Obsesión desquiciada (Serie Desquiciada nº 1)
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Prólogo
Atlas
—No eres más que una puta de mierda. ¿Por qué coño no puedes hacer nada bien, zorra?
Miré a mis hermanos, Maxim y Lev, acurrucados en una esquina del salón mientras mi lunático padre humillaba e insultaba a mi madre una vez más. Acababa de bajar a la cocina, donde había oído todo el jaleo que se colaba por las paredes de mi dormitorio.
Esto no era nada nuevo en nuestra familia.
Mi padre llevaba años maltratando a mi madre.
Era conocido como el General Ivan Petrov, de la agencia de inteligencia extranjera de élite en Rusia, lo que le daba carta blanca para aterrorizar a su familia cuando le venía en gana.
Nunca rindió cuentas por nada de lo que hacía gracias a sus vínculos con la Unión Soviética.
La gente de todo el país le temía. Era famoso por someter a sus víctimas a torturas brutales, y los miembros de su familia no eran la excepción. Ella lo miró, aterrorizada.
—Por favor, Ivan, no he hecho nada malo.
Mi padre fue hacia ella con paso pesado y le cruzó la cara con su enorme mano, partiéndole el labio y echándole la cabeza hacia atrás de golpe.
Mis dos hermanos salieron corriendo a sus dormitorios en el segundo piso para esconderse de la violencia diaria que impregnaba nuestro hogar como moho tóxico.
—¡No te atrevas a faltarme al respeto! Soy el puto amo de esta casa. Si no puedes limpiar este maldito lugar como yo quiero, ¡te voy a castigar!
Mi padre se quitó el cinturón y lo dobló por la mitad. Mi madre intentó huir, pero él era demasiado rápido. Alargó el brazo, agarró un puñado de su cabello oscuro, que le llegaba a los hombros, y se lo enrolló en el puño.
Le tiró de la cabeza hacia atrás y ella gritó mientras él la obligaba a arrodillarse. Vi cómo la sangre le goteaba por la barbilla mientras mi padre seguía con su perorata.
—Como te muevas, te parto la cara con la hebilla del cinturón. ¿Lo has entendido, puta inútil?
Mi madre no tuvo más remedio que asentir mientras miraba a los ojos de su torturador, que le apretaba el pelo con más fuerza, inmovilizándola por completo. Respiré hondo y corrí hacia ellos gritando:
—¡Papá, por favor, suelta a mamá! ¡¡Le estás haciendo daño!!
Tenía diez años. Todavía era un niño flaco y larguirucho, sin un gramo de músculo en mi cuerpo prepúber.
No era rival para la fuerza de mi padre, pero me daba igual.
Llevaba pegándome con el cinturón desde que yo tenía siete años.
Apenas sentía ya la correa en el trasero porque llevaba tanto tiempo haciéndolo que me había insensibilizado a las palizas.
Me sorprende no haber acabado cubierto de cicatrices por todas las azotainas que recibí.
Me condicionó a aceptar el abuso como algo normal.
Me desconectaba mentalmente mientras me azotaba sin piedad.
Según él, tenía que endurecerme para el Servicio de Inteligencia al que estaba destinado a unirme al cumplir los dieciocho.
Necesitaba ser lo bastante fuerte para aguantar lo que me esperaba en el futuro.
Repetía esto una y otra vez mientras la gruesa correa de cuero caía sobre mi carne torturada en cada uno de sus arrebatos de furia.
Llevaba metiéndome esa mierda en la cabeza desde que yo tenía seis años.
Había aprendido a reprimir toda mi ira, a guardarla dentro y dejar que se pudriera como un cadáver en descomposición con el paso de los años.
Me enseñó a no mostrar emoción desde muy pequeño.
Si gritaba o lloraba, me pegaba más fuerte.
Con el cinturón solo me daba en el trasero, pero con los puños era otra cosa.
Me golpeaba en la cara, la cabeza, el cuello, los hombros... donde le daba la gana.
El abuso brutal que soporté me estaba convirtiendo poco a poco en un monstruo sin compasión, aunque en aquel momento no era consciente de ello. Odiaba a aquel cabrón con toda mi alma, y jamás lo perdonaría por lo que nos hizo pasar a todos.
Mi madre me miró con sus tristes ojos azules, cuyo brillo se había apagado hacía mucho.
—No, cariño, por favor, vete a tu cuarto.
Jadeaba entre sollozos; tenía la cara roja e hinchada de tanto llorar. Mi padre me miró, aún más cabreado que dos minutos antes. Sabía lo que me esperaba.
Siempre que me metía entre él y mi madre, acababa pagándolo yo.
—Ah, ¿sí, héroe? ¿Quieres que deje en paz a tu puta madre inútil? ¡Pues ocuparás su lugar!
La soltó y se abalanzó hacia mí.
—¡Corre, Dimitri, corre!
—gritó mientras luchaba por ponerse en pie.
Le sacaba como treinta centímetros, así que eché a correr todo lo rápido que pude. Por supuesto, él era mucho más fuerte y muchísimo más rápido. Me persiguió hasta el patio y me atrapó casi de inmediato.
Me levantó del suelo con un solo brazo y me llevó al granero mientras yo pataleaba y gritaba. Me tiró al suelo y se quedó de pie sobre mí, con el cinturón todavía en la mano. Tenía la cara desfigurada por una rabia ciega. Sus ojos parecían casi negros.
—¿Te crees muy listo metiéndote en mis asuntos?
Quítate la ropa y ponte de rodillas... ¡AHORA!
Si me haces esperar, te arrancaré la piel a tiras mientras te veo desangrarte, pequeño pedazo de mierda.
¿Qué es esto, la tercera paliza de la semana?
Creo que te gusta que te castiguen, así que hoy voy a cambiar las cosas un poco.
Se me revolvió el estómago y empecé a temblar, pero hice lo que me ordenó. Tragué saliva con dificultad y me arrodillé frente a él completamente desnudo, totalmente a su merced.
Temblaba de puro miedo, consciente de lo furioso que lo había puesto. Sus palabras me aterrorizaron.
«Voy a cambiar las cosas un poco hoy».
«¿Qué demonios quiere decir? ¿Va a pegarme en la cara?
». Se me revolvieron las tripas. Me preparé para los golpes, apretando las nalgas con fuerza.
Se colocó detrás de mí y esperó como un minuto antes de golpearme la espalda con tanta fuerza que me desplomé y me di de bruces contra el suelo áspero y sucio.
Aspiré bruscamente y el polvo me obstruyó la garganta.
Tosí y me atragante, tratando de expulsar la suciedad de los pulmones.
El ardor de la correa era casi insoportable, pero no grité. Cerré los ojos con fuerza, conteniendo los sollozos. Sabía que si gritaba, sería mucho peor. Me desconecté mentalmente, buscando refugio de la violenta azotaina que me abrasaba la piel.
Ese día, la correa cayó desde la parte superior de mis hombros hasta la planta de mis pies y me dejó cubierto de verdugones de la cabeza a los pies. Fue la primera vez que me golpeó todo el cuerpo con la correa. Si intentaba escabullirme, me golpeaba más fuerte, así que dejé de moverme y aguanté.
Después de lo que pareció una eternidad, por fin se detuvo. Jadeaba y estaba empapado en sudor. Todo mi cuerpo ardía. Estaba seguro de que me había hecho sangrar en algunos sitios, pero no me atreví a comprobar los daños. Temblaba tanto que me castañeaban los dientes.
Se secó la frente con el antebrazo y volvió a ponerse el cinturón. Recogió mi ropa del suelo y me la tiró a la cara.
—Ahora vístete, y la próxima vez que se te ocurra meter las narices en mis asuntos, te mando al puto hospital. ¿Entendido?
Asentí con el cuerpo temblando de miedo.
Me miró y siseó entre dientes.
—No sé por qué te metiste. No va a servir de nada. Igualmente voy a darle a tu madre una puta lección que no olvidará en su vida, y como te crees su príncipe azul, quiero que vuelvas a la casa en diez minutos para que me veas castigarla.
Se rio en mi cara, se dio la vuelta y salió del granero.
Cuando se fue, por fin me permití llorar.
Sollozé sin control hasta quedarme vacío.
Esa fue la última vez que lloré. Mi cuerpo torturado parecía sumergido en brasas ardientes.
Apenas podía moverme, pero me obligué a levantarme con las piernas temblando, aterrado de no llegar a la casa a tiempo.
No lloré por la brutal paliza que acababa de recibir ni por mi miserable vida. Lloraba de rabia porque iba a castigar a mi madre delante de mí y no podía hacer nada para impedirlo.
Atlas, 17 años
Mi padre volvió a llegar del trabajo de mal humor. Seguía maltratando a mi madre, pero no con tanta frecuencia como cuando mis hermanos y yo éramos más pequeños. Nos estábamos haciendo hombres y él ya no resultaba tan intimidante como cuando éramos niños. A medida que crecíamos, él envejecía.
Seguía siendo fuerte como un toro, pero yo también.
Llevaba años entrenando con la excusa de unirme al SVR ruso.
El gran sueño de mi padre para mí. Era lo único que oía de pequeño.
Me lo metió en la cabeza a diario. Bla, bla, bla.
Sí, ni de broma, imbécil. Eso no iba a pasar nunca.
No solo me había fortalecido físicamente, sino que también había crecido mucho.
A los diecisiete medía un metro noventa y tres.
Le sacaba más de una cabeza a mi padre y ya no le tenía miedo.
Sabía que podía partirle la cara sin despeinarse.
Después de tantos años de palizas brutales, me había vuelto frío y cruel, justo como él había planeado.
No sentía nada y no me importaba nadie salvo mis dos hermanos y mi madre.
No tenía compasión por los demás y me daba igual todo, lo que acabó afectando a mi vida personal.
Había salido con algunas chicas, pero no me interesaba tener una relación seria.
Me aterraba acabar tratándolas igual que mi viejo trataba a mi madre.
A los dieciséis conocí a una chica a la que le gustaba que la azotaran y la golpearan como preliminares.
Nunca se me había ocurrido mezclar el dolor con el sexo, pero en cuanto empecé a jugar con ella, me volví adicto.
Me encantaba todo. Los gemidos y los llantos me ponían muchísimo.
Eso solo alimentó al monstruo en que me había convertido.