Obsesión desquiciada (Serie Desquiciada nº 1) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

—¡Vaya! Me has llamado por mi nombre real en lugar de los habituales motes degradantes de Gatita y mascota que tanto te gustan.

Se sentó a mi lado en la cama, sin responder a mi pequeña pulla, y cogió un mechón de mi pelo suelto para enrollarlo entre sus dedos.

—Me preocupan tus hábitos alimenticios. Apenas tocas nada de lo que te traigo. No quiero que te debilites o enfermes por falta de nutrición. ¿Cómo voy a jugar con una gatita débil si no comes?

Me sonrió con sus ojos grises brillantes bajo la luz de la habitación. Desde luego, no me hizo gracia su humor retorcido, pero me quedé callada.

—Gatita, necesito que comas. Me quedaré contigo hasta que te termines al menos la mitad de lo que tienes delante.

Sentí una chispa de ira recorrerme el cuerpo, pero me contuve. Gracias a Dios no me ha provocado esta última semana. Estoy segura de que tarde o temprano habría estallado si lo hubiera hecho. Vamos, ¿quién diablos puede mantenerse en un estado constante de rabia?

Al final, el vapor tiene que salir por algún lado. Sé que está deseando que explote para coger el cinturón o algún otro instrumento y azotarme el trasero.

Todavía no me ha hecho cumplir los dos últimos castigos que le debo. Se lo agradezco. Ojalá se hubiera olvidado de ellos, pero sé que no. Solo está aguardando el momento oportuno. Elegí mis palabras con cuidado, con la esperanza de que al menos entendiera cómo me sentía, aunque lo dudaba mucho.

Ese hombre solo piensa en sus necesidades, bueno, casi siempre.

—No es que no quiera comer, Atlas. He perdido el apetito porque estoy deprimida de estar enjaulada en esta habitación las veinticuatro horas del día, todos los días. ¡Me estoy volviendo loca! No soy un animal. Aunque lo fuera, alguien me dejaría salir del corral al menos una vez al día.

Me miró con el rostro inexpresivo.

—Entonces, ¿qué me estás diciendo? ¿Que no comerás a menos que te dé un poco el aire y el sol?

Apreté los puños en el regazo, frustrada.

—No me escuchas, Atlas. Necesito salir de esta maldita habitación. Si quieres que vuelva a comer, tienes que dejarme salir de aquí. No me importa si es solo a la casa principal o al patio; por favor, déjame salir de esta prisión.

Extendió la mano y me cogió la barbilla, alzándome la cabeza para que lo mirara. Sus ojos grises se clavaron en los míos. Notaba las lágrimas acumulándose.

Su voz sonó muy suave.

—Gatita, no soy idiota. Te entiendo perfectamente.

Me encantaría llevarte a algún sitio y dejarte retozar bajo el sol, pero tu foto ha salido en todas las noticias, así que no es posible.

Cuando nos vayamos de aquí, podrás correr donde quieras.

Tendrás kilómetros de sol y arena, pero por ahora solo puedo dejarte entrar en la casa principal y nadar en la piscina del sótano.

Me animé de inmediato cuando dijo que podía ir a la casa principal y nadar en una piscina que ni sabía que existía. Sonreí de oreja a oreja con la fantástica noticia.

Estaba deseando explorar el lugar y descubrir cómo salir de aquí. Ganarme su confianza sería complicado, y también implicaba cumplir con sus exigencias sin rechistar. Tenía que actuar como si me estuviera enamorando de él, supongo.

Necesitaba algo que me mantuviera la mente ocupada porque la inactividad me estaba matando lentamente. —Me encantaría, Atlas. ¿Me prometes que me dejarás salir de aquí?

Me miró con una leve sonrisa.

—Lo prometo, mascota. Pero más te vale portarte bien. Si intentas algo estúpido como huir, te juro que te azotaré el culo hasta dejártelo en carne viva, y me aseguraré de que no puedas sentarte en un mes. Y lo haré sin el vibrador.

Sentí que el corazón casi se me salía del pecho en cuanto pronunció esas palabras. Si conseguía la oportunidad de escapar de aquí, tenía que asegurarme de que nunca pudiera atraparme.

Sabía que me golpearía hasta dejarme llena de moratones y que tal vez incluso me abriría la piel. Solo pensarlo me daba ganas de vomitar, pero mantuve la compostura y no me inmuté por fuera.

—Entiendo lo que pasará si intento huir. Ese no es mi plan. Necesito salir de estas cuatro paredes, eso es todo. —Vi que no confiaba en mí por la mirada de desconfianza en su rostro.

—De acuerdo, siempre y cuando entiendas las consecuencias si vuelves a traicionarme. Ahora quiero que desayunes, te duches y te vistas. Te llevaré a la casa principal y te enseñaré dónde está la piscina. Si consigues tumbarme y quitarme el mando del bolsillo, te dejaré ir.

Echó la cabeza hacia atrás y se rio. Le dediqué una sonrisa dulce, aunque quería darle una patada en los huevos por esa burla tan cruel. Sabe perfectamente que no puedo darle una paliza como él me la da a mí, el imbécil.

Terminé casi todo el desayuno. No me había dado cuenta del hambre que tenía. Después de que Atlas me revisara el trasero para comprobar que todas las marcas que me había dejado la semana pasada habían desaparecido, me permitió ducharme sola para variar.

Por fin tenía los pies curados, así que estaba lista para echar a correr en cuanto se presentara la oportunidad.

Tenía que tomarme mi tiempo para planear los siguientes pasos.

No quería echarlo a perder. Cuando salí de la ducha, fui a la cama donde había dejado mi vestido de verano, el tanga y el bañador.

El corazón me dio un vuelco de alegría cuando vi que había dejado la puerta abierta.

¡Joder, sí! Me estaba dejando salir. No podía contener la emoción.