KRISTEN #3
Eleanor me alcanza antes de doblar la esquina. Se detiene, me mira y su compostura se resquebraja lo justo para dejar ver algo auténtico debajo.
—Si ese comité no ve la verdad después de lo que has presentado ahí dentro, habré perdido toda la fe en esta institución.
Lo dice sin adornos. Sin suavizarlo. Solo con convicción.
—Eleanor. Gracias. Por estar ahí dentro. Por hablar en mi defensa. No sé cómo…
Levanta una mano.
—No me debes nada, Kristen. Lo único que te debes a ti misma es seguir adelante, ¿de acuerdo?
Asiento y se aleja. Firme. Serena. Eleanor Vance en estado puro.
Entonces solo quedamos Logan y yo en el pasillo.
El edificio está tranquilo a nuestro alrededor. Casi todos están haciendo la ronda o en el quirófano. El pasillo está vacío. Respiro hondo, suelto el aire y me sale entrecortado.
—¿Cómo te sientes? —pregunta él.
Levanto las manos. Me tiemblan. Se me está bajando la adrenalina y mi cuerpo empieza a asimilar lo que mi mente acaba de hacerle pasar.
Logan me mira las manos. Luego me lleva con suavidad al otro lado de la esquina, a un rincón más tranquilo junto a la escalera, lejos de cualquier puerta o ventana por donde pueda pasar alguien. Me coge las dos manos entre las suyas y traza círculos lentos con los pulgares sobre mis nudillos.
—¿Mejor? —pregunta.
Asiento.
—Lo he hecho bien, ¿verdad?
—Lo has hecho de maravilla, Kristen. —Habla en voz baja, con los ojos clavados en los míos—. Has estado absolutamente increíble ahí dentro. Creo que me he vuelto a enamorar de ti.
El corazón se me para de golpe y alzo la vista hacia él.
—¿Qué acabas de decir?
—¿Qué? ¿De verdad te sorprende tanto? —Lo dice con ligereza, pero esquiva mi mirada.
Le sigo el tono.
—¡Pues claro! Hemos discutido más veces de las que nos hemos besado.
Se le dibuja esa media sonrisa y relaja los hombros.
—Bueno, yo creo que discutir es nuestro lenguaje del amor, ¿no te parece? Y esas cifras podemos cambiarlas sin problema.
Me quedo mirándolo. Ya no me tiemblan las manos y el corazón recupera su ritmo. Me dejo llevar por el silencio que hay entre nosotros y le dedico una sonrisa.
Su sonrisa se suaviza.
—Mira, dije que esperaría a después de la vista para decírtelo.
Pero te conozco. Vas a pasarte las próximas veinticuatro horas dándole vueltas al resultado, así que tendría que esperar todavía más.
No tengo prisa, pero quería que supieras lo que siento.
—Hace una pausa—. Lo que he sentido siempre.
Desde hace mucho tiempo. Desde los tiempos de la facultad.
Cualquier rastro de frialdad que quedara de antes se disuelve y se me calienta todo el cuerpo, empezando por el corazón.
—Yo siento lo mismo, Logan. —Lo miro—. Yo también te quiero.
Decirlo resulta más fácil de lo que pensaba. Mi corazón lo sabía antes de que mi boca formara las palabras.
Abre mucho los ojos.
—¿De verdad?
—¿Qué pasa? ¿El espray de pimienta no fue prueba suficiente?
—Ah, fue más que suficiente. Creo que hasta me empeoró la vista.
Se me borra la sonrisa.
—Espera, ¿lo dices en serio? Dios mío, lo siento muchísimo. Yo…
—Es broma. —La sonrisa le vuelve a la cara—. Pero ahora tendrás que compensármelo. Todos los días. —Se inclina hacia mí—. Todas las noches.
Me río. Tan fuerte que el eco rebota en la escalera. Me tapo la boca con la mano, él me sonríe y todo esto me parece ridículo. Acabamos de salir de una vista que podía acabar con nuestras dos carreras y aquí estamos, coqueteando en un rincón como dos internos.
—Quiero besarte —dice—. Pero acabo de decirle a la junta que no tenemos ninguna relación, y besarte ahora mismo en este hospital podría echar a perder todo lo que hemos logrado ahí dentro.
—Bueno, técnicamente no has mentido. Antes no teníamos ninguna relación.
Niega con la cabeza.
—Creo que deberíamos haber sido abogados en vez de médicos.
—Bueno, ya veremos lo que decide la junta. Si me expulsan, puede que pruebe con Derecho en mi siguiente etapa.
—No te van a expulsar.
—Eso no lo sabes.
—Sí que lo sé. Les he visto la cara mientras hablabas. Te creyeron. —Me aprieta las manos—. Tendrían que ser idiotas para no hacerlo.
Miro nuestras manos, sus pulgares, que siguen trazando círculos sobre mis nudillos. Pienso en lo lejos que hemos llegado desde aquel momento hasta este.
—Gracias —digo—. Otra vez. Sé que ya te lo he dicho cien veces, pero aun así. Gracias por todo.
Me levanta una mano y posa los labios en mis nudillos. Un roce breve. Cálido.
—Siempre estaré aquí para ti —dice—. Pase lo que pase.
Le creo. Eso es lo que todavía me sorprende. Después de todo lo que he pasado, después de tres años aprendiendo que las promesas no son más que otra forma de control, le creo. Porque Logan Maxwell no dice cosas que no siente. Nunca lo ha hecho.
Nos quedamos ahí un minuto más, con mis manos entre las suyas y la escalera en silencio. En alguna sala de reuniones, ocho personas están decidiendo nuestro futuro.
Pero ahora mismo, en este rincón, con sus manos sosteniendo las mías, el veredicto no me preocupa.
Solo me alegro de no tener que esperarlo sola.