Capitulo94
Mientras Victoria se aferraba al hombre como una niña, él sonreía y le acariciaba la cabeza con infinita ternura.
—Ya estoy aquí. Veo que me extrañaste —le dijo con voz suave.
—Así es —respondió ella, sin ocultar su alegría.
—Entonces, ¿eso significa que me invitarás a la cascada mañana? —preguntó él con una sonrisa traviesa.
—Por supuesto —aceptó ella al instante, tomándolo rápidamente de la mano para guiarlo hacia el interior de la finca.
El hombre no podía evitar sonreír ante ese comportamiento tan espontáneo, casi infantil, que solo mostraba cuando estaba a su lado.
—¿Y los niños? —preguntó de repente, al notar el silencio en la casa.
—Están arriba durmiendo —respondió ella con suavidad.
Al entrar en la recámara, él comenzó a desvestirse, mientras ella lo observaba sin disimulo, con una sonrisa cargada de coquetería y deseo. Él le levantó el rostro con suavidad y la miró a los ojos:
—Veo que estás muy a gusto contemplando este monumento… que es enteramente tuyo.
Ella desvió la mirada de inmediato y cambió de tema con rapidez, intentando calmar la emoción que comenzaba a desbordarla.
—Estuve pensando —dijo con voz serena— en irme unos días a mi antigua finca.
El semblante de él se tornó serio al instante:
—¿Por qué? ¿Acaso no te gusta este lugar? Creí que te sentías bien aquí.
—Sí, me gusta —se apresuró a aclarar ella—, pero de vez en cuando extraño mi hogar de siempre.
Él se sentó a su lado, desnudo, y le habló con una firmeza que no admitía dudas, pero llena de cariño:
—Victoria, escúchame bien: este ya es tu hogar. ¿Lo entiendes perfectamente? Puedes ir a visitar esa finca cuando quieras, pero ya no estás sola; ahora me tienes a mí.
Victoria comprendió entonces que sus palabras eran ciertas. Durante mucho tiempo había creído que aquel otro lugar era su refugio, su única pertenencia, pero tal como él acababa de decirle, su verdadero hogar ya no tenía dirección ni muros: su hogar era la finca El Paraíso, y sobre todo, era donde estuviera él.
Él la tomó entre sus brazos con fuerza y la llevó hasta la cama. Allí, ella se aferró a su cuerpo, dejándose llevar por la pasión que él había contenido durante toda una semana de ausencia. Esa noche, él le hizo el amor con la misma compasión y devoción de siempre, como si cada caricia fuera una promesa de eternidad.
El tiempo fue transcurriendo entre paseos por la finca El Paraíso, visitas a la finca Gotas de Amor y momentos compartidos junto a la cascada. Día tras día, las risas, las caricias y un amor inmenso crecían más fuerte entre Victoria y Enrique. Había pasado exactamente un año, y ahora ella contemplaba con una sonrisa inmensa el gran árbol de Navidad, rodeado de regalos: sus hermanos y toda la familia de Enrique llegarían en cualquier momento para celebrar las fiestas juntos.
Mientras se asomaba al amplio balcón, vio a Enrique montado en uno de sus caballos favoritos. Bajó corriendo las escaleras para salir a su encuentro:
—Mi hermano acaba de avisar que ya aterrizaron; llegarán en poco tiempo. Ve a bañarte, que no tardarán en aparecer —le dijo con tono juguetón pero decidido.
Él la atrajo hacia sí y la besó con dulzura, mirándola a los ojos:
—¿Sabes que te has vuelto muy mandona, verdad?
—Así es —respondió ella con una sonrisa brillante, sin intención de cambiar.
Poco después, todos llegaron. La finca se llenó de voces, risas y calor humano. Allí estaba Vivian, a quien Victoria seguía llamando con cariño “mi pequeña”, junto a Andrés y su hija, a la que habían bautizado con el nombre de Victoria, en homenaje a la mujer que tanto había hecho por ellos. También estaban Fernanda, acompañada de Gustavo y su hijo Misael; el señor Antonio y la señora Raquel, que no dejaban de consentir al pequeño; la señora Marta, que por fin había logrado establecer una relación afectuosa con su nieto; y el padre de Enrique, que ahora viajaba constantemente, pues su corazón había vuelto a latir con fuerza por Isabella, una mujer amable y trabajadora que conocía en la finca de su hijo.
Fuera de ese círculo de paz, la vida seguía su curso con otros destinos: Diana se encontraba en tratamiento de rehabilitación; sus padres habían logrado hacerle ver que la obsesión que sentía por su primo no era sana ni le traería nada bueno. Melissa había muerto seis meses atrás en la cárcel, víctima de una agresión. Franco, por su parte, sentía crecer cada día más un rencor ciego hacia su propia familia, incluso hacia su esposa e hijo, que lo visitaban sin falta. José y Mauricio caminaban siempre tomados de la mano, sin importarles las miradas o comentarios ajenos: vivían su amor con libertad. Arturo había vuelto a confiar en el amor y había encontrado la felicidad junto a Dayana. Fernando, por su parte, seguía construyendo su futuro: junto a su hermano José, se había convertido en un modelo reconocido y exitoso.
Victoria observaba a todos reunidos y le costaba creer que aquello fuera real. Mientras repartía regalos y abrazos, sentía una felicidad inmensa en el pecho: durante años había imaginado que su destino sería la soledad, y de repente todo había cambiado para siempre.
De pronto, el bullicio se apagó poco a poco y una melodía suave y romántica comenzó a sonar. Al levantar la vista, se encontró con Enrique, que estaba de rodillas frente a ella sosteniendo un anillo de hermoso diseño. Todos guardaron silencio, esperando sus palabras.
—Sé que en su momento me dijiste que no querías casarte, que bastaba con un anillo como señal de nuestro compromiso, hecho a nuestra manera —empezó a decir él con voz cargada de emoción—. Pero hoy quiero hacerlo delante de todos los que amamos, para demostrarte que nunca es tarde para amar, nunca es tarde para sanar el pasado y nunca es tarde para empezar de nuevo con el corazón lleno de esperanza.
Fin