Capitulo2
Enrique se levantó y recorrió la finca de punta a punta, abriendo cada puerta y explorando cada rincón. El primer piso contaba con ocho habitaciones, el segundo con cinco y el último solo tres; además, una piscina gigantesca y balcones de dimensiones inmensas dominaban el terreno. Sentía que había hecho una excelente inversión — aún sin conocerla del todo, la propiedad irradiaba belleza.
Al ingresar a la habitación más grande, su primera reacción fue cambiar algunos detalles: el color gris no le convencía, pensó en pintarlo de negro. Pero entonces recordó a su padre, a quien nunca le gustó ese tono oscuro; de hecho, había pintado su propia oficina de blanco en señal de respeto. Con ese recuerdo en mente, decidió que la habitación también sería blanca — su padre era lo más importante en su vida.
De repente, el teléfono vibró en su bolsillo: en la pantalla aparecía “Enrique 1”, su padre.
—Espero que hayas llegado bien —sonó la voz amorosa del hombre al otro lado—. Quisiera que olvidaras el pasado.
—Ya lo olvidé —respondió Enrique.
—Si lo hubieras hecho, no estarías comprando todo lo que vende mi familia.
—Pero también los he ayudado, padre. ¿Acaso olvidas cuando Gustavo tuvo que rescatar la empresa que tu hermano Franco iba a hundir? Fui yo quien invirtió.
—Tienes razón —aceptó el padre—. Sé que también lo hiciste por él; lo quieres como a un hermano.
Después de despedirse, Enrique salió al balcón. La noche era tranquila, y al fondo se divisaban pequeñas casas. Su mente voló hacia la mujer que había visto horas antes: había ido con la intención de conquistarla, pero ahora decía que no era de su gusto. “Tiene 36 años —pensó—, no me gustan las mujeres viejas. Ni siquiera es sexy; de ser así, la edad no me importaría”. Decidió que ella no había despertado nada en él.
Enrique regresó a la habitación y se dirigió a la ducha; necesitaba relajarse. Justo entonces, Andrés entró con sus maletas.
—Señor, traje sus pertenencias —anunció.
Enrique se asomó desde la mampara.
—No me llames señor, solo Enrique. Eres como un segundo padre para mí.
Andrés sonrió.
—Mañana quiero que pintes esta habitación de blanco y cambies la cama. También voy a cambiarle el nombre a la finca. “La Finca El Paraíso” suena bien, pero ahora pertenece a Enrique Quintero…
—O a Enrique de la Torre, ¿no? —interrumpió Andrés.
—Así es —confirmó Enrique.
—La mujer que abandonó tu tío Franco es muy amable… y muy hermosa, por cierto.
—¿En serio? Tienes gustos pésimos, Andrés —rió Enrique—. No entiendo por qué no te casas si te fijaste en cualquier fea que se cruce en tu camino. Esa mujer no me provocó nada.
—¿En serio? ¿La miraste bien?
—Claro que sí.
—Pues yo creo que no. Tiene el pelo rojo como el fuego, ojos azules, labios rosados hermosos y la piel estaba erizada —explicó Andrés—. No sé si era por el frío, pero lucía perfecta.
—Quizás sea porque no me gustan las mujeres viejas —repitió Enrique.
Andrés no insistió más: sabía que para Enrique, sus criterios eran inquebrantables. Desde que lo conocía, sus novias habían sido siempre esbeltas y perfectas, como muñecas de cuento. Aunque para él Victoria era una mujer hermosa, entendía que para su jefe no lo era.
Al día siguiente, Victoria dormía plácidamente. El clima invitaba a quedarse en cama, y la brisa que se colaba por la ventana acariciaba su piel, haciéndola erizar. Abrió los ojos lentamente, luego los cerró de nuevo y se acurrucó en su cobija de lana.
Vivian entró en la habitación.
—¿No piensas levantarte nunca?
Victoria levantó la cabeza y sonrió.
—Lárgate de aquí. Ya no tengo hijos pequeños que cuidar; los dos se fueron lejos. Déjame relajarme y ser feliz.
—En serio, Vicky, son las 9 de la mañana —insistió Vivian—. Levántate, que vamos a visitar al nuevo vecino.
—Déjame en paz, no iré. Ese hombre me provocó algo… miedo, por si quieres pensar lo peor.
Pero Vivian insistió tanto que finalmente Victoria se levantó y se dio una ducha fría. Al salir, su amiga le ofreció una taza de té mientras ella tomaba café caliente.
—¿Qué quieres desayunar? —gritó Vivian desde la cocina—. ¿Tostadas con huevos o huevos con pan?
—Tostadas con huevo, ya sabes que es mi favorito.
Mientras Vivian le servía, Victoria preguntó:
—¿Y tú no desayunas?
—Hace rato que lo hice.
Victoria no lo podía creer: siempre había sido ella quien la despertaba. Se dio cuenta de que Vivian realmente quería conocer al nuevo dueño de la finca.
Se vistió con un hermoso vestido rosado estampado de flores, un suéter encima y botas cómodas. Mientras caminaban, saludaban a cada vecino — todos eran muy amables. Al llegar, los empleados las recibieron con amabilidad; ya la conocían a ella. En la entrada estaba la señora Mariana, con una sonrisa dulce.
—¿Dónde está el nuevo dueño? —preguntó Vivian con impaciencia.
—Salió temprano a recorrer la propiedad. Es un joven muy agradable y respetuoso —contestó Mariana.
Victoria giró rápidamente hacia ella.
—¿En serio? A mí no me pareció respetuoso en absoluto.
—Como acabamos de conocerlo, no podemos sacar conclusiones precipitadas —advirtió Mariana.
Mientras conversaban, Victoria ayudó a preparar el desayuno, mientras Vivian no dejaba de mirar hacia la entrada; su curiosidad era enorme. Probablemente, al conocerlo, terminaría gustándole: era una joven hermosa de 24 años que no se había casado porque ninguno de los hombres del pueblo le convencía.
Vivian vivía con ella desde los 16, cuando la rescató del marido abusivo de su madre. Desde entonces, la joven decía que Victoria no era solo su amiga, sino su madre, y que nunca la dejaría sola. “El día que te cases, yo también me casaré —le había dicho una vez—; mientras tanto, seguiremos juntas”.
El desayuno estaba listo: jugo de naranja, tostadas, huevos y mermelada recién hecha por Victoria. Al rato, regresó Enrique: no lucía tan elegante como la vez anterior, sino con jeans, camisa de manga larga y botas. Vivian lo miró de arriba abajo, luego se acercó a Victoria y le susurró:
—Es más perfecto de lo que imaginé. Este será tu futuro esposo. ¿Y el del lado? ¿Crees que podría ser bueno para mí?
La señora Mariana solo se limitó a reírse.
—Cállate —le dijo Victoria en voz baja.
Enrique entró directamente a la cocina y se sentó en la mesa. Miró a Victoria de arriba abajo, haciendo que ella se sintiera incómoda. Su mirada fija la puso completamente roja.
—Buenos días, señor Hernández —saludó Andrés, rompiendo el tensión.
—¿Cómo amaneció?
—Muy bien. Espero que ustedes hayan descansado bien.
Enrique permaneció en silencio, serio. Cuando Victoria puso su plato frente a él, él habló por fin:
—Gracias —dijo con una voz profunda que hizo que la piel de ella se erizara y su corazón se acelerara.
Ella no respondió. Luego, tomó su mano con fuerza y preguntó:
—¿Tú trabajas aquí?
Aunque sabía que no era así, quería encontrar una forma de iniciar la conversación.
—No, señor Quintero, solo vine a ayudar a la señora Mariana.
—Pues a partir de hoy tendrás un sueldo.
—No se preocupe, vengo cuando puedo —explicó Victoria sonriendo—. En mi pequeña finca —que luego le puedo mostrar, si quiere— cuido de diez vacas, gallinas, patos… también tengo tres cerdos, y muy pronto tendré más animales.
Mientras la miraba —con su sonrisa tímida y sus pecas en las mejillas—, Enrique recordó una conversación con su primo Gustavo: Franco, a pesar de estar casado y tener un hijo, nunca había podido olvidar a Victoria. Varias veces lo habían visto borracho mencionando su nombre. Enrique no entendía por qué la había abandonado… aunque en realidad sí lo entendía: su tío era extremadamente vanidoso y vivía obsesionado con las apariencias.