía a tomar el control, sabía que eso era imposible.

Incluso si decidiera no tener hijos, esa tendría que ser mi elección, no la de un hombre que decidiera por mí.

Estaba harta de pensar en él, así que decidí salir esa noche con Becca.

Íbamos a ir a un club en Providence que abría antes que la mayoría de los locales de la zona.

Cenaríamos allí y lo convertiríamos en una noche completa.

El local también cerraba a las 3 de la madrugada, lo cual era genial. Quería quedarme hasta el cierre y olvidarme de mi vida durante unas horas. Necesitaba un maldito descanso de todos los sentimientos confusos que revoloteaban por mi cabeza.

No había estado con nadie desde Atlas y, seamos sinceros, todavía estoy en la flor de la vida.

Una chica tiene necesidades, y además quería sacármelo de la cabeza para siempre.

No me gustaba pensar en él. No disfrutaba fantaseando con sus castigos mientras me tocaba el coño como quien toca un violín.

Odiaba que los recuerdos no se desvanecieran.

En cambio, me dominaban, y mi mente estaba agotada de tanto pensar en él.

El verano había quedado muy atrás y el invierno había ocupado su lugar.

Fuera hacía unos cero grados. Una fina capa de escarcha cubría el suelo y todos los árboles estaban desnudos.

Me puse unos vaqueros ajustados que no dejaban nada a la imaginación, una blusa negra ceñida y escotada que abrazaba mis grandes pechos, y unas botas de cuero negro por encima de la rodilla.

Completé el conjunto con unos aros grandes dorados, una gargantilla dorada y un reloj.

Para esta chica, no hacían falta anillos ni pulseras. A veces, menos es más.

Me daba reparo ir en contra de sus deseos, pero no lo había visto ni había sabido nada de él en muchos meses, así que ¿por qué no? Estaba siendo ridícula. Era evidente que ya me había olvidado hacía tiempo; además, ¿cómo iba a enterarse? Quería salir y simplemente desconectar.

No iba a ser algo de cada semana, solo de vez en cuando.

¿Qué daño podía hacer? No quería pensar en nada.

Quizá esta noche me emborrachara del todo.

Si Beck y yo acabábamos completamente pedo, pediría un Uber.

Siempre había sido una borracha responsable y nunca conducía si había bebido.

Me merecía pillar un buen puntillo después de toda la mierda por la que había pasado.

Me recogí el pelo oscuro a los lados con una pinza, solté los mechones del flequillo para enmarcar la cara y dejé que el resto cayera suelto por la espalda.

Me pinté los labios de rojo y me di un toque de colorete en las mejillas.

Cogí el abrigo, me planté frente al espejo de cuerpo entero de la puerta del armario y me di un repaso. Satisfecha con mi look de ven-y-fóllame, abracé a Tuna, metí la pistola en el bolso y me fui al club a encontrarme con Becca.

Atlas

Han pasado meses desde que castigamos a John, y desde que vi a Gatita. Después de echar a cara o cruz el destino del chico, lo soltamos. El chaval eligió cara y ganó. A Jacob no le hizo gracia el resultado, pero se aguantó.

¿Podría Jacob habérselo cargado sin problemas?

Claro, pero quería ser justo con el chaval.

Le dije que mantuviera la puta boca cerrada o lo cazaríamos y lo mataríamos.

Seguro que se porta bien. Me lié preparando unas cuantas misiones en el extranjero.

Un par de semanas después de soltar a mi mascota, me largué a Santo Tomás.

Estaba demasiado cerca, y me preocupaba no cumplir mi parte del trato.

Era mejor poner distancia entre nosotros. Por supuesto, ella no está sola. Tengo a Zach y a Jacob vigilándola. Zach se quedó un tiempo más. Conoció a una tía y se la tiraba sin parar.

Todos follaban menos yo. Sé que con mi hermano nunca es nada serio, nunca lo es, pero le di el visto bueno para quedarse. No lo necesito aquí en persona para rastrear a nuestros objetivos. Todo se hace por internet.