Nunca de nadie Capítulo cuarenta y nueve — La puerta entreabierta #3
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Capítulo cuarenta y nueve — La puerta entreabierta #3

—Puedes aprender.

—¿Y si escribo algo malo?

—Entonces habrás escrito algo malo con tiempo comprado por un cuadro que no querías en la pared. Peores destinos existen.

Me reí.

—Eso fue poco romántico.

—Estoy diversificando.

La venta tardaría todavía semanas en cerrarse, quizá meses. Pero la decisión ya tenía cuerpo. Esa noche preparé una lista, no de gastos, sino de usos del tiempo:

ESCRIBIR; DESCANSAR SIN CONVERTIRLO EN PROYECTO; MADRID DOS VECES AL AÑO; MIAMI SIN PARED OCUPADA; ASHEVILLE CON MESA; NO ACEPTAR SALAS POR MIEDO; MÉDICO SIN URGENCIA.

PREGUNTAR SObrE HIJOS SIN CONVERTIR LA RESPUESTA EN EXAMEN.

DONACIÓN MODERADA A ARCHIVO ELENA. FONDO DE IMPREVISTOS PARA CUANDO EL CUERPO RECUERDE TARDE.

Nicolás leyó la lista con permiso.

Se detuvo en la línea del médico y los hijos.

—¿Quieres hablar de eso? —preguntó.

—No hoy.

—Bien.

—Pero no quiero que desaparezca.

—No.

—Ni que gobierne todo.

—Tampoco.

—Solo que tenga una línea en la lista.

—La tiene.

Eso bastó.

Al día siguiente, Amalia llamó; Nicolás le contó lo de Houston; ella pidió hablar conmigo; me sorprendió, pero acepté.

—Felicidades —dijo.

—Gracias.

—No sé si esa es la palabra correcta cuando una vende algo de un muerto.

—Yo tampoco.

—Entonces uso esa por falta de una mejor.

—Está bien.

—Cuando murió mi marido —dijo—, guardé cosas que odiaba porque pensé que odiarlas era una falta de amor. Después empecé a odiar la casa por tenerlas. Tal vez vender, donar o sacar algo a tiempo habría sido menos cruel para todos.

—Tal vez.

—No done demasiado por culpa —añadió.

Sonreí.

—¿También habló con Mara?

—No. Soy capaz de llegar a algunas conclusiones sola.

—Perdón.

—Pero Mara me habría caído bien si no me diera miedo.

—Eso nos pasa a todos.

Amalia respiró.

—Nicolás me dijo que tiene una mesa.

—Sí.

—Me alegra.

—A mí también.

—No la vuelva altar.

—Intentaré.

—Él tampoco.

—Se lo diré.

—No. Ya lo sabe. Solo hay que recordarlo con comida.

Cuando colgué, Nicolás me miró.

—¿Qué dijo?

—Que no volvamos altar la mesa.

—Sabia mujer aterradora.

—Y que lo recordemos con comida.

—Eso puedo hacerlo.

—Pan comprado.

—Siempre.

Los días siguientes fueron extrañamente sencillos.

No porque las cosas fueran simples, sino porque habían encontrado una distribución menos violenta.

Yo escribía algunas mañanas. Otras no. Nicolás trabajaba en sus piezas pequeñas.

A veces subía y tocaba la puerta solo para decir que salía a caminar.

A veces yo bajaba al estudio y preguntaba si podía entrar.

Él casi siempre decía sí, pero no siempre, y la primera vez que dijo “no ahora” sentí una alegría rara.

También él tenía puertas. También yo debía aprender a detenerme.

La casa empezó a tener una rutina imperfecta; la caja de Amalia permanecía cerrada hasta mayo.

El perro cambiaba de nombre según el día: Señor Perro, Mónica, Baltasar, Archivo Canino, según nuestro nivel de estupidez.

La mesa acumulaba páginas; algunas malas; algunas vivas; la silla fea resultó excelente; la lámpara era suficiente; la habitación no se convirtió en destino total; eso la volvió más habitable.

Una tarde, mientras revisaba mis notas, encontré una frase que había escrito semanas antes:

No se empieza una vida nueva.

La completé:

Empezar una vida nueva significaba dejar de obligar a la vida vieja a ocupar todos los cuartos.

La miré largo rato.

Luego seguí escribiendo.

Al caer la noche, salí al porche; Nicolás estaba allí, mirando los árboles; me senté a su lado.

—Escribí algo hoy —dije.

—¿Bueno?

—No sé.

—¿Vivo?

Pensé.

—Sí.

—Entonces.

Nos quedamos en silencio.

—Houston te compró tiempo —dijo.

—Sí.

—¿Qué comprarás tú con ese tiempo?

La pregunta no me molestó; no venía como exigencia; miré la montaña; la luz bajaba entre los árboles.

La casa detrás ya no parecía esperar que la descifrara.

Mi mesa estaba arriba, con páginas; Miami tenía una pared libre; Madrid tenía una carta y un perro; Chicago, una caja y una carpeta; el futuro, ninguna dirección única.

—Presencia —dije al fin.

—¿Presencia?

—Sí. Tiempo para estar donde estoy sin convertir cada lugar en trámite hacia otro.

—Eso suena difícil.

—Lo es.

—¿Y nosotros?

—También presencia.

—¿Sin resolver ciudad?

—Sin resolverla todavía.

—¿Sin prometer siempre?

—Sin usar siempre cuando queremos decir miedo.

—¿Con por ahora?

—Con por ahora.

Nicolás tomó mi mano.

—Por ahora suena bien en esta casa.

—Sí.

—¿Y mañana?

—Preguntamos.

El cielo se oscureció. Una luz quedó encendida en la cocina, junto al perro de seis ojos.

Abajo, la caja de Amalia esperaba mayo. En Madrid, Inés quizá cerraba la institución; en Miami, Bruno y Mara seguramente discutían con alguien por nuestro bien.

En algún lugar, Paula decidía si Elena debía o no entrar en otra pared.

Cada quien, a su modo, practicaba una forma de custodia menos cruel.

No había final todavía.

Pero por primera vez, el hecho de que no hubiera final no se parecía a una amenaza.

Se parecía a tiempo.