Capítulo 31
Kitlyn
La forma fría y despiadada en que susurró «sí», me dio ganas de vomitar.
Solo oír esa palabra lo volvió más real.
Vivía con un asesino auténtico. Me estremecí solo de pensarlo.
Debería haberme quedado en mi habitación mientras estaban aquí, pero salí a la cocina a curiosear.
Ahora no podía borrar de mi mente lo que había oído.
Estaba atrapada entre al menos dos asesinos despiadados.
Yara era tan mala como Atlas, de eso estaba segura.
No sabía exactamente a qué se dedicaba Zach, pero sabía que no era un simple espectador inocente en los negocios de su hermano.
No me sorprendió que hubiera participado en mi secuestro.
Con solo oírlo de sus labios, supe que seguía todas las órdenes de su hermano, sin importar lo que implicaran.
Secuestrar a alguien es un delito grave, pero estaba claro que ninguno de los que estaban sentados en la cocina hace unos minutos pensaba lo mismo.
Hablaban de asesinatos como quien habla de ir de picnic.
Sentí la bilis subirme por la garganta. Tuve que tragar con fuerza para no vomitar.
Sabía que Atlas era un asesino, pero oírlos hablar de ello con tanta naturalidad lo hacía más real.
Quizá había esperado que estuviera exagerando todo este tiempo, pero su conversación confirmó que lo que me había dicho era verdad.
Era un asesino a sangre fría. Ver a Yara pavoneándose con las tetas al aire me sacaba de quicio. Esa mujer me caía fatal. No le caigo bien, y estoy segura de que quiere a Atlas para ella sola. Lo último que necesitaba en mi vida era otra asesina despiadada que me odiara.
Estoy convencida de que, sin la protección de Atlas, me haría pedazos a la menor oportunidad. Ver a Zach me pilló por sorpresa.
Era casi idéntico a Atlas, salvo que medía unos centímetros menos y tenía algo menos de músculo. No es que fuera menos intimidante.
Atlas lo había mencionado en varias ocasiones, pero no lo conocí hasta hoy. Era la primera vez que oía hablar de Jacob. Permaneció callado todo el rato. Al menos no hizo bromas a mi costa.
No se percataron de mi presencia enseguida, así que me quedé en silencio, escuchando sus planes asesinos. Matar gente no significaba nada para ellos. Era un día más en sus vidas.
Por primera vez desde que me arrancaron de mi casa, fui consciente de la depravación a la que me enfrentaba. Esa gente estaba loca, y yo estaba atrapada en su circo criminal. Solo pensarlo me provocó un escalofrío que me recorrió la espalda, y el asco que sentí me caló hasta el alma.
Se acercaba el momento de partir hacia la isla, y seguía sin tener un plan de escape mejor que el primer día.
Aunque no quisiera admitirlo, las perversiones a las que me había sometido y condicionado a disfrutar no eran el problema.
El problema era que él era un asesino despiadado, y yo su prisionera.
Me tenía enjaulada como a un animal. Echaba de menos mi vida anterior, ¡y quería recuperarla!
Tenía que salir de allí, pero ¿cómo? Ese pensamiento me consumía a diario.
Siempre llevaba el mando encima y mantenía todas las puertas y ventanas cerradas las veinticuatro horas.
Sentía la frustración bullir en mis venas mientras apretaba los puños sobre el regazo.
La voz grave de Atlas me interrumpió. —¿En qué piensas, mascota? ¿Algo te preocupa?
Era muy observador. Vigilaba cada uno de mis movimientos.
Negué con la cabeza mientras intentaba ocultar mi incomodidad.
—No, no me pasa nada. Estoy un poco nerviosa, eso es todo. Creo que tengo hambre.
Estaba mintiendo, y se me daba fatal. Lo percibió de inmediato y se inclinó hacia mí.
Su enorme cuerpo se cernía sobre la silla donde yo estaba sentada.
Me levantó la barbilla con su grueso dedo, obligándome a mirarlo.
—No me mientas, mascota. No soporto a los mentirosos; ya sabes lo que pasa cuando no eres sincera.
No quiero tener que azotarte para sacarte la verdad, aunque no me importaría ver ese culito tuyo ponerse rojo otra vez.
Soltó una risita, pero su mirada se tornó seria.
—Venga, suéltalo, gatita. ¿Qué te reconcome?
Tragué saliva, intentando mantener la calma. Decirle que estaba planeando mi fuga no era una opción, así que solté una verdad a medias, mucho más convincente precisamente por eso. Me retorcí las manos en el regazo.
—Oírte planear un asesinato me revolvió el estómago. Yo... yo no mato a nadie, y no conozco a nadie que lo haga. Saber a qué te dedicas me pone los nervios de punta, y no puedo evitar sentirme así.
Tragué el nudo que tenía en la garganta, sin saber cómo se lo tomaría.
No estaba tratando con un hombre normal.
Nunca sabía qué podía hacerlo estallar, pero sí sabía que no dudaría en tumbarme sobre sus rodillas y azotarme hasta dejarme en carne viva si no le decía lo que quería saber. Así que solté la mitad de la verdad.
Así era Atlas. En un momento podía ser tierno y dulce; al siguiente, podía golpearme con el cinturón si algo que había hecho o dicho lo enfadaba.
Lo único que le reconocería, aunque estuviera al borde de la locura, era que siempre me avisaba y me daba a elegir entre cumplir sus exigencias o resistirme.
Por supuesto, si me resistía o le contestaba mal, me castigaba.
Se sentó en la silla de al lado, sereno.
Me agarró las dos manos con fuerza. Mi cuerpo ya había reaccionado a su contacto.
El corazón me dio un vuelco al tenerlo tan cerca.
Me había entrenado bien, o quizá no tenía nada que ver con eso.
Quizá me gustaba el sexo violento y los juegos perversos a los que jugábamos.
Nunca había experimentado ese tipo de sexo con ninguna otra pareja.
Atlas me había convertido en su puta personal, y lo cierto es que lo disfrutaba.
No creo que pudiera volver a una vida sexual normal.
Esbozó una leve sonrisa. El sonido de su voz suave me derritió el corazón.
Me gustaba este Atlas. Jekyll era más humano que Hyde, que a veces podía ser cruel e insensible.
—Mi mascota, entiendo que no eres una asesina, y no te culpo por ser una inocente que ha caído en mi mundo de mierda.
Me miró; su actitud seguía siendo serena.
—No voy a mentir ni a inventarme una historia sobre quién soy.
Siento que hayas tenido que oír nuestra conversación, pero es a lo que me dedico, y te revelé mi secreto la primera noche que pasamos juntos.
Si te hubiera tenido encerrada en tu habitación las veinticuatro horas, no habrías tenido ocasión de oír mi conversación con Yara y los chicos, pero no fue eso lo que pasó.
Me levantó la barbilla y sonrió.
—No estoy enfadado contigo por tener sentimientos encontrados, así que no te preocupes.
La gente buena no muere a manos mías. Mato a criminales más violentos de lo que puedas imaginar.
Si crees que soy cruel, es que nunca has visto los bajos fondos de la sociedad, y me aseguraré de que nunca los veas.
Me frotó el brazo mientras seguía hablando.
—El hombre que eliminaremos esta noche es muy malvado, calculador y perverso. Secuestra mujeres y las vende para el tráfico sexual. No me dedico a acabar con todos estos individuos podridos, pero cuando alguien encarga un trabajo contra ellos, me alegra sacar la basura, por así decirlo.
Lo que Atlas me hizo está mal, pero al menos no me vendió a un traficante.
Su voz adoptó un tono más autoritario.
—Ahora, quítate eso de la cabeza, mascota. Tú y yo tenemos que hablar de cómo te organizarás mientras esté fuera esta noche. Estaré fuera de casa unas dos horas.
Lo miré desesperada. Le supliqué que me dejara quedarme sola esa noche.
—Atlas, puedo quedarme sola. A estas alturas no necesito niñera. Llevo casi cinco semanas contigo. No hay forma de que salga de esta casa. Todo está cerrado con llave. No hay un alma en kilómetros a la redonda.
Lo miré nerviosa, mordiéndome el labio inferior.
—Yo... estoy cansada de que me traten como a una niña. Además, tengo el rastreador en el brazo, y toda la casa está vigilada con cámaras en cada habitación. Aunque consiguiera escapar, y sabes que no puedo, me encontrarías en un minuto.
Esperaba que suplicar me permitiera ganar el derecho a que me dejaran a mi aire.
Aunque fantaseo con escapar, no hay salida de aquí. Estoy atrapada, pero no quiero estar encerrada en mi habitación dos o tres horas, ni quiero una maldita niñera. Es innecesario.
Se pasó las manos por la cara y desvió la mirada. Estaba pensándolo. Podía notarlo. Quizá lo permitiera. Recé para que cediera y no insistiera en ponerme niñera. Odio que me traten como a una maldita cría. Entornó los ojos mirándome.
—Sabes que quiero que aceptes tu destino e intentes ser lo más feliz posible dadas las circunstancias, Kitlyn, aunque la forma en que llegaste aquí no fuera convencional, ¿verdad?
Usó mi nombre. Rara vez me llama por mi nombre real.
Asentí con una sonrisa.
—Sí, lo sé, Atlas.
No mentía. Las cosas habían cambiado entre nosotros en las últimas dos semanas; ahora me atendía más que al principio. Era más atento y no tan duro como cuando empezó toda esta pesadilla.
Quizá le estaba saliendo conciencia, después de todo. Lo miré con obstinada intensidad.
Clavé la mirada en la suya.
—Entonces, ¿me dejarás quedarme sola sin encerrarme en mi habitación?
Respiró hondo y exhaló con fuerza.
—Bueno, supongo que dejarte sola no hará ningún daño.
No puedes salir de la casa. Lo instalé todo yo mismo.
No hay forma de salir de aquí sin el mando y el código de acceso.
Puedes moverte libremente, excepto en mi despacho, donde tengo guardados bajo llave mis ordenadores y tu móvil y portátil.
No hay teléfonos fijos en ninguna parte de la casa, así que puedes quedarte suelta mientras no esté.