Capítulo veintiséis — Cerrar no es clausurar #2
—¿Cómo?
—No lo sé. Con algo vulgar.
—La vulgaridad nos está salvando bastante.
—Sí.
Me levanté para buscar agua. Al volver, Nicolás me tomó la mano y me hizo detenerme junto a la mesa.
—Ven a Miami cuando cierre Chicago —dijo—.
No para quedarte. No para decidir. Ven una semana.
Vemos la galería. Vemos a Bruno. Vemos a Mara.
Vemos mi estudio sin cámaras ni policías ni flores.
Después vuelves a Chicago si quieres aceptar la extensión.
O vas a Madrid. O me dices que venga aquí.
Pero no decidamos mientras todavía estamos limpiando sangre de una herida que no es solo legal.
La palabra sangre no era metafórica del todo. Ninguno lo dijo.
—¿Y tú? —pregunté.
—Yo voy a dejar Miami un tiempo después de eso.
No esperaba esa respuesta.
—¿A dónde?
—Asheville primero. Luego quizá ningún lugar fijo durante unos meses.
Necesito desmontar más que obras. La casa, el estudio, contratos, piezas que ya no quiero sostener.
Bruno va a odiarlo. Mi galería va a fingir que lo entiende.
Mi madre va a decir que es una crisis tardía.
Mara va a organizarlo como si fuera una evacuación militar.
—¿Y yo?
—Tú no eres el plan logístico.
La frase fue tan sencilla que me dolió.
—Quiero verte —añadió—. Quiero hacer espacio para verte. Pero no quiero diseñar una vida y ofrecerte un lugar como si fuera una instalación terminada.
Me acerqué a él. Le puse una mano en el rostro.
—Eso fue casi perfecto.
—Lo arruiné con “instalación”.
—Un poco.
Nos besamos en la cocina, con los platos todavía sobre la mesa y la luz amarilla encima, sin urgencia pero con deseo, cansancio, pensamiento y un futuro en borrador.
El cuerpo respondió sin miedo, aunque con una cautela que ya no me parecía enemiga.
Nicolás me tocó la cintura y esperó hasta que yo me acerqué más, no como herida, sino como lengua.
No pasamos de ahí esa noche, tampoco hizo falta.
Al día siguiente, la abogada llamó con novedades: Andrés Roldán había aceptado, a través de su abogado, entregar dispositivos y abstenerse de cualquier contacto con el museo, conmigo, con Nicolás, con Bruno y con Amalia mientras avanzaba la investigación.
Valeria, por su parte, estaba explorando un acuerdo que incluiría admisión parcial de accesos no autorizados, aunque su defensa intentaba protegerla de la acusación de hostigamiento más grave.
Mara dijo que el mundo legal rara vez coincidía con la fantasía de justicia de los novelistas.
A esas alturas todos hablábamos como si viviéramos dentro de una estructura que nos excedía.
—¿Te basta? —me preguntó Nicolás después, cuando colgué.
—No.
—A mí tampoco.
—Pero quizá basta para que no gobiernen.
—Sí.
Esa fue otra versión de la justicia: no siempre destruir al invasor, sino impedirle seguir entrando.
El cierre de la exposición fue más discreto que la inauguración.
No hubo gran discurso. No quise. Hubo una recepción pequeña para artistas, equipo, estudiantes y algunas personas del museo.
Bruno viajó desde Miami a pesar de jurar que no lo haría porque tenía “asuntos urgentes”; apareció con un abrigo demasiado elegante para el clima, abrazó a Elaine como si la conociera de toda la vida y le dijo que Chicago era una ciudad admirable si una lograba ignorar su personalidad meteorológica.
Mara no fue, pero envió una caja de tarjetas en blanco con una nota: “Para comentarios del público. Revisen quién escribe.” La puse sobre mi escritorio y me reí sola.
Nicolás estuvo allí, no al fondo como un fantasma ni en el centro como artista, sino a un lado, conversando con una de las artistas sobre materiales y guardando silencio cuando correspondía. Bruno lo observó durante un rato y luego se acercó a mí.
—Está menos insoportable —dijo.
—Tú no.
—Alguien debe conservar la estructura.
—Gracias por tu sacrificio.
Bruno miró la sala. La gente hablaba en grupos pequeños. No había tensión, cámaras levantadas buscando escándalo ni lectores valientes intentando robarse la escena.
—Lo hiciste bien aquí —dijo.
—No me felicites como si hubiera sobrevivido a una competencia.
—No. Lo digo como alguien que sabe cuánto te costó hacer algo que no girara alrededor de un muerto.
La frase me alcanzó de lleno.
—Gracias —dije.
Bruno asintió, incómodo con la emoción que él mismo había provocado.
—Y ahora, por favor, no arruines este progreso mudándote a una cabaña con Nicolás para hablar de heridas frente a árboles.
—No estaba en mi lista.
—Las listas cambian cuando una se enamora de hombres con casas peligrosas.
—No me he enamorado de la casa.
—Eso espero.
Lo miré.
—¿Y de él? —preguntó Bruno, más bajo.
La sala siguió moviéndose alrededor. Nicolás estaba a unos metros, escuchando a una artista; no miraba hacia mí.
—Sí —dije.
Bruno cerró los ojos como si hubiera recibido una noticia médica esperada pero incómoda.
—Bien.
—¿Bien?
—Sí. Con reservas extensas, notas al pie y posibilidad de revisión trimestral. Pero bien.
Lo abracé; esta vez él no se sorprendió tanto.
—No lo conviertas en mudanza completa —murmuró, repitiendo su frase antigua.
—No.
—Ni en incendio.
—Intentaré.
—Qué poco tranquilizador.
—Es lo que hay.
Esa noche, después del cierre, volví sola al museo una última vez.
Nicolás quería venir, pero le pedí que esperara en el vestíbulo.
Bruno ya se había ido a una cena con donantes que fingía despreciar.
Elaine cerraba asuntos administrativos. Yo entré en la sala de la mesa con platos cubiertos de tierra y me quedé allí, en silencio.
No pensé en Andrés primero.
Pensé en las artistas. En las mujeres cuyas obras habían sostenido el espacio incluso cuando otros intentaron usarlo.
Pensé en la mujer que llegó a Chicago creyendo que quizá podía empezar de nuevo sin llevar demasiado equipaje y que descubrió que empezar de nuevo no significa viajar ligera, sino aprender qué se carga y qué se deja.
Me acerqué a la mesa de comentarios; había muchas tarjetas; algunas banales; algunas hermosas; algunas ilegibles; tomé una al azar.
Decía:
“Mi abuela guardaba cartas en una lata de galletas. Nunca nos dejó leerlas. Hoy entendí que quizá eso también era una forma de amor.”
La leí dos veces.
La guardé.
No la guardé para el archivo, sino para mí.
Cuando salí, Nicolás me esperaba sentado en un banco del vestíbulo. Levantó la vista.
—¿Lista?
Miré hacia atrás, hacia las salas.
—No. Pero sí.
Caminamos al apartamento sin hablar demasiado. Chicago estaba fría, pero ya no hostil. Al llegar, empecé a hacer una maleta pequeña para Miami. Nicolás se sentó en el borde de la cama y me miró doblar ropa.
—Una semana —dije.
—Una semana.
—No prometo más.
—No pido más.
—Y después vuelvo.
—Sí.
—Quizá acepto la extensión.
—Sí.
—Quizá no.
—Sí.
Me volví hacia él. —Podrías agregar algo más.
Nicolás sonrió apenas. —Estoy intentando no dirigir.
—Puedes desear.
La frase lo detuvo.
—Quiero que vuelvas a mí —dijo.
El cuerpo me respondió antes que la cabeza.
—Eso sí.
—Pero no quiero que vuelvas por mí.
—Eso también.
—Y si vuelves a otra ciudad, quiero aprender a estar en esa frase sin convertirla en abandono.
Me acerqué y le puse una camisa doblada en las manos.
—Sostén esto. Es más fácil.
Él la tomó con solemnidad ridícula.
—Gracias.
Terminé la maleta; cerré el cierre; la dejé junto a la puerta.
Esa noche dormimos juntos; sin urgencia; sin escena. Con el cansancio de quien ha cerrado algo sin fingir que por eso todo está clausurado. Antes de dormir, Nicolás me preguntó:
—¿Qué había en la tarjeta que guardaste?
Se la mostré.
La leyó en silencio.
—Una lata de galletas —dijo.
—Sí.
—Buen archivo.
—Mejor que muchos.
Apagamos la luz.
En la oscuridad, pensé que quizá el final no consistía en abrir la puerta correcta ni en cerrarla para siempre, sino en tener por fin la llave en la mano y no sentir que cada habitación exigía una decisión inmediata.
Miami nos esperaba.
Bruno, Mara, la galería vacía, la sala que ya no estaba cerrada porque había sido desmontada, mi apartamento de antes, el estudio de Nicolás, el calor.
No sabía qué iba a pasar allí.
Pero esta vez, al no saber, no sentí que alguien más estuviera escribiendo por mí.