Nunca de nadie Capítulo cuarenta y ocho — Una mesa con buena luz #2
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Capítulo cuarenta y ocho — Una mesa con buena luz #2

El silencio que siguió fue uno de esos silencios que no necesitan llenarse. En mí frente a la caja Alcázar-Vidal; en Nicolás frente a sus dibujos; en el cuadro de Tomás dentro de una caja en Houston; en la llave de invitado registrada a nombre de Nicolás; en Miami con la frase debajo del fregadero.

—Por el hambre documentada —dijo Sami, levantando su vaso.

Marta hizo una mueca.

—Horrible brindis.

—Pero exacto.

Brindamos igual.

Esa noche, al volver al apartamento, empecé a empacar. Algunas cosas se quedaban: dos libros, una taza, una camiseta de Nicolás, el perro en la nevera, una libreta vacía, una bufanda. También dejé una nota dentro del cajón:

NO ARCHIVAR. ROPA EN USO FUTURO. PUEDE LAVARSE SIN CEREMONIA.

Me pareció absurdo y necesario.

En la mesa puse los papeles que viajarían conmigo: la copia de la carta de intención con Houston, la síntesis de Tomás, una fotocopia de la cita de Elena, mi texto final, la postal de Paula, una copia del formulario de llave de invitado, el borrador del libro posible.

La carta completa de Tomás se quedó en Madrid, guardada en una carpeta porque ya no tenía que acompañarme a cada vuelta.

Llamé a Nicolás.

—Mañana vuelo a Asheville —dije.

—Lo sé.

—¿Compraste la mesa?

—No.

—Bien.

—Vi tres. Las odié por razones distintas.

—Eso suena prometedor.

—Esperé.

—Gracias.

—Mara dijo que te llevara a una tienda local, compraran algo simple y no permitiera que yo hablara de madera más de quince minutos.

—Mara debería ser canonizada contra su voluntad.

—La destruiría.

—Sí.

—¿Estás lista para irte de Madrid?

Miré el apartamento.

—No.

—¿Vas igual?

—Sí.

—Bien.

—Dejé cosas aquí.

—¿El perro?

—Sí.

—¿Mi camiseta?

—Una.

—¿La carta?

Silencio.

—Sí. La carta de Tomás se queda aquí por ahora.

—Eso parece correcto —dijo.

—¿Te duele?

—No. Me sorprende.

—A mí también.

—Quizá Madrid puede custodiar eso un tiempo.

—Sí.

—¿Y tú puedes venir a Asheville sin traerlo todo?

Miré la maleta; más liviana que otras veces.

—Eso intento.

—La mesa espera sin existir todavía.

—Me gusta esa frase.

—No la pongas en pared.

—Nunca.

Dormí poco. Al amanecer, el apartamento tenía esa quietud particular de los lugares donde una ha decidido irse pero todavía no se ha ido. Revisé ventanas, luces, papeles, cajones; toqué el imán horrible de Madrid; el perro no mordió; cerré la puerta; bajé con la maleta.

Inés me esperaba en la entrada de la institución, no porque tuviera que hacerlo, sino porque Inés, pese a sus protocolos, entendía ciertas formas de ceremonia mínima. Me entregó un sobre.

—No lo abras en el taxi —dijo.

—Eso suena amenazante.

—Es una carta de recomendación, un anexo de contrato y una nota mía. Nada bajo puertas.

Sonreí.

—Gracias.

—Vuelve.

—Sí.

—No demasiado pronto si necesitas escribir.

—También.

—Y no conviertas la mesa de Asheville en destino total.

La miré.

—¿Todos reciben instrucciones de Mara?

—Algunas llegamos solas a conclusiones correctas.

Nos abrazamos; esta vez con naturalidad suficiente.

En el taxi hacia el aeropuerto, Madrid pasó por la ventana sin despedirse demasiado. Se lo agradecí. Las ciudades que se despiden en exceso suelen querer retener. Madrid, en cambio, parecía decir: ya sabes el camino.

En el avión abrí el sobre de Inés.

La carta de recomendación era impecable; el anexo, aburrido; la nota, breve:

“Clara: no todo método debe volverse institución. Algunos métodos deben volverse vida. Escribe antes de aceptar otra sala.”

Me quedé mirando esa última línea.

Escribe antes de aceptar otra sala.

La doblé y la guardé en el cuaderno.

Nicolás me esperaba en Asheville con el auto y sin suéter horrible. Eso, al verlo, me produjo una decepción menor.

—¿Sin renos? —pregunté.

—Estoy madurando.

—Qué pena.

—Está en la casa, por si la madurez falla.

El camino a la casa fue verde, húmedo, distinto del invierno. Había brotes, hojas nuevas, un olor a tierra mojada. En la cocina, el perro original seguía en la nevera. Debajo de él, Nicolás había pegado una nota:

LA MESA NO EXISTE TODAVÍA. PREGUNTAR ANTES DE COMPRAR.

—Bien —dije.

—Estoy orgulloso de la contención.

—Con razón.

Me llevó a la habitación vacía, donde la luz de la tarde entraba por la ventana sin encontrar mesa, silla, alfombra, lámpara elegida con intención, flores o libros puestos para seducirme; solo había una habitación limpia, una ventana, paredes claras y silencio.

Sentí ganas de llorar.

No por la habitación.

Por la ausencia de presión.

—No hice nada —dijo Nicolás.

—Lo sé.

—Fue dificilísimo.

—Lo imagino.

—Compré una planta y la devolví.

—Heroico.

—También una lámpara.

—Nicolás.

—La devolví.

Me reí.

Me acerqué a la ventana. Afuera se veía un tramo de árboles y una parte del camino. Buena luz, sí; no espectacular; buena; suficiente para trabajar sin convertirse en postal.

—Podría escribir aquí —dije.

—Sí.

—No todos los días.

—No.

—No para probar que esta casa me contiene.

—No.

—Ni para que tú sientas que me quedo.

—No.

—Una mesa.

—Una mesa.

—Y una silla cómoda, no hermosa.

—Mara lo especificó.

—Por supuesto.

Me volví hacia él.

—Gracias por no hacer el cuarto antes de que llegara.

Nicolás metió las manos en los bolsillos.

—Quería hacerlo.

—Lo sé.

—Quería que entraras y sintieras que ya había un lugar para ti.

—Eso habría sido hermoso.

—Y demasiado.

—Sí.

—Estoy aprendiendo que dejar espacio también puede ser una forma de preparar.

La frase me llegó entera.

—Sí —dije—. Eso es.

Fuimos a comprar la mesa al día siguiente.

No fue una escena importante para nadie más.

Una tienda local, olor a madera y barniz, un vendedor con paciencia limitada, Nicolás tocando superficies con excesiva atención, yo sentándome frente a varias mesas para ver si el cuerpo podía imaginar horas allí.

Elegimos una mesa simple, rectangular, de madera clara, sin cajones, sin historia.

Una silla fea y cómoda; una lámpara discreta; nada más.

—¿Estás segura? —preguntó Nicolás.

—Sí.

—¿No quieres estantes?

—Todavía no.

—¿Alfombra?

—No.

—¿Otra lámpara?

—No.

—¿Un perro?

—Ya hay uno en la cocina.

—Correcto.

La mesa llegó esa misma tarde; la pusimos juntos frente a la ventana, no pegada a la pared. Quería poder levantar la vista y ver árboles, camino, cambios de luz, algo que no me devolviera inmediatamente a mí misma.

Puse sobre la mesa el cuaderno, una pluma, la nota de Inés y la postal de Elena copiada por Paula.

Luego puse una hoja en blanco.

Nicolás se quedó en la puerta.

—¿Entro? —preguntó.

—Sí.

Entró.

—¿Salgo?

Lo miré.

—Todavía no.

Se acercó; no tocó la mesa; aprendía.

—Es buena —dijo.

—Sí.

—No parece altar.

—No.

—Ni escritorio de viuda.

—Gracias por esa imagen horrible.

—Perdón.

—Ni estudio de artista.

—No.

—Mesa de trabajo.

—Mesa de trabajo.

Nos quedamos allí, mirando el objeto más simple y más cargado de todos.

Una mesa no prometía felicidad. No resolvía ciudad, dinero, deseo, hijos posibles o imposibles, futuros contratos, venta final del cuadro, viajes, cuerpos, miedo.

Una mesa solo decía: aquí puede apoyarse algo.

Aquí puede empezar una frase; aquí puede quedarse una taza, un codo, una duda; aquí una persona puede pasar horas sin ser exhibida.

Eso, en ese momento, me pareció inmenso.

—Quiero escribir sola un rato —dije.

Nicolás asintió.

—Estoy en la cocina.

—No quemes pan.

—No prometo imposibles.

Salió.

Me senté.

Durante unos minutos no escribí; escuché la casa; el sonido era distinto desde ese cuarto; menos profundo, menos cargado; O quizá yo estaba distinta; afuera, los árboles se movían apenas; en la cocina, algo cayó; Nicolás dijo una mala palabra en voz baja; sonreí.

Abrí el cuaderno.

Escribí:

Empezar una vida nueva significaba cambiar la superficie donde una apoyaba lo que todavía no sabía ordenar.

Me detuve.

No era el comienzo del libro.

O tal vez sí.

Seguí:

Aunque contiene muertos, amor y archivos —todo empezó, o terminó, en cajas—, este libro trata sobre el derecho a no entregar la totalidad de una misma para ser creída.

La mano me tembló un poco.

No por miedo.

Por reconocimiento.

Seguí escribiendo hasta que la luz cambió; Valeria sin darle el centro; Nicolás sin convertirlo en destino; yo sin reducirme a la voz que sobrevivió.

Pero abría una forma distinta de custodia: no la de guardar para impedir acceso, ni la de mostrar para demostrar verdad, sino la de ordenar una experiencia sin entregarla completa.

Cuando salí, Nicolás estaba en la cocina con pan comprado y esta vez no quemado, bajo la vigilancia de los seis ojos del perro en la nevera.

—¿Escribiste? —preguntó.

—Sí.

—¿Mucho?

—Suficiente.

—Odio esa palabra.

—Yo también. Pero sirve.

—¿Puedo saber de qué?

Pensé.

—Todavía no.

Nicolás asintió.

—Bien.

Luego, después de un segundo:

—Gracias por decirlo sin disculparte.

Me acerqué y lo besé.

Esa noche cenamos en la cocina. En la habitación de arriba, una mesa con buena luz sostenía una hoja escrita.

En Madrid, un perro cuidaba una nevera y una carta de Tomás descansaba sin viajar.

En Miami, una pared libre esperaba sin impaciencia; en Houston, un cuadro estaba bajo otra custodia; en Chicago, Elaine quizá corregía trabajos de estudiantes; Bruno y Mara seguramente peleaban por una cláusula.

La vida no se había simplificado.

Pero empezaba a tener superficies donde apoyarse.

Antes de dormir, Nicolás preguntó:

—¿La mesa se queda?

—Por ahora.

—¿Tú?

Lo miré en la penumbra.

—Por ahora también.

No sonó a poco.

No esa noche.

Esa noche, por primera vez, por ahora sonó como una promesa más honesta que siempre.