Capítulo veinte — La casa donde se guarda el daño #3
No discutí; esa fue mi pequeña victoria.
En el hotel, dormí dos horas mientras Nicolás y Mara siguieron revisando documentos en voz baja en la habitación contigua.
Nicolás decía que yo iba a odiar cualquier cosa demasiado blanda.
Mara respondió que mi gusto no debía gobernar mi recuperación digestiva.
Sonreí con los ojos cerrados. Esa normalidad absurda era, en ocasiones, lo único que impedía que las grandes heridas se volvieran religión.
Por la noche, Mara se fue a su habitación y Nicolás entró con arroz, verduras, caldo y una expresión de derrota culinaria.
—Mara ganó —dijo.
—Mara suele ganar.
—Eso no lo hace justo.
Comimos en la cama, con una toalla como mesa improvisada y la caja de Lucía en una silla, lejos de la comida pero dentro de la habitación. Después, cuando apagamos las luces, Nicolás se quedó sentado junto a la ventana.
—Ven —dije.
—¿Segura?
—Si preguntas eso cada noche, voy a empezar a cobrarte.
Se acostó a mi lado con cuidado; no me abrazó hasta que yo me acerqué. El cuerpo ya no tenía el dolor de antes, pero seguía vulnerable, y él parecía haber aprendido a leer esa vulnerabilidad sin convertirla en prohibición absoluta ni en invitación.
—Tu madre dijo algo verdadero —murmuré.
—Dijo muchas cosas. Algunas lamentables.
—Que la gente le pidió seguir viviendo con vulgaridad.
—A veces vivir después de algo terrible se siente vulgar —continué—. Comer. Contestar correos. Desear. Dormir con alguien. Reírse de una frase estúpida. Todo parece una falta de respeto.
—Sí.
—Pero quizá lo vulgar también salva.
Sentí su respiración junto a mi cabello.
—Tomás habría odiado esa frase —dijo.
—Por eso tal vez es buena.
Nicolás me abrazó un poco más.
—Lucía habría dibujado un animal vulgar —murmuró.
—Con muchas patas.
—Demasiadas.
Sonreí en la oscuridad.
No hicimos el amor esa noche.
Pero el deseo volvió a acostarse con nosotros, sin urgencia, sin exigir entrada, como un animal que ya no necesitaba arañar la puerta para demostrar que seguía vivo. A veces eso era lo máximo que una podía pedirle después de tanto.
Antes de dormir, Nicolás dijo:
—No quiero que mi madre vuelva a ocuparme entero.
—No la dejes entrar sin límite.
—No sé hacerlo siempre.
—Entonces pon una puerta.
—¿Cerrada?
—Con llave. Pero una llave tuya.
Guardó silencio un rato.
—¿Y si no sé dónde la dejé?
Le tomé la mano.
—Entonces la buscamos. Sin convertir la búsqueda en exposición.
Nicolás besó mi hombro, apenas.
A la mañana siguiente, antes de salir de Atlanta, volvimos una última vez a la casa de Amalia. Yo me quedé en el auto, no por miedo ni por exclusión, sino porque algunas conversaciones necesitaban no tener testigos, y yo ya había estado presente en suficientes habitaciones ajenas. Esperé.
Tardó cuarenta minutos.
Cuando volvió, no traía la caja.
—Se la dejaste —dije.
Entró al auto y cerró la puerta. —Sí.
—¿Por qué?
Miró hacia la casa. —Porque eran copias. Porque quería conservarlas para no sentir que me las quitaba. Porque entendí que podía pedir otras cuando quisiera. Porque ella necesita aprender que compartir no es perder. Y yo también.
No respondí ni hacía falta.
Mientras el auto se alejaba, vi a Amalia detrás de una ventana del segundo piso, donde permaneció mirándonos sin levantar la mano o esconderse.
Por una vez, su mirada no pareció atravesarnos como posesión, sino quedarse del lado de su propia casa, con sus objetos, culpas, dibujos devueltos, hija muerta e hijo vivo alejándose sin pedir permiso ni declararle la guerra.
En el aeropuerto, Nicolás compró agua, galletas y un café para él. Se sentó conmigo cerca de la puerta de embarque y apoyó su mano sobre la mía.
—¿Chicago o Miami? —preguntó.
—Yo vuelvo a Chicago.
—Lo sé.
—Tú a Miami.
—Sí.
—Y no pasa nada terrible por eso.
Nicolás me miró con una seriedad suave. —No.
—Nos vemos en una semana.
—Si quieres.
—Quiero.
—Entonces sí.
El anuncio del vuelo sonó por los altavoces. Una niña lloró porque no quería soltar un oso de peluche para pasar por seguridad. Su madre se agachó, le habló al oído, esperó. Miré esa escena con una ternura inesperada y una tristeza que ya no me pareció peligrosa.
Nicolás siguió mi mirada.
No dijo nada.
Se lo agradecí.
Cuando llegó mi turno de abordar, me levanté; él también. Nos besamos sin urgencia, en medio de gente que no sabía nada de nosotros y por eso nos daba, sin proponérselo, una intimidad limpia.
—No lo nombres todavía —me dijo, recordando la noche anterior.
—¿Qué cosa?
—Todo.
Sonreí apenas. —Eso sí puedo hacerlo.
Subí al avión con el cuerpo cansado, la cifra en cero, las manos vacías de cajas ajenas y una sensación extraña de no estar cerrando nada, sino dejando por fin que algunas puertas existieran sin obligarme a abrirlas, sin obligarme tampoco a vivir arrodillada delante de ellas.
Por la ventanilla, Atlanta se volvió una cuadrícula húmeda, luego una mancha, luego nube.
No pensé que todo iba a estar bien.
Pensé, con una calma más modesta, que algunas cosas ya no estaban gobernadas por quien más había sufrido.
Y eso, por ahora, bastaba.