Obsesión desquiciada (Serie Desquiciada nº 1) Capítulo 34
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Capítulo 34

Atlas

Tenía que andarme con cuidado. Mi entrenamiento me había enseñado a mantener la calma en territorio enemigo y a no revelar jamás mis verdaderas emociones ante mis adversarios.

En ese momento, Gatita era sin duda mi enemiga, y necesitaba mantener la cabeza fría para que no me matara con el enorme cuchillo de carnicero que sostenía en la mano.

Estaba bastante seguro de que no acabaría conmigo, pero no me cabía duda de que era capaz de matar si las circunstancias lo requerían. Cualquiera lo era.

Sentí alivio cuando arrojó el arma sobre la encimera. Giré las manos contra la pata de la mesa, impulsando la mitad inferior de mi cuerpo hasta quedar sentado en el suelo.

No era ningún contorsionista, pero sabía muy bien cómo retorcer y maniobrar mi cuerpo en distintas posiciones para escapar de situaciones complicadas. Deslicé el trasero hacia adelante todo lo que pude mientras subía las manos por la pata de la mesa.

Con las muñecas lo más arriba posible, me dejé caer de espaldas.

No era la posición más cómoda, pero había estado en situaciones mucho peores a lo largo de mis treinta años en este planeta.

Una vez boca arriba, ella sonrió con malicia y se acercó a mí.

Colocó las piernas a cada lado de mi cabeza, ofreciéndome una vista completa de su coño desnudo bajo el vestido de verano que llevaba.

Sentí que mi polla se agitaba, algo que no le pasó desapercibido.

—Te dejo echar un último vistazo a lo que nunca volverás a ver, Atlas. Disfruta de mi coño, sucio animal. Ahora, saca la lengua. Quiero que me comas como si fuera la última vez que vas a probarme, porque es la última vez que disfrutarás de este festín.

Se sentó sobre mi cara con todo su peso, casi asfixiándome bajo su coño. Mi polla se puso dura, presionando contra los vaqueros, y las pelotas empezaron a dolerme. Frotó su coño por mi boca y nariz antes de ponerse de rodillas para no matarme por falta de aire.

Amaba su coño. Era adictivo. Me deleitaba con el sabor de sus jugos. Lamí y chupé su clítoris con ganas. Siempre había sido mi kriptonita. Su sabor y su aroma, ácidos y almizclados a la vez, me volvían loco.

Desde mi posición no podía verle la cara, pero la oía jadear mientras lamía el botón hinchado entre sus piernas. Iba a hacerla gritar y temblar mientras lamía y chupaba su carne rosada.

—Oh, Dios —jadeó—. ¡Cómeme el coño bien, maldito cerdo psicótico y asqueroso!

Gemí con fuerza mientras mecía su dulce coño sobre mi cara. Sus jugos me goteaban por la barbilla.

Lamí todo lo que pude antes de que aquella dulzura pegajosa cayera sobre mi pecho. Lo quería todo.

Mi polla palpitaba. Estaba más excitado que de costumbre. Siempre me había encantado lo tabú y lo sucio, y esta pequeña zorra pensaba que me estaba dando de mi propia medicina al darme órdenes como si fuera su esclavo, ¡pero me encantaba!

Su respiración se volvía más entrecortada mientras lamía y tiraba del centro de su placer. El pequeño botón rosado estaba lo bastante erecto como para chuparlo entre mis labios y pasarle la lengua alrededor de los pliegues de su coño. Ojalá tuviera las malditas manos libres para mantenerla quieta.

No dejaba de deslizarse adelante y atrás, lo que me dificultaba concentrarme en su punto mágico.

Normalmente, cuando tengo el control, no le permito moverse tanto.

Le ordenaría quedarse quieta mientras la torturaba con mi boca, mi polla o el vibrador.

Con el tiempo, había aprendido a disfrutarlo.

Sabía que estaba cerca. Jadeaba y gemía con fuerza, y las pelotas me dolían de ganas de estar enterradas en lo más profundo de ella.

Sus caderas se restregaban contra mi boca sin piedad.

Mantuve el ritmo sin perderlo. Me apretó la cabeza con las rodillas mientras sus caderas empujaban hacia abajo contra mi lengua.

—Ah, Dios, qué bueno eres, maldito psicópata loco. ¡Hazme correr con fuerza!

Gritó, provocándome escalofríos por toda la columna. Su cuerpo se sacudió y se retorció mientras el orgasmo se apoderaba de ella. Mantuve el asalto sobre su clítoris hasta que tragué cada gota de su corrida. Su cuerpo se relajó cuando el orgasmo remitió.

Saltó de mi cara y se quedó de pie con las piernas a cada lado de mi cabeza.

Me miró con una amplia sonrisa en los labios.

Imaginé que mi cara brillaba con sus jugos.

Tenía la boca y los labios cubiertos de su humedad pegajosa.

Me deleitaba con su sabor y su aroma. Su voz atravesó mis pensamientos, devolviéndome a mi precaria situación.

—Sé que lo has disfrutado, Atlas. No soy tan tonta como para pensar que ha sido un castigo para ti.

Se quedó de pie a mi lado, mirando mi erección dura como una piedra a través de los vaqueros.

Notaba el líquido preseminal en mis Calvins y me frustraba no poder doblarla sobre algo y follármela hasta dejarla sin sentido.

Pensé en cómo la castigaría por lo que me había hecho, y me excité aún más.

Se rio a carcajadas, echando la cabeza hacia atrás.

—Vaya, mira quién está empalmado y no va a correrse. Te dejé comerme solo porque yo quería correrme y torturarte al mismo tiempo. Vamos a poner esto en marcha para que pueda largarme de aquí antes de que aparezca uno de tus secuaces y me joda los planes de fuga.

Chasqueó los dedos.

La miré perplejo.

—Gatita...

—Levanta el culo del suelo para que pueda quitarte los vaqueros. Es hora del espectáculo, grandullón.

—No te atrevas a volver a llamarme maldita Gatita. Sabes cómo me llamo, ¡úsalo!

—Vale, Kitlyn... No voy a poder sostenerme con las manos y los tobillos esposados así. Puedes soltarme y encantado me quito los pantalones.

Le sonreí, pero no le hizo gracia mi intento de humor. Golpeteó el suelo con el pie junto a mi cuerpo tendido.

—Pues entonces los cortaré. ¡Más te vale que no falle y te corte la maldita polla!

Corrió al cajón de la cocina y agarró las tijeras.

Sentí cierta aprensión, pero no mostré ninguna emoción mientras empezaba a cortar la tela, comenzando por las perneras.

Cuando llegó al muslo, dejó las tijeras a un lado y me bajó la cremallera.

Volvió a cortar la tela hasta que pudo quitarla sin resistencia.

Mi polla seguía dura como una piedra dentro de los bóxers.

Estaba algo nervioso por lo que fuera a hacer a continuación.

¡No quería que me cortara la maldita polla!

Sé que había hecho cosas terribles, pero nunca le había hecho daño de verdad.

No hubo maltrato físico, no tenía cicatrices.

No había hecho más que tratarla como a una reina, y aun así estaba tan enfadada conmigo.

Supongo que esterilizarla fue la gota que colmó el vaso.

Pensé que dejarla descargar su ira conmigo ayudaría a aliviar su dolor. No conté con que me pateara en los huevos, dejándome indefenso. Ni se me pasó por la cabeza que fuera a acercarse ahí.

Supuse que gritaría y maldeciría, quizá me daría un par de bofetadas, no que me convertiría en su prisionero indefenso. Mis pensamientos me absorbieron hasta que oí las tijeras cortando mi camiseta.

Me quitó los vaqueros y la camiseta, dejándome solo con mis Calvins, todavía con una erección impresionante. Cada vez me sentía más incómodo en esa postura.

Me miró con una sonrisa.

—¿Qué se siente al no poder correrte, mascota? No es tan divertido, ¿verdad?

Controlé mis emociones y mantuve el rostro impasible. No quería darle la satisfacción de verme enfadado o angustiado. Era mejor no mostrar nada.

—No me gusta, Kitlyn, aunque no recuerdo haber sido tan cruel contigo.

Siempre cuidé de ti. Eso no puedes negarlo.

Mi único pecado fue secuestrarte porque estaba obsesionado y no podía sacarte de mi cabeza.

Sé que te azoté la primera noche que te traje aquí, pero nunca te hice daño de verdad, ¿o sí?

Arqueé las cejas, mirándola fijamente.

—Sin cicatrices, algo de dolor, pero múltiples orgasmos. ¿Puedes decir que miento?

Se levantó y se sentó en la silla, mirándome desde arriba con los brazos cruzados.

—No voy a matarte, Atlas. Creo que lo sabes. Ni siquiera te odio porque no puedes evitar ser quien eres. Solo voy a darte de tu propia medicina. Ya sabes, ojo por ojo. Cuando me vaya, no quiero volver a verte en la vida. Más te vale no acosarme ni intentar secuestrarme de nuevo.

Me señaló con el dedo, regañándome como a un niño travieso.

—No cometeré el mismo error dos veces. Si entras en mi casa o me sigues, te pego un tiro sin pensarlo. No pienso vivir con miedo el resto de mi vida.

Se señaló el brazo.

—Me quitaré el rastreador y me iré muy lejos, donde nunca puedas encontrarme. Por supuesto, también podría matarte en defensa propia. Al fin y al cabo, me secuestraste.

Sonrió con suficiencia, mostrando sus grandes colmillos de gatita. Mi pequeña había echado huevos; más le valía asegurarse de conservarlos intactos cuando yo quedara libre.

Se levantó, agarró las tijeras, cortó mis bóxers y me los quitó. Estaba completamente desnudo, tumbado en el frío suelo de la cocina, atado como un prisionero de guerra. Mi polla seguía dura. Nunca podía controlarme estando cerca de ella.

Me miró con una sonrisa malvada en el rostro.

—Ahora viene el entretenimiento principal. Quédate ahí. Vuelvo enseguida.

Sabía lo que venía a continuación. No intenté liberarme porque era inútil. Mis muñecas y tobillos eran demasiado gruesos para sacarlos de las esposas.

Cuando terminara de darme una lección y se fuera, me liberaría de alguna manera. Y entonces, que Dios la ayudara si volvía a ponerle las manos encima. No podría sentarse en un mes.

Entró en la cocina una vez más.

Tal como esperaba, tenía el flogger en la mano, un tubo de lubricante y un gran plug anal. Nunca la consideré perversa, pero supongo que me equivocaba. Quizás algo se le pegó de mí. Me doy cuenta de que estoy bien jodido.

¡Me van a follar, literalmente!

Kitlyn

La expresión de su rostro cuando volví con el lubricante y el plug anal no tenía precio. Veamos cuánto disfruta que le den por el culo, junto con una buena dosis de humillación. Le dediqué mi mejor sonrisa, pestañeando coquetamente. Disfrutaba de este juego. Se merece todo lo que le haga.

—Ahora, mascota, vas a ser un buen chico y vas a aceptar este plug en el culo, y si haces un solo ruido mientras te follo brutalmente el trasero, serás castigado.

Frunció el ceño, pero habló con sinceridad.

—Kitlyn, sé que estás cabreada conmigo, y no intentaré disuadirte de tu venganza.

Solo muéstrame la misma piedad que te mostré cuando te quité la virginidad anal.

No quiero acabar desangrado en el suelo por un desgarro o una perforación, así que por favor, ve con cuidado conmigo, masco... eh, Kitlyn.

Sonreí, sintiéndome vengativa.

—No te preocupes, Atlas. Te mostraré la misma cortesía que me mostraste a mí. Ahora, rodillas al pecho, grandullón. Sé que puedes levantar esas hermosas piernas musculosas. Haz lo que te digo, o te follaré el culo en seco.

Atlas

Mantén la cabeza fría, Atlas. No pierdas los estribos. Míralo como otro juego perverso con la mujer de la que nunca te cansas.

Levanté las rodillas hasta el pecho. No era tarea fácil con los tobillos atados por las putas esposas.

La vi agarrar el lubricante y untarlo por todo el plug anal, y luego extenderlo rápidamente por mi entrada.

Nunca me habían follado por el culo, y estaba seguro de que iba a doler, sobre todo si no lo hacía bien. Me tocaría probar mi propia medicina.

Quizás me lo merezco. Puedo reconocer mis errores, pero si no hace esto bien, podría destrozarme el culo y acabar metido en una mierda seria, nunca mejor dicho. La miré, manteniendo el rostro inexpresivo.

—Kitlyn, si necesitas que te guíe, te ayudo. ¿Te hice daño de verdad cuando te tomé por detrás? Respóndeme con sinceridad y me callaré.

Kitlyn

Lo miré, sin sentirme tan victoriosa en ese momento. No me hizo daño, pero no se trata de hacerle daño; se trata de humillarlo como él me humilló a mí.

—Esto no tiene nada que ver con el dolor, Atlas; tiene que ver con la vergüenza. Degradarte, hacerte sentir menos que nada. Quiero que sientas lo que es ser mujer en un mundo de hombres.

Apliqué el lubricante en su arrugado agujerito, hurgando bien alrededor de la entrada.

Él se tensó, pero no emitió ningún sonido.

—Solo por unos minutos, Atlas, finjamos que tú eres yo y yo soy tú mientras te follo lentamente tu culo indefenso. Yo era tan vulnerable como tú lo eres ahora, porque eres mucho más grande que yo. No tenía fuerza para luchar contra ti, y ahora sabrás cómo me sentí.

Retiré mi dedo brillante de su trasero, limpiándolo en su pierna. Mi voz destilaba dulzura. —Quiero que seas una buena mascota y te portes como un buen chico. Te iré guiando, amor. Así que relaja esos músculos mientras te follo ese dulce culo.