Capítulo40
Laerte detuvo la furgoneta a un lado de la carretera, apartada de la explanada de entrada del taller Pitstop.
Estaba a poco menos de un kilómetro del peaje de la autopista, por una carretera bordeada de naves industriales en su mayoría anónimas y algunos comercios.
Dominando el aparcamiento del interior del taller había un coche deportivo montado sobre unos soportes que lo mantenían suspendido a unos tres metros por encima del asfalto.
—Si te lo estás pensando, el momento es ahora —dijo Bruno, rompiendo el silencio—. Aún estás a tiempo de echarte atrás.
—Estoy aquí —afirmó Laerte—. Por mí, por ti, por Arturo y por los que han tenido que sufrir la angustia de Otta y los suyos. Ahora es el momento de devolver el golpe, y una buena lección es lo que necesita.
Bruno consultó su reloj. Faltaban dos minutos para el mediodía.
—Pronto saldrá a comer. Ya sabes lo que tienes que hacer.
—Está todo despejado —confirmó Laerte.
A cada segundo que pasaba, Bruno sentía que le subía la adrenalina cada vez más. La sentía correr por sus venas como un líquido inflamable, irradiaba hasta el capilar más periférico. Encendió un cigarrillo, inhaló dos caladas seguidas y exhaló el humo como si este pudiera llevarse su inquietud.
Clavó la mirada en la puerta del taller con tal intensidad que podría haberla atravesado.
De vez en cuando se acariciaba los nudillos de las manos heridas.
La izquierda era la más maltrecha, siempre le habían dicho que su gancho de izquierda era demoledor.
La sangre se había coagulado y empezaban a formarse costras.
Laerte sacó una bolsita de pastillas azules del bolsillo de sus vaqueros.
Se colocó una en la lengua e invitó a Bruno a imitarlo.
Este dudó unos instantes, luego tomó una entre los dedos.
Su mente viajó a Elena, a su sonrisa melancólica, a la forma en que inclinaba la cabeza hacia un lado cuando lo escuchaba.
Como si no quisiera perderse ni una sola palabra de lo que él decía, como si fuera...
importante. Eso era lo que le hacía sentir: importante. Tanto como comer o respirar.
¿Qué habría pensado Elena al verlo allí, con una anfetamina en la mano y los rasgos deformados por el odio?
«Elena ya no existe. Elena está muerta. En mi lugar», pensó.
Con un rápido movimiento, Bruno se sacó una petaca de metal del bolsillo del chaleco. Se tragó la pastilla con un largo trago de whisky, y luego entregó la petaca a Laerte, que lo imitó.
El corazón le dio un vuelco cuando oyó el sonido de la campana, que anunciaba el comienzo de la pausa para comer, procedente del interior del taller.
—Llegó el momento —dijo entre dientes.
Poco después, un grupo de empleados del taller salió por la puerta principal.
Otta fue el último. Cruzó la explanada y se dirigió hacia un pequeño utilitario con algunas pegatinas promocionales en los laterales.
Era uno de los coches de cortesía del taller donde trabajaba, que utilizaba para sustituir al coche que había quedado destrozado durante la última competición.
Bruno miró a Laerte y asintió. Este se tapó la cara con el pasamontañas y dejó solo los ojos al descubierto. Como precaución extrema, Bruno había preferido que su amigo fuera irreconocible, para evitar el riesgo de represalias contra él.
El coche de Otta arrancó y Laerte empezó a seguirlo.
Condujo con mucho cuidado, manteniendo una buena distancia de seguridad.
Llegaron a un cruce, en una zona aislada.
Había un bar, en una calle lateral un poco más adelante, regentado por uno de la banda de Otta, y allí era donde se dirigía el joven.
Bruno miró a su alrededor, comprobó que no había testigos.
—¡Ahora! —dijo, y se dispuso a abrir la puerta. Laerte aceleró de repente. Chocó contra el coche de Otta a una velocidad relativamente baja, solo iban a unos treinta por hora, pero lo bastante violenta como para provocar un estruendo y lanzarlo hacia delante un par de metros.
Otta salió furioso, despotricando y gesticulando exageradamente. Bruno hizo un gesto con la cabeza a Laerte, que volvió a salir a toda velocidad, flanqueando el coche del joven skin , para clavarlo de nuevo entre chirridos de neumáticos.
Bruno saltó sobre Otta antes de que este se diera cuenta de nada. Le golpeó repetidamente en la cara y en el pecho con puños que parecían martillos.
Otta, aturdido, estaba a punto de perder el conocimiento.
Bruno lo sujetó para evitar que cayera al asfalto.
Luego abrió la puerta lateral de la furgoneta y lo introdujo a peso en el compartimento de carga.
Agarró el rollo de cinta adhesiva y lo utilizó para inmovilizarle las manos a la espalda, luego repitió la operación con los tobillos tan fuerte como pudo.
Por último, le puso una capucha negra en la cabeza.
Tardó unos instantes en realizar todas las operaciones. Lo hizo con los gestos medidos y la frialdad de un soldado.
Cuando salió de la furgoneta, cerró la puerta con un enérgico empujón y se volvió hacia Laerte.
—Nos vemos en el punto de encuentro.
El otro levantó el pulgar en señal de comprensión y pisó el acelerador.
Bruno vio cómo se alejaba. Subió al coche de Otta y arrancó a toda velocidad, dando marcha atrás.
Mientras agarraba el volante, Bruno tenía fuego en los ojos. El fuego que le había arrebatado a Elena. El fuego de la rabia que haría caer sobre su verdugo.