Observador oscuro (Aurora Scalviati 2) Capítulo38
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Capítulo38

—¡Bruno! ¿Qué demonios haces aquí? —exclamó Laerte mientras se acercaba a la puerta de entrada de la obra.

—Es una larga historia —respondió Bruno—. Pero no te preocupes, te lo contaré todo.

—Tienes mala cara. ¿Te has acostado tarde?

—En cierto modo —fue la respuesta lacónica de Bruno.

—Supongo que no has venido a admirar las obras en curso de este edificio.

—No, diría que no.

Fue en ese momento cuando Laerte se percató de la moto aparcada en la calle, con el casco sujeto al manillar.

—¿Es tuya esa Ducati? —Bruno asintió, y Laerte añadió—: No está mal. Pero ¿qué le ha pasado a tu bólido?

Bruno se volvió un momento hacia la moto y luego volvió la mirada a Laerte.

—Precisamente por eso estoy aquí. ¿Puedo robarte unos minutos?

Laerte arrugó la frente, pensativo. No tardó en darse cuenta de que no se trataba de una visita social. Miró hacia abajo y vio las heridas en el dorso de las manos de Bruno. Luego miró a su alrededor. Los otros carpinteros estaban trabajando en los pilares del edificio.

—Vale, Arturo me cubrirá. —Se quitó el casco de seguridad y caminó con Bruno hacia el aparcamiento—. ¿Te has metido en un lío?

Bruno sacó el paquete de cigarrillos, le ofreció uno y cogió otro para él.

—¿Recuerdas la rabieta de Otta la otra noche?

—¿Y quién la olvidaría? —dijo Laerte, echando una bocanada de humo—. Ese no las tiene todas consigo. Un amigo me dijo que al día siguiente lo vieron rompiendo los cristales de la tienda de un pakistaní. Supongo que era su manera de desahogarse.

—No se limitó a eso —respondió Bruno—. Anoche vino a mi casa.

—¿Qué? —soltó Laerte—. ¿Ese psicópata sabe dónde vives?

—Eso parece —observó Bruno—. La derrota no debió de sentarle muy bien. Hizo explotar mi Alfa Romeo. —Evitó especificar que Elena iba a bordo.

Laerte retrocedió un poco, como si quisiera esquivar una bala invisible.

—¿Qué quieres decir con... explotar?

—Literalmente. —Aunque sentía que la ira aumentaba en su interior, Bruno luchó por mantener la compostura—. No ha quedado nada aprovechable, ni siquiera el chasis.

Laerte se pasó una mano por la cabeza rapada, desconcertado.

—¿Quieres decir... con explosivos y todo? ¿Ha puesto una bomba, como un puto terrorista?

Bruno asintió.

—Es una locura —dijo Laerte—. ¿Estás seguro de que ha sido él?

Bruno esbozó una sonrisa torcida.

—No hace falta mucha imaginación para darse cuenta de que está enfadado conmigo. Ya lo oíste, antes de irse. Dijo que la cosa no acabaría allí...

—Los explosivos no se encuentran en los supermercados. ¿Y si el Santo está involucrado?

—Aparte de que lo único que haría falta para fabricar una bomba sucia es abono normal y corriente, sabes muy bien que Otta es quien consigue las armas para la banda del Santo, gracias a sus contactos con los supremacistas americanos.

—Bruno aplastó el cigarrillo de un pisotón—.

Me dijiste que tiene un verdadero arsenal en su casa.

Con el Santo nunca he tenido nada que ver, ni siquiera le he visto la cara.

Los únicos contactos que he tenido son con uno de sus matones, el de la chaqueta naranja, a la hora de cobrar el porcentaje de las apuestas.

—Nunca pensé que llegaría tan lejos —suspiró Laerte.

—Yo tampoco, para el caso. —Bruno le dirigió una mirada decidida—. Ahora estoy en una situación de mierda. No quiero implicarte, pero necesito un pequeño favor. ¿Todavía tienes la furgoneta de la banda?

—¿Qué vas a hacer?

—Solo quiero darle una lección. —Hizo una breve pausa, y añadió—: Una lección que no olvidará fácilmente.