Nunca de nadie Capítulo cuarenta y seis — Cambiar de custodia #2
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Capítulo cuarenta y seis — Cambiar de custodia #2

—Lo intento, pero Mara me vigila.

Miró hacia la ventana. Mara estaba afuera, discutiendo con Nicolás sobre algo que parecía el tamaño de los cafés.

—Tomás habría odiado Houston —dijo Bruno.

—¿Sí?

—Habría fingido que no. Habría hablado de descentralizar el canon, de salir de Nueva York, de diálogos transnacionales. Luego habría preguntado quién más está en la colección y si la sala tenía buena altura.

—Eso suena a él.

—Lo quería, Clara.

—Lo sé.

—Y a veces me parece que en todo esto hablamos de él como si solo hubiera sido problema.

—No lo fue.

Bruno asintió, sin mirarme.

—Gracias por decirlo.

—También fue problema.

—También.

—Y buena obra.

—Sí.

—Y miedo.

—Mucho.

—Y deuda.

—Como todos.

Bruno se limpió los lentes con una servilleta.

—Qué injusto que los muertos se vuelvan más humanos cuando ya no pueden incomodarse.

—Quizá por eso hay que hacerlo igual.

—Sí.

Mara y Nicolás volvieron con café; la conversación se rompió sin romperse; Bruno recuperó su ironía. Yo no lo obligué a quedarse en la ternura más de lo que podía soportar.

Esa tarde, en el apartamento, Nicolás abrió la puerta con su llave por primera vez.

Yo venía detrás, cargando una bolsa. Él estaba más cerca de la cerradura y sacó su llavero.

—¿Puedo? —preguntó.

—Sí.

Metió la llave; giró; la puerta abrió.

Nada ocurrió.

Ocurrió todo.

Entramos; dejó la llave sobre la mesa, no porque quisiera exhibirla, sino porque necesitaba las manos libres para ayudarme. Yo cerré la puerta; la frase enmarcada seguía en el suelo; la pared seguía vacía. La planta de Mara seguía viva de manera sospechosa.

—Funcionó —dijo.

—Las llaves suelen hacer eso.

—No todas.

Pensé en la bolsa de llaves sin puerta.

—No.

Preparamos café malo porque se nos olvidó comprar uno mejor, aunque acabábamos de venir de un lugar donde vendían café. La incompetencia cotidiana tiene una persistencia admirable. Nicolás se sentó en el suelo frente a la pared. Yo a su lado.

—¿Quieres poner algo aquí antes de que el cuadro se vaya? —preguntó.

—No.

—¿Después?

—No sé.

—Bien.

—Quiero que la pared aprenda a ser pared sin demostrarlo tanto.

—Eso es muy parecido a lo que intentamos todos.

—Sí.

Nicolás apoyó la cabeza contra el sofá.

—Cuando el cuadro se vaya a Houston, ¿quieres estar allí?

—¿En el traslado?

—Sí.

—No sé. Tal vez ver cómo lo sacan sea demasiado teatral.

—O necesario.

—O ambas.

—Podrías despedirte en el depósito y no en la puerta de tu casa. La casa ya se despidió.

Miré la pared.

Tenía razón; la casa ya había hecho su parte. Había quedado vacía, había respirado, había rechazado una frase cuando la frase quiso volverse demasiado cómoda; no necesitaba otra escena.

—Depósito —dije.

—Bien.

—¿Y tú?

—Si quieres, voy.

—Quiero.

—Entonces.

Esa noche no salimos. Bruno insistió en invitarnos a una cena con Helena y “gente útil”.

Dije que no. Mara respondió por mí en el grupo: “No son útiles esta noche.” Bruno mandó un emoji de calavera.

Elaine, desde Chicago, que había sido incluida en el grupo sin haber pedido semejante condena, escribió: “Estoy de acuerdo con Mara por principio preventivo.”

Nos quedamos en casa, comimos pan, queso y tomates, Nicolás lavó los platos y yo revisé el borrador de condiciones para Houston en la mesa, mientras la llave permanecía junto al frutero, no como símbolo, sino como un objeto que todavía no sabíamos dónde dejar.

Después, Nicolás me dijo:

—Hoy pensé en traer el perro a Miami.

—¿El original?

—No. Otra copia.

—Yo también lo pensé.

—¿Y?

—No. Esta casa necesita sus propias reglas.

—¿La frase del suelo?

—Quizá. Pero no en pared.

—¿Dónde?

Miré la cocina, el fregadero reparado, las ventanas, el cajón con la llave de repuesto, la bolsa de llaves sin puerta.

—Debajo del fregadero.

—¿Qué?

—Preguntar antes de tocar. Debajo del fregadero. Junto a la tubería que todavía funcionaba pero se iba a romper.

Él empezó a reír.

—Eso es absurdamente perfecto.

—Las reglas domésticas deben poder tropezarse.

—Mara.

—Sí.

Pusimos el marco debajo del fregadero, apoyado contra la pared interior del mueble, junto a productos de limpieza y una pieza nueva de tubería esperando instalación. No como manifiesto, sino como advertencia para arreglos futuros.

Le mandé foto a Mara.

Respondió:

“Ahora sí.”

Bruno:

“Esto es la peor y mejor curaduría que has hecho.”

Nicolás, sentado en el suelo de la cocina, dijo:

—La pared quedó libre.

Fui a verla.

Sí.

La pared estaba libre.

No vacía.

Libre.

Al día siguiente firmé una carta de intención con Houston.

No era venta final; aún faltaban revisión legal, aprobación del comité de adquisiciones, condiciones de transporte, seguros, impuestos, texto de procedencia, precio definitivo. El cuadro de Tomás saldría de mi custodia privada si nada se rompía en el camino. Y yo no me rompí al firmar.

Mara revisó cada línea. Bruno hizo una llamada incómoda con la Fundación para informar, no pedir permiso.

La Fundación expresó “preocupación por la narrativa”.

Bruno respondió, según nos contó después, que la narrativa ya no les pertenecía por completo y que eso era una buena noticia para cualquiera que realmente creyera en la obra de Tomás.

Luego colgó antes de decir algo menos legal.

Nicolás estuvo conmigo cuando envié el documento escaneado.

—¿Lista? —preguntó.

—No.

—¿Lo enviamos igual?

—Sí.

Hice clic.

El correo salió.

Me quedé mirando la pantalla.

—Ya —dije.

Nicolás no me abrazó de inmediato; esperó; lo miré; entonces sí.

Me abrazó de pie, en medio de la sala, con la pared libre a un lado y el aire acondicionado haciendo demasiado ruido. Cada vez entendía mejor la diferencia.

Esa tarde fuimos al mar.

No estaba en mis planes, quizá por eso fue necesario; Bruno dijo que Miami sin mar era una falta administrativa.

Mara dijo que no iba porque tenía trabajo y porque la arena era una invasión de partículas.

Nicolás y yo manejamos hasta una playa menos llena de lo esperado.

Miami, cuando una deja de exigirle profundidad europea, tiene momentos de belleza descarada que no piden perdón.

—Tomás odiaba la playa —dije.

—¿Sí?

—Decía que no sabía qué hacer con tanta evidencia.

Nicolás sonrió.

—Qué frase tan de él.

—Sí.

—¿Y tú?

—Yo creo que tampoco supe qué hacer con tanta evidencia durante mucho tiempo.

—¿Y ahora?

Metí los pies en el agua.

—Ahora la dejo mojar.

Nicolás se rió.

—Eso fue terrible.

—Lo sé.

—Pero verdadero.

Seguimos caminando; no hablamos del cuadro durante un rato; luego él dijo:

—Cuando el cuadro esté en Houston, quizá deberías ir.

—Sí.

—No a supervisar.

—No.

—A verlo en otra custodia.

—Quizá.

—¿Y después?

La pregunta volvió, como vuelven las cosas que no se resuelven por haber sido nombradas.

Después.

Miré el mar. La línea del horizonte era demasiado recta para algo tan inestable.

—Después quiero terminar Madrid —dije—. O lo que Madrid tenga todavía para mí. Quiero escribir. Quiero pasar tiempo en Asheville sin que la casa sea examen. Quiero vender el cuadro si se concreta. Quiero no decidir una ciudad definitiva este mes.

—Bien.

—Y quiero que sigamos.

—Eso me importa más que la ciudad.

—A mí también. Pero la ciudad importa.

—Sí.

—No quiero prometer una forma por miedo a perder el fondo.

—¿Cuál es el fondo?

Lo miré.

—Que te amo. Que quiero una vida contigo. Que esa vida todavía no tiene una dirección postal única.

Nicolás se quedó callado. El agua nos tocaba los tobillos.

—Puedo vivir con eso —dijo.

—¿Ahora o de verdad?

—Ahora. Y quiero aprender de verdad.

—Honesto.

—Estoy cansado de prometer mejor de lo que puedo.

—Eso también es amor.

—¿No decepción?

—A veces las dos cosas.

Nos sentamos en la arena. Nicolás apoyó los brazos sobre las rodillas. En el hombre que ahora intentaba no usar mapas para traerme, sino para saber dónde estaba.

—Podríamos tener más de una casa —dijo.

No sonó a riqueza, sino a posibilidad confusa.

—Quizá.

—No propiedades. Lugares.

—Sí.

—Madrid a veces. Asheville a veces. Miami de paso. Chicago si hace falta.

—Eso suena caro.

—Muy.

—Y agotador.

—Mucho.

—Y quizá no sostenible.

—Tal vez no.

—Pero podemos pensarlo sin convertirlo en promesa.

—Sí.

El mar entraba y salía; pensé en las llaves sin puerta; en las llaves con puerta; en puertas que se abrían despacio.

En que tal vez una vida no necesitaba elegir entre pertenecer o huir.

Tal vez podía ensayar una tercera cosa: volver, salir, dejar acceso, retirar acceso, preguntar, revisar, cambiar de custodia.

Esa noche, de regreso en el apartamento, la pared seguía libre. La frase dormía debajo del fregadero; la llave de Miami estaba en el bolso de Nicolás; la carta de intención estaba enviada; la obra de Tomás esperaba Houston. Mi cuerpo estaba cansado, quemado por el sol en los hombros, vivo.

Antes de dormir, Nicolás me preguntó:

—¿Te arrepientes de la llave?

—No.

—¿Del cuadro?

—No todavía.

—¿De mí?

Lo miré.

—No hagas preguntas dramáticas después de un día de playa.

—Es cuando más indefenso estoy.

—No me arrepiento de ti.

—Bien.

—¿Tú?

—De ti no. De muchas cosas alrededor, sí. De ti no.

Apagué la luz.

Miami siguió sonando afuera. Dentro, por una vez, nada necesitó ocupar la pared para demostrar que existía.

Dormimos.

Y la llave, en algún lugar del bolso de Nicolás, no mordió.