Capítulo 28 #2
Me subió el vestidito por encima de las caderas, dejando expuesta mi mitad inferior. Lo oí quitarse el cinturón de los vaqueros. Di un respingo al oírlo, sin saber si me golpearía con eso o con el flogger.
Se me tensó el cuerpo solo de pensarlo, después de haber tenido un orgasmo tan intenso. No quería que me azotara el trasero con la correa o el flogger sin estimulación previa, pero aun así no dije nada. Me sentía ansiosa y excitada a la vez. No saber qué iba a pasar era la mejor parte.
Giré la cabeza hacia un lado para mirarlo. Se desabrochó los pantalones, se los quitó y los tiró junto a mi tanga.
Me invadió la aprensión al saber que hoy tenía visitas, pero luego recordé que siempre avisaban antes por mensaje. No era ningún secreto para qué estaba yo allí, así que no debería preocuparme.
Sentí dos manos grandes que me frotaban el trasero y aparté todos los pensamientos negativos de mi mente.
—Mascota, tienes un trasero precioso. No me canso de él. Necesito marcar estas nalgas ahora mismo.
Se me puso el cuerpo rígido al oír sus palabras. Mierda, iba a usar el cinturón conmigo. Siempre me ponía nerviosa antes del primer golpe. Me haría daño pasara lo que pasara... era su forma de ser. Ese era su fetiche.
Le encantaban mis lágrimas tanto como mi placer. Me estaba acostumbrando a lo que venía después de una sesión brutal. Siempre me trataba como a una reina y se desvivía por mí después de azotarme hasta dejarme agotada o de joderme la cabeza. Son esos momentos los que anhelo.
Era el único capaz de calmar mis emociones después de una paliza brutal o de cualquier otra cosa jodida que me hiciera. Se me cortó la respiración y jadeé.
—¿Vas a usar el cinturón o el flogger, Atlas?
Necesitaba prepararme para cualquiera de las dos posibilidades, aunque nunca había probado el flogger. Me apretó las nalgas con fuerza entre las manos.
—¿Estás nerviosa, mascota?
Tragué saliva con dificultad. Estaba nerviosa, pero también excitada.
—S... sí, estoy un poco aprensiva. Ya duele bastante cuando me pegas con la correa, pero no sé cuánto más dolerá el flogger.
Se inclinó sobre mí y me susurró al oído.
—Pero esto no es un castigo, gatita. Esto es por placer. ¿Crees que te haría sentir solo dolor si no te estuviera disciplinando?
Me aclaré la garganta y me lamí los labios.
—N... no. No creo que lo hicieras.
Sentí alivio. Hiciera lo que hiciera con mi trasero expuesto, no lo haría sin mezclarlo con el placer que tanto necesitaba.
—Esa es mi buena chica —murmuró en mi oído.
—Nunca usaría uno sin el otro, y pienso usar tanto el flogger como el cinturón en ese dulce trasero.
¿Los dos? Dios mío, me espera una buena.
—Quiero que te relajes y me dejes hacer todo el trabajo. Quiero saborear ese cuerpecito delicioso. Me provocas cosas que ninguna otra mujer ha conseguido. Voy a marcar cada centímetro de ti, y te va a encantar. Quédate quieta mientras te pongo esta mariposa en el coño. Sé cuánto te gusta.
Me estremecí mientras apretaba el sexo y las nalgas.
No puedo creer que este hombre vaya a azotarme el trasero en un par de minutos, y estoy excitada.
Algo anda muy mal conmigo, y no digamos ya con él. ¿Acaso ya ha entrenado mi cuerpo para desear también el dolor? Desde luego no soy fan de sus castigos, pero no puedo negar que disfruto de las sesiones perversas con él.
Se enderezó y se colocó detrás de mi trasero expuesto. Sentía los muslos doloridos donde había dejado su marca hacía unos minutos. El hombre era un salvaje, ¡y yo ni siquiera intentaba resistirme!
Eso dice mucho de mí. Sentía la excitación recorrerme las venas mientras esperaba a que actuara.
Lo miré de reojo mientras se arrodillaba detrás de mí. No pasó mucho tiempo antes de sentir sus labios y su lengua recorriendo mis nalgas.
Este tipo de juego era lo único con lo que no me sentía cómoda.
Todavía me daba un poco de vergüenza tener su lengua en un lugar tan íntimo.
Mi cuerpo se tensó cuando me abrió. ¡Dios mío!
¡Ahí viene! Humillación total. La cara me ardía de vergüenza cuando reaccioné por instinto y me aparté.
De repente sentí su mano golpearme el trasero, seguida de un escozor agudo en las nalgas. Grité, sin esperarme el golpe.
—¡UGGH! Mierda. ¡Ay!
—Tranquila, mascota. Te di un orgasmo alucinante hace unos minutos, y pienso darte otro. Relájate. Disfruto comiéndote el culo. Me encanta saborear cada centímetro de tu cuerpo. Ahora sé buena chica y déjame hacerte gritar.
Tenía el sexo empapado por este hombre. Quería que me hiciera cosas sucias. Así me había entrenado. Me frotó el trasero donde me había golpeado y habló en un tono bajo pero severo.
—Mantén el trasero justo donde está y no te apartes. Si lo haces, te negaré el orgasmo. Ahora haz lo que te digo.
Un escalofrío me recorrió al pensar en lo mucho que eso me cabrearía, así que obedecí. Respiré hondo para calmarme y me quedé perfectamente quieta. Los orgasmos que daba eran adictivos, por decir poco, y necesitaba mi dosis. Relajé el trasero y me sometí, olvidándome del pudor.
Me lamió el culo de la misma forma que me comía el coño... como un hombre que llevara una semana muerto de hambre. Cerré los ojos y me dejé llevar por las sensaciones. Me gustó tanto que empecé a restregar el trasero contra su cara.
En fin, ahí se iba mi dignidad por la ventana.