Obedeciendo KRISTEN
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KRISTEN

Anoche volví a dormir en paz, la tercera noche de esta semana, y empiezo a pensar que quizá mi cuerpo por fin está aprendiendo que dormir no tiene por qué ser un campo de batalla.

Hoy libro, así que me levanto a las siete y preparo el desayuno.

Un desayuno de verdad. Huevos, tostadas y café en la mesa, en lugar de comerme una barrita de muesli de pie junto a la encimera.

La casa está en silencio, en el buen sentido.

La luz del sol se cuela por la ventana de la cocina y el canto de los pájaros, fuera, me reconforta.

Miro el móvil y veo un mensaje de Priya.

Priya

Te estaba buscando esta mañana y se me había olvidado que hoy libras.

Sonrío.

Kristen

¿Ya me echas de menos?

Priya

¡Pues claro! Pero, en fin, no volveré a molestarte en tu día libre. Me guardaré todos los cotilleos hasta que vuelvas.

Kristen

Más te vale. Quiero todos los detalles.

Priya

Obviamente. Ahora ve a disfrutar de tu libertad. Al menos una de las dos debería.

La sonrisa no se me borra mientras dejo el móvil en la mesa.

Vuelve a vibrar.

Esta vez sí se me borra la sonrisa. Es un correo electrónico del hospital.

RE: Revisión formal — Dra. Kristen Portland

Lo abro.

Estimada Dra. Portland:

Gracias por su paciencia durante el proceso de programación.

En función de la disponibilidad de todos los miembros del comité de revisión y de los representantes de la junta, la audiencia formal relativa a la denuncia presentada contra usted queda fijada para este viernes a las 10:00 en la Sala de Juntas B.

Estarán presentes todos los miembros de la junta.

Le rogamos que aporte toda la documentación justificativa que desee presentar para su revisión.

También puede acudir acompañada de un representante o de un colega que hable en su nombre.

Si tiene alguna pregunta sobre el proceso, no dude en ponerse en contacto con nosotros.

Atentamente,

Sandra Molina

Coordinadora administrativa, Administración del Hospital

Centro Médico Westlake

Llamo a Logan. Contesta al primer tono.

—Ya tengo la fecha —digo.

—¿Cuándo?

—Este viernes.

Guarda silencio un instante. Luego dice:

—Es hora de dejarlo todo listo. ¿Puedes venir esta noche?

—Allí estaré.

Aparto la mirada de la oscuridad cada vez más densa al otro lado de su ventana y la fijo en los documentos del caso, extendidos sobre la mesa del comedor.

La pizarra ha vuelto, apoyada contra la pared, cubierta con su letra.

Mi bloc de notas está lleno de apuntes. Los extractos bancarios están marcados con pestañas.

La declaración escrita de Carmen está en una carpeta, con su firma en la última página.

Esta noche no construimos: pulimos.

Afinamos cada argumento. Reorganizamos todas las pruebas en el orden en que las presentaremos. Anticipamos cada pregunta que pueda hacer la junta y preparamos las respuestas. Lo revisamos todo de nuevo como si fuera un plan quirúrgico: paso a paso, sin dejar nada al azar.

Detecto un punto débil en la forma en que hemos planteado la dependencia económica: el lenguaje es demasiado pasivo y hace que parezca que la acepté de buen grado. Él lo reformula.

—Si hay una pregunta que estoy seguro de que la junta va a hacer, es la de la plaza de residencia —dice—. Cómo la conseguiste. Si estabas cualificada o si todo se debió exclusivamente a la influencia de Miguel. Sé que ya lo hemos repasado, pero tiene que quedar blindado.

—Estaba cualificada. Mis notas en los exámenes de acreditación estaban en el percentil más alto, incluso después de la pausa. La pausa era el único problema.

—Entonces empieza por ahí. Primero las notas. Luego la pausa. Y después la intervención de Miguel. No dejes que lo planteen como si él te hubiera dado algo que no merecías. Te ganaste la plaza. Él abrió una puerta.

—Y después usó la puerta como una correa.

Me mira.

—Esa es la frase. Úsala en la audiencia.

Repasamos el asunto de Carmen. Cómo introducir su testimonio sin que parezca un ataque personal a la reputación de Miguel.

—La junta querrá centrarse en tu situación —dice Logan—. En tu denuncia, en tus pruebas. Si empezamos por Carmen, parecerá que queremos destruir su reputación en vez de defender la tuya.

—Pero el patrón es la denuncia. Una mujer que acusa a un director ejecutivo poderoso es una historia. Dos mujeres que describen exactamente el mismo sistema de control son una prueba.

—Estoy de acuerdo. Pero el orden importa. Empieza por tu cronología. Tus fechas, tus documentos, tus mensajes. Deja que vean primero tu verdad. Después incorpora a Carmen como corroboración.

—Así que ella confirma el patrón después de que yo lo haya establecido.

—Exacto. Tu historia es la base. Carmen es la prueba de que no es un incidente aislado.

—¿Y el incidente de la planta?

—Las imágenes de seguridad hablan por sí solas.

Un hombre entró en una planta del hospital, agarró físicamente a una residente delante de los pacientes y puso en peligro a un paciente anciano recién operado.

En las imágenes se ve cómo te agarra. Se ve a Walter caer.

Se me ve intervenir. —Se ajusta las gafas—.

No amenacé a nadie. Le dije a un hombre que estaba agrediendo a mi residente que la soltara. Las imágenes lo confirmarán.

—Has dicho que le romperías la mano.

—He dicho que lo haría si no la soltaba. Hay una diferencia entre una afirmación condicional y una amenaza.

—Qué respuesta tan de abogado.

—He pasado demasiado tiempo con los expedientes. Se me ha pegado.

Trabajamos otra hora más. Cuando el caso está tan atado como puede estarlo, me pongo de pie, me estiro y miro la mesa.

La pizarra con la cronología, las carpetas codificadas por colores, los documentos con separadores, los testimonios cotejados, la declaración de Carmen junto a la solicitud de las grabaciones de seguridad, junto a los registros financieros, junto a las notas comentadas de Logan, con su letra cuidada.

Empiezo a reírme.

Logan levanta la vista desde su silla.

—Oh, no. No te vuelvas loca ahora, Portland. No cuando tenemos una audiencia dentro de tres días.

—No me estoy volviendo loca.

Señalo la mesa con la mano.

—O quizá sí. Pero mira esto. Mira lo que hemos hecho.

Mira la mesa. Después vuelve a mirarme.

—¿Qué pasa con ella?

—Si no fuéramos médicos, de verdad podríamos ser abogados. Mira este caso. Cada detalle contemplado, cada argumento trazado, cada laguna cubierta. Hasta hemos encontrado a una testigo que lo corrobora. Hemos levantado una cronología con documentación financiera. Tenemos testimonios cotejados.

Niego con la cabeza.

—Hemos pasado años compitiendo el uno contra el otro y ahora, la primera vez que ponemos los dos cerebros del mismo lado...

Vuelvo a señalar la mesa con un gesto.

—Esto. Esto es lo que ocurre.

Se echa hacia atrás y se ajusta las gafas.

—Juntos somos irritantemente buenos.

—Juntos damos miedo. Miguel no tiene ni idea de lo que se le viene encima.

—Pareces emocionada.

—Lo estoy —digo, y me doy cuenta de que lo digo en serio—. Llevo semanas asustada por esta audiencia. La he temido, he perdido horas de sueño por su culpa, pero ahora mismo, al mirar esta mesa, ya no tengo miedo. De hecho, estoy deseando que llegue.

Hago una pausa.

—Así que sí, quizá me esté volviendo un poco loca.

—Yo diría que siempre has estado un poco loca.

—Y yo diría que eso te gustaba de mí.

No lo niega. Se limita a mirarme con esa expresión serena, y sus ojos lo dicen todo. Le sostengo la mirada y pienso: «lo hemos hecho nosotros». Juntos. Y el viernes vamos a terminarlo.

—Gracias —digo—. Por todo.

Y «todo» significa mucho. Por ayudarme a construir este caso. Por encontrar a Carmen. Por aguantar cuatro horas mientras repasaba los peores años de mi vida sin mirarme ni una sola vez como si fuera una víctima.

—No tenías por qué hacer nada de esto.

—No tienes que darme las gracias.

—Quiero dártelas. Déjame.

Se pone de pie y rodea la mesa hasta que quedamos a unos pasos de distancia, en su tranquilo apartamento, con los expedientes cerrados y el trabajo terminado. Ya no queda nada que preparar. Nada que demostrar. Esta noche, no.

—Vas a estar increíble ahí dentro —dice.

—Solo lo dices porque te rocié con espray de pimienta y ahora me tienes miedo.

Da un paso hacia mí. Yo doy otro hacia él. Todo mi cuerpo vibra.

Me está mirando. Se ha quitado las gafas, las ha dejado en algún sitio de la mesa, y sin ellas su mirada es directa, concentrada y tan cálida que la siento sobre la piel.

—Kristen, yo...

Lo atraigo hacia mí y lo beso. Porque, fuera lo que fuese a decir, ya lo sé. Y prefiero demostrárselo a dejar que termine la frase.

Esta vez es distinto de la cabaña. La cabaña fue pura prisa. Esto lo quiero despacio.

Sus manos se deslizan por mis costados y siento el calor de sus palmas a través de la camisa.

Tiro del cuello de su camisa y él me deja desabrochársela, botón a botón, mientras su boca recorre mi mandíbula.

Sus labios saben a café y a algo más dulce, y cuando le bajo la camisa por los hombros, aprieto la boca contra su cuello y se le corta la respiración.

Me levanta y le rodeo la cintura con las piernas. Me lleva por el pasillo sin dejar de besarme, y mi espalda choca contra el marco de la puerta al entrar.

—Ay.

Se aparta.

—Perdona. ¿Estás bien?

—Estoy bien. Sigue.

Se ríe, bajo, contra mi boca.

—Sí, señora.

Entonces entramos en su habitación y me sienta en el borde de la cama.

Se arrodilla, alza la vista hacia mí, con las manos en mis rodillas.

Esta imagen. Logan Maxwell de rodillas, mirándome con esos ojos. No creo que llegue a recuperarme nunca.

—¿Qué estás haciendo? —susurro; las palabras apenas logran pasar el nudo que tengo en la garganta.

—Tomándome mi tiempo —responde con voz grave y áspera, un ancla en el silencio de la habitación.

No aparta la mirada; sus ojos sostienen los míos.

Es lo que quiero —despacio—, pero me oigo decir:

—No te tomes demasiado.

Me tiemblan los dedos, aferrados a la tela de la colcha.

Una sonrisa lenta le tira de la comisura de los labios.

—¿Impaciente, eh?