Obsesión desquiciada (Serie Desquiciada nº 1) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Normalmente quedamos y follamos, nada más. Nunca pasamos tiempo juntos después. Ahora que lo pienso, esa siempre ha sido la base de nuestra relación. Le lanzo una mirada asesina pero mantengo la calma.

—Escucha, John. Te invité a ver una película conmigo y nada más. Te lo dejé claro cuando te escribí. Esta noche no vas a mojar, así que si eso es un problema, te voy a tener que pedir que te vayas.

Se le contrae la cara y se le ponen las mejillas rojas. Tiene los puños apretados sobre el regazo.

¡¿Pero qué coño?! ¿Este tío va a intentar violarme?

Solo pensarlo hace que el corazón me lata con fuerza en el pecho. Noto el sudor acumulándose en la nuca. Tengo la piel fría y pegajosa a pesar de que es verano.

Mantén la calma, Kit; no querrás que se vuelva loco.

—¿Sabes qué, Kitlyn? —sisea entre dientes—. Eres una puta calientapollas. Siempre voy corriendo cuando me llamas para follar, pero ahora que soy yo el que lo necesita, la respuesta es no. ¡Eso me cabrea mucho!

Antes de que pueda reaccionar, alarga la mano y me agarra de la nuca, tirando de mí hacia él.

Me aplasta la boca contra los labios, metiéndome su lengua asquerosa y seca.

Solo nos besamos una vez, apenas dos segundos, la primera vez que nos acostamos.

No me gustó nada. Me pareció demasiado íntimo y me dio asco.

Le pongo la mano en el pecho, intentando apartarlo.

Se echa hacia atrás, riéndose en mi cara. Nunca había visto esta faceta suya.

¡Dios mío! ¿Es él mi acosador?

El pensamiento me dejó helada, como si me hubieran sumergido en una bañera de agua fría.

Presa del pánico, lo empujé con todas mis fuerzas.

Aunque era delgado, seguía siendo más fuerte que yo.

Me atrajo hacia él con violencia, apretándome la cabeza aún más.

Reuniendo toda la fuerza que pude, lo contuve con un brazo mientras con el otro tanteaba bajo el cojín en busca de mi arma.

Es ahora o nunca, así que lo empujé con todas mis fuerzas, echando todo el peso de mi cuerpo. Cayó hacia atrás contra el brazo del sofá el tiempo justo para que pudiera sacar el arma. La levanté y le apunté. Estaba furiosa. Sentía el calor subiéndome a las mejillas mientras gritaba.

—Hijo de puta. ¡Levántate ahora!

Ya no se reía. Levantó las manos en señal de rendición y se puso de pie lentamente. Yo haría lo mismo si estuviera mirando el cañón de una 38. Tragó saliva con dificultad sin apartar los ojos de los míos.

—Tranquila, Kit. Mira, lo siento. No sé qué me pasó. Por favor, no dispares.

Mantuvo las manos en alto mientras hablaba con la mayor calma posible. El color desapareció de su rostro. —Kitlyn, no voy a hacerte nada. Te lo juro por Dios.

Le grité... totalmente cabreada. —¡Desde luego que no vas a hacer nada, hijo de puta! ¡Te juro que te vuelo los sesos por todo este suelo si lo intentas!

Mantuvo las manos en alto, intentando convencerme de que lo dejara ir. —Solo quiero irme a casa y podemos olvidar que esto pasó. ¿Qué dices, Kit?

Salté del sofá, sosteniendo el arma a la altura de su cabeza. Escupí las palabras como si fueran veneno en mi lengua. —Que te jodan, imbécil. Saca el móvil del bolsillo y llama al 911.

Me miró como si acabara de ver un fantasma. —Kit, por favor... —Lo interrumpí antes de que pudiera terminar.

—He dicho que llames al 911 y lo pongas en altavoz. Vas a ir a la cárcel, amigo. Creo que eres tú quien me ha estado acosando estos últimos meses. Eres tú, ¿verdad?

Parecía confundido y negaba con la cabeza. —¿De qué demonios estás hablando? Perdí el control esta noche, pero no soy un acosador.

Mantuve el arma apuntándole mientras el corazón me latía con fuerza en el pecho. Sentía los nervios jugando al ping-pong en el estómago mientras sostenía el arma. Me temblaban un poco las manos, pero no lo suficiente como para que él lo notara.

—He dicho que llames al 911. ¡AHORA!

Metió la mano en el bolsillo y sacó el teléfono. Parecía que iba a cagarse en los pantalones.

—Vale... Vale... Cálmate. —Le temblaban las manos mientras marcaba el número. La operadora contestó.

—911, ¿cuál es su emergencia?

Agarré el arma con firmeza, aunque seguía nerviosa como el demonio. Grité al altavoz: —Por favor, envíen a alguien lo más rápido que puedan. Estoy reteniendo a este asqueroso a punta de pistola. Quiero que lo saquen de mi casa y quiero presentar cargos contra él por intento de agresión sexual.

La operadora me mantuvo al teléfono, tranquilizándome con su voz calmada. Controló la situación para que no perdiera los nervios y esparciera los sesos de John por todo mi suelo.

Se puso blanco como la tiza cuando se dio cuenta de lo grave que era su situación. Le temblaban las manos y no dejaba de lamerse los labios. No sentí ninguna lástima por él. No quería volver a ver a ese hombre en mi vida.

Después de darle a la operadora toda la información necesaria, se quedó al teléfono conmigo hasta que llegó la policía unos veinte minutos después. Cuanto antes lo sacaran de aquí, mejor. Me asusté a mí misma porque, si lo hubiera matado, no habría sentido ningún remordimiento.

¿Eso me convertía en una psicópata?

El pensamiento me asustó.