Capítulo cincuenta y cinco — Lo que no se entrega #2
—Algunas cartas prácticas de Rafael. Algunas fotografías familiares. No los dibujos de ustedes. No todavía. Tampoco ciertas cartas del hospital.
—Bien.
—Quiero que haya registro de que Lucía vivió. No solo de que murió. Y de que tú viviste con ella. No después de ella únicamente.
Nicolás no pudo responder enseguida.
Amalia continuó:
—También quiero conservar cosas privadas sin sentir que estoy robando historia. Estoy aprendiendo que no todo lo que guardo es secuestro.
La frase era tan exacta que la anoté mentalmente.
—Eso es importante —dije.
—Puede usarlo, si cambia todo lo suficiente.
—Gracias.
—No me deje sabia.
—No.
—Ni monstruosa.
—Tampoco.
—Déjeme tarde.
Esa petición me atravesó.
Déjeme tarde.
—Sí —dije—. Eso sí.
Cuando Amalia se fue, Nicolás quedó largo rato en silencio.
—Mi madre acaba de pedirme una representación justa —dijo.
—Sí.
—Me da rabia que la merezca.
—La justicia no siempre llega cuando una está lista para concederla.
—No.
—Tampoco exige absolución.
—Eso intento recordar.
Subí a la mesa y escribí:
Hay personas que no deben ser redimidas por aprender tarde. Pero tampoco deben quedar congeladas en el peor año de su daño. Dejar a alguien tarde es distinto de dejarla limpia. Tarde conserva la herida y el movimiento.
Esa página entró al manuscrito.
El viaje a Madrid llegó con una maleta más pequeña que otras veces.
Dejé en Asheville la mayor parte de mis libros, la pluma de Bruno, la silla fea, la mesa, varias páginas impresas.
Llevé solo una carpeta, ropa, el borrador de propuesta para Serena, y la certeza extraña de que por primera vez no necesitaba trasladar todos mis signos para seguir siendo la misma.
Nicolás me llevó al aeropuerto.
—Avisa cuando llegues —dijo.
—Avisaré.
—No reportarás.
—Exacto.
—Toca tu propia puerta si hace falta.
Sonreí.
—Lo haré.
—¿La carta de Tomás sigue en Madrid?
—Sí.
—¿Vas a leerla?
—No sé.
—Bien.
—No digas bien a todo.
—Estoy nervioso.
—Lo sé.
—Te amo.
—Te amo.
Madrid me recibió con otoño. Hojas en las aceras, luz más baja, aire fresco, gente caminando con chaquetas ligeras, la ciudad volviendo a una versión de sí misma que yo no había conocido del todo. Una de las camisetas de Nicolás seguía en el cajón; nada parecía haber sufrido por mi ausencia.
—Estoy aquí —dije otra vez.
Esta vez sonó menos como comprobación y más como saludo.
La primera noche no llamé a Nicolás de inmediato. Le mandé un mensaje: “Llegué. Todo bien. La ciudad sigue sin pedir permiso.” Respondió: “Bienvenida a tu otra mesa, aunque no haya mesa.” Sonreí.
Saqué la carta de Tomás.
No la abrí.
La puse sobre la mesa junto al manuscrito. No como reliquia, sino como una de las tantas cosas que habían hecho posible este libro y que no tenían derecho a gobernarlo. Luego la guardé otra vez.
Al día siguiente vi a Inés. Me abrazó, revisó mi cara como si pudiera leer si había descansado, decidió probablemente que no lo suficiente, y me llevó a una sala donde había tres cajas nuevas esperándome.
—No te asustes —dijo—. No son tuyas.
—Eso ya ayuda.
—Casos difíciles. Para revisar el protocolo.
Nos sentamos; marta entró con café malo; sami con una carpeta; laura con fotografías. La institución seguía siendo institución: defectuosa, viva, llena de polvo y de gente intentando no abrir mal.
—¿Y el libro? —preguntó Inés.
—Existe.
—Eso me dijeron.
—¿Quién?
—Elaine. Bruno. Mara. Nicolás. Todos informan demasiado.
—Es una enfermedad comunitaria.
—¿Puedo leer algo?
La pregunta no me sorprendió. Aun así, sentí el cierre antiguo del cuerpo.
—Sí. Pero no todo.
—Naturalmente.
—Páginas de método.
—¿No de vida?
Pensé.
—El método ya tiene vida.
Inés sonrió.
—Bien aprendido.
Le di veinte páginas. Las tomó sin abrirlas.
—Las leeré después. No delante de ti.
—Gracias.
Paula llegó esa tarde. Traía nuevas postales de Elena y un corte de pelo más corto.
—Tiene cara de mujer que escribió demasiado —dijo.
—Y usted de mujer que encontró algo incómodo.
—Siempre.
Nos sentamos en una cafetería cercana. Me mostró una postal donde Elena escribía a Ruth: “Me irritan las personas que quieren contar la verdad como si la verdad fuera una casa sin baño.” Reímos tanto que el camarero nos miró.
—Esa sí va al archivo —dije.
—No lo sé.
—Debería.
—Quizá.
Luego Paula se puso seria.
—¿El libro incluye a Elena?
—Sí. No demasiado.
—¿Puedo leer esas páginas algún día?
—Sí. Cuando estén menos blandas.
—No quiero protegerla de usted.
—Gracias.
—Pero sí quiero saber si la está usando para protegerse de usted misma.
La miré.
—Esa fue buena.
—Aprendí de ustedes, lamentablemente.
—La tendré en cuenta.
—No la vuelva santa.
—No.
—Ni solo frase brillante.
—No.
—Ni me vuelva a mí sobrina insoportable que aprende.
—Pero usted es un poco eso.
—Lo sé. Déjeme un poco eso.
—Trato.
Esa noche, en el apartamento, escribí sobre Paula. Como alguien que me obligó a distinguir cuidado de comodidad cuando era más fácil decir límite y sentirse correcta. Paula había hecho eso. Elena también, desde sus papeles.
Cuando Nicolás llegó a Madrid la segunda semana, abrió con su llave de invitado. Yo estaba en el apartamento. Lo escuché en la cerradura, luego su voz desde la entrada:
—Estoy aquí.
No me levanté de inmediato; dejé que entrara la frase antes que su cuerpo.
—Estoy en la sala —respondí.
Entró con pan, como era debido, y un libro bajo el brazo.
—¿Qué traes?
—No es regalo simbólico.
—Mala señal.
—Es un libro sobre mesas de escritoras.
—Nicolás.
—No lo compré por la mesa. Bueno, sí. Pero de manera moderada.
Lo tomé; era hermoso; demasiado, quizá.
—Gracias.
—Puedes dejarlo aquí. O llevarlo. O no leerlo.
—Estás aprendiendo todas las fórmulas correctas.
—Me estoy volviendo insoportable.
—Bienvenido.
Esa noche caminamos por Madrid sin mapa.
Le conté de Inés, de Paula, de las postales.
Él me contó que Amalia había hablado con la archivista local, que la casa se sentía rara sin mí y que había dejado la puerta de mi cuarto cerrada, no porque fuera museo, sino porque la habitación estaba descansando.
—¿La habitación descansa?
—Sí.
—Qué dramático.
—Aprendí de la mejor.
Caminamos hasta una plaza; nos sentamos en una banca; Madrid alrededor, viva, indiferente.
—¿Leíste la carta? —preguntó.
—No.
—¿Quieres?
—No ahora.
—¿Por qué la pusiste sobre la mesa?
Me sorprendió que supiera. Luego recordé que se lo había escrito a medias o que quizá ya me conocía.
—Para ver si todavía pedía centro.
—¿Pidió?
—No.
—Bien.
—Sí.
—¿Y el libro?
—Tiene editora posible.
—Sí.
—Tiene título posible.
—Lo que no se entrega.
—Sí.
—Me gusta.
—Me asusta.
—Por eso.
—No todo miedo…
—Lo sé.
Nos quedamos mirando la plaza.
—¿Qué no se entrega? —preguntó Nicolás.
No hablaba como lector, sino como un hombre que me amaba.
Pensé en las puertas, las cajas, los cuerpos, las cartas, los muertos, el manuscrito, el futuro.
—La totalidad —dije.
—¿Y qué sí?
—Lo suficiente para amar. Para pensar. Para ser leída sin ser saqueada. Para volver.
Nicolás asintió.
—Lo suficiente para volver —repitió.
—Sí.
—Ese también podría ser título.
—No empieces.
Pero lo anoté después.
La estancia en Madrid fue breve y luminosa.
Nicolás se sintió fuera de lugar un día en la institución y se puso silencioso.
Yo me molesté porque interpreté su silencio como juicio.
Él dijo que no juzgaba, que a veces le daba tristeza verme pertenecer a lugares donde él solo podía ser visitante.
Yo le dije que eso no era una tragedia; comimos tortilla; la vida no se detuvo.
La última noche, dejé una copia de mi propuesta para Serena en la mesa de Madrid. No para olvidarla, sino para que la ciudad tuviera una versión. Encima puse la postal de Elena.
Debajo escribí:
Y si no cabe, no siempre hay que romper la puerta. A veces hay que entrar menos cargada.
Al día siguiente, antes de salir al aeropuerto, abrí el cajón. La camiseta de Nicolás seguía allí; añadí otra mía; él me vio.
—¿Esa se queda?
—Sí.
—¿Madrid tiene ropa de ambos ahora?
—Madrid no comenta.
—Pero registra.
—Como todos.
Cerré el cajón.
Nicolás tocó el perro de la nevera con un dedo.
—Hasta luego, Señor Perro madrileño.
—Hoy se llama Ruth —dije.
—Ah, perdón.
—Aprende.
En el taxi al aeropuerto, Madrid pasó otra vez sin despedirse demasiado. Esta vez yo tampoco; sabía que volvería; no sabía cuándo exactamente; eso no hacía el vínculo menos real.
En el avión a Asheville, abrí mi cuaderno y escribí una nueva página:
El final no consiste siempre en elegir dónde quedarse, sino en descubrir con qué se puede volver sin repetir la misma cárcel: volver a una ciudad, una casa, una persona, una pregunta, un cuerpo o una página, no para cerrar, sino para caber de otro modo.
Nicolás dormía a mi lado; la bandeja del avión temblaba un poco; mi letra salió irregular; me pareció adecuada.
Cuando llegamos a Asheville, la casa estaba oscura; la puerta de mi cuarto seguía cerrada; Nicolás abrió la entrada y dijo, como siempre:
—Estoy aquí.
Yo entré detrás y añadí:
—Yo también.
En la cocina, el perro original esperaba; en el gabinete, febrero seguía doblado; en Houston, el cuadro ya no me pertenecía; en Miami, la pared seguía libre.
En Madrid, una carta de Tomás y dos camisetas compartían un cajón; en Chicago, Elaine esperaba más páginas.
El mundo seguía pidiendo acceso. Yo empezaba a aprender qué sí, qué no, cuándo, con quién, bajo qué luz.
Esa noche, antes de dormir, Nicolás me preguntó:
—¿Estamos cerca del final?
Me reí en la oscuridad.
—¿De qué?
—No sé, quizá del final de esta parte.
Pensé un momento antes de responder:
—Sí.
—¿Y después?
—Habrá una forma, no una resolución.
—Cierto. ¿Te asusta?
—Menos que antes.
—A mí también.
Me tomó la mano, y no dijimos «siempre» porque no hacía falta decirlo; por ahora, con más ilusiones que miedo, era suficiente para volver.
FIN