Nunca de nadie Capítulo cuarenta y siete — La salida del cuadro #2
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Capítulo cuarenta y siete — La salida del cuadro #2

Nicolás se acercó.

—¿Puedo abrazarte? —preguntó.

Asentí.

Me abrazó.

Entonces lloré.

No mucho. Lloré por la pared, por la mujer que vivió años bajo una obra que confundió con compañía, por el hombre que hizo algo hermoso y también supo retener, por Bruno que ayudó a pulir estatuas y ahora las veía moverse, por Elena entrando tarde a la conversación, por Houston, por el dinero que vendría si todo salía bien y que me daba una libertad que yo aún no sabía usar sin culpa, por Nicolás aprendiendo a no competir con un cuadro, por mí, finalmente dejando que algo valioso se fuera sin convertir la pérdida en castigo.

Bruno se acercó y, en vez de abrazarme de inmediato, me miró.

—¿Puedo decir algo incorrecto?

—Probablemente lo harás.

—Estoy orgulloso de ese bastardo.

Me reí llorando.

—Bruno.

—Y de ti. Pero eso ya lo dije una vez esta semana y tengo límites.

Lo abracé.

Él se quedó rígido medio segundo, luego cedió.

—No se lo digas a nadie —murmuró.

—Todos lo saben.

—Qué vulgar.

Mara nos miró como si la escena hubiera excedido el límite de humedad aceptable.

—Hay que comer —dijo.

Y como casi siempre, tenía razón.

Fuimos a un lugar pequeño, sin solemnidad.

Hablamos del tráfico, de una tormenta que no cayó, de un coleccionista insoportable, de Amalia etiquetando cajas, de la planta que seguía viva, de la incompetencia del café en mi apartamento.

Después, poco a poco, el cuadro entró otra vez en la conversación, ya no como escena sino como proceso: próximos pasos, comité de Houston, seguro, factura, posible viaje, impuestos, fechas.

La vida recuperó su burocracia; bendita burocracia; A veces salva de la épica.

Esa noche, Nicolás y yo volvimos al apartamento. Él abrió con su llave porque yo venía cargando una bolsa. Entró primero, dijo “estoy aquí”, dejó las cosas en la cocina. La pared estaba libre. La frase seguía debajo del fregadero. La llave funcionaba. El cuadro ya no estaba en Miami.

Me paré frente a la pared durante un largo rato.

—Ahora sí se fue —dije.

—Sí.

—Y la pared sigue.

—Sí.

—Qué insolente.

Nicolás sonrió.

—Las paredes tienen práctica.

Me senté en el suelo. Él se sentó a mi lado.

—¿Quieres poner algo? —preguntó.

—No.

—Bien.

—Quiero escribir.

—¿Ahora?

—Sí.

Traje el cuaderno. Escribí sentada en el suelo, con la pared delante y Nicolás a mi lado, sin mirar por encima de mi hombro.

Cambiar de custodia no es abandonar. Es admitir que una cosa puede seguir existiendo fuera del lugar donde nos acostumbramos a sufrirla.

Hay obras que no deben vivir en casa. Hay muertos que no deben vivir en pared.

Hay amores que no deben pedir residencia única para ser verdaderos.

Hay llaves que abren mejor cuando saben que no poseen.

Me detuve.

—¿Puedo leerlo? —preguntó Nicolás.

Le pasé el cuaderno.

Leyó; no dijo nada durante un momento.

—Lo de los amores —dijo al fin.

—Sí.

—¿Es para mí?

—También para mí.

—Bien.

—¿Duele?

—Un poco.

—A mí también.

—Pero es cierto.

—Sí.

Cerré el cuaderno.

Esa noche la tristeza estuvo con nosotros, pero no dirigió nada. Cerré el cuaderno, me volví hacia Nicolás y le quité la camisa sin anunciar una conclusión. Él dejó que lo hiciera. La pared libre quedaba detrás de su cuerpo.

—Ven —dije.

Nos besamos sentados en el suelo. Al principio fue lento, casi cansado, hasta que le pasé una pierna por encima y quedé sobre él. Nicolás llevó las manos a mis caderas; yo se las aparté y las apoyé abiertas contra la madera.

—Hoy no sostengas nada.

Algo oscuro cruzó su mirada; obedeció.

Le abrí el pantalón y me moví sobre él por encima de la ropa, disfrutando la tensión de su mandíbula, el esfuerzo por mantener las manos donde yo las había puesto.

Me besó el cuello, después el pecho, y cada vez que intentaba atraerme con más fuerza yo reducía el ritmo hasta oírlo respirar mi nombre.

—Eso es cruel —dijo.

—Un poco.

Me levanté lo suficiente para quitarme la ropa interior.

Nicolás buscó el preservativo en el bolsillo de su pantalón; se lo quité de los dedos, lo abrí y fui yo quien se lo puso.

Su respiración se quebró. Volví a sentarme sobre él despacio, mirándolo mientras mi cuerpo lo recibía, sin apartar la vista cuando el placer dejó de ser elegante.

Durante unos minutos no hubo pared, cuadro ni despedida, solo el roce de nuestros cuerpos en el suelo y la libertad extraña de no pedirle al deseo que reparara nada.

Nicolás mantuvo las manos abiertas hasta que yo misma las llevé a mis caderas.

Entonces me sujetó con fuerza y me ayudó a encontrar un ritmo más profundo.

Llegué primero. El orgasmo me obligó a inclinarme sobre él, la frente contra la suya, y Nicolás siguió moviéndose bajo mí hasta terminar con un gemido bajo. Nos quedamos abrazados, sudorosos y torpes, sobre la alfombra que nunca había sido pensada para aquello.

Después nos acostamos sin encender la luz. Miami sonaba afuera. La tristeza seguía allí, pero había perdido el derecho a ocupar toda la habitación.

—Cuando esto se cierre —dijo Nicolás—, la venta, Houston, todo… podrías escribir ese libro.

—Podría.

—No sobre Tomás.

—No.

—Ni sobre mí.

—No principalmente.

—¿Sobre qué?

Pensé en todas las cajas, puertas, cartas, llaves, paredes, perros, estatutos, cuerpos.

—Sobre lo que una tiene derecho a no entregar.

Nicolás respiró.

—Sí.

—Y sobre lo que sí hay que soltar para no convertir el cuidado en cárcel.

—Ese título es muy largo.

—No sería el título.

—Menos mal.

—Aunque tú has escrito etiquetas peores.

—Cierto.

Al día siguiente, recibí un mensaje de Maribel desde Houston. La caja había llegado bien. El cuadro estaba en el área de conservación, sin incidencias. Adjuntó una foto: la caja cerrada, con etiqueta del museo, apoyada en una sala limpia.

No el cuadro; la caja.

Me gustó que enviara aquello como evidencia de llegada, no como una imagen destinada a provocar nostalgia.

Le respondí:

“Gracias. Me alegra saberlo bajo otra custodia.”

Luego reenvié la foto a Bruno, Mara y Nicolás.

Bruno:

“Houston tiene buen piso.”

Mara:

“Etiqueta correcta.”

Nicolás:

“Llegó.”

Yo miré la palabra.

Llegó.

No volvió.

Llegó.

Ese día, por primera vez desde que regresé a Miami, no fui al depósito ni a la galería ni a ninguna reunión.

Cambié la pieza del fregadero con ayuda de un tutorial y tres llamadas a Mara, que terminó diciendo que prefería cruzar el país antes que escucharme describir una tuerca.

Nicolás sostuvo una linterna y no dio consejos no solicitados, lo cual considero una prueba de amor superior a muchas declaraciones. Nada goteó.

Debajo, la frase enmarcada seguía allí:

Preguntar antes de tocar.

—También aplica a tuberías —dijo Nicolás.

—Especialmente.

Por la tarde, puse la bolsa de llaves sin puerta dentro de una caja pequeña. La etiqueté de nuevo:

LLAVES SIN PUERTA. NO TIRAR TODAVÍA. NO USAR PARA ENTRAR A NADA.

Nicolás leyó.

—Muy bien.

—Gracias.

—¿Y la de Miami?

—Esa sí abre.

—Sí.

—Pero no todo.

—Lo sé.

—¿Quieres dejar una copia aquí cuando te vayas?

—¿Mía?

—Sí. Por si un día vienes y no estoy. O si pierdes la tuya. O si hay que regar la planta resistente de Mara.

—¿Otra llave?

—No dramatices. Es logística.

—Clara.

—Y confianza.

—Eso pensé.

—Pero sin ceremonia.

—Por supuesto.

Hicimos una copia al día siguiente en una ferretería. El hombre que la hizo tardó menos de tres minutos y no mostró ningún respeto por el peso emocional del acto. Entregó la llave, cobró, dijo “next”. Me pareció perfecto.

De regreso, Nicolás dejó la copia en un cuenco pequeño cerca de la entrada.

—Para uso práctico —dijo.

—Y verdadero.

—Sí.

El apartamento empezaba a tener objetos compartidos sin declararse hogar definitivo. Dos panes, una planta, una llave, una camiseta, una frase debajo del fregadero, una pared libre, una caja menos. Era, quizá, una forma de vida que todavía estaba buscando su gramática.

El último día de Nicolás en Miami, antes de que volara a Asheville y yo regresara a Madrid por unas semanas para cerrar formalmente mi residencia, caminamos hasta la playa otra vez. El mar estaba más gris, el cielo cubierto, la ciudad menos brillante. Nos sentamos sin hablar.

—La casa te espera —dije.

—Sí.

—Madrid me espera.

—Sí.

—Houston tiene el cuadro.

—Sí.

—Miami tiene una pared libre.

—Y una llave mía.

—Y una llave tuya.

—Y una tubería nueva.

—Fundamental.

Nicolás miró el agua.

—Quiero que vengas a Asheville después de Madrid.

—Quiero ir.

—No a decidirlo todo.

—No.

—Solo a estar.

—Sí.

—Y quizá a escribir.

—Quizá.

—La casa puede tener un cuarto de trabajo que no sea estudio mío.

Lo miré.

—¿Me estás ofreciendo una habitación?

—Estoy preguntando si algún día querrías una mesa allí. No como residencia única. No como trampa. Una mesa. Temporal, revocable, con buena luz y sin velas tristes.

Sentí que el pecho se me abría con una mezcla de ternura y miedo.

—Una mesa —repetí.

—Sí.

—Las mesas son peligrosas.

—Menos que los altares.

—Eso es cierto.

—No tienes que responder ahora.

—Bien.

—Pero quería preguntar antes de preparar el cuarto.

—Buen uso del perro.

—Estoy aprendiendo.

Le tomé la mano.

—Sí —dije.

—¿Sí?

—Sí a la mesa. Algún día cercano. No a mudanza total. No a promesa excesiva. Sí a una mesa en Asheville donde pueda escribir sin ser huésped ni prueba.

—Bien.

—¿Estás haciendo estatua?

—No. Estoy respirando.

—Bien.

El mar siguió moviéndose frente a nosotros, entrando y saliendo como si no tuviera que elegir una sola forma de pertenecer a la orilla.

Pensé en la pared libre, en el cuadro llegando a Houston, en Madrid con sus camisetas en el cajón, en Asheville ofreciendo una mesa, en Chicago guardando una caja de Tomás y una carpeta con mi nombre, en Miami con una llave que abría pero no poseía.

Tal vez así se veía el futuro cuando una dejaba de exigirle una arquitectura definitiva.

No como casa única.

Como una serie de accesos responsables.

Como lugares donde entrar diciendo estoy aquí.

Como puertas que no muerden porque alguien, antes de girar la llave, todavía recuerda preguntar.