Capítulo diecinueve — Amalia Solís #3
—Valeria vino recomendada por una fundación. Dijo que quería ordenar los materiales para una posible donación futura. Dijo que los objetos guardados sin archivo terminan desapareciendo dos veces. Me gustó esa frase.
Nadie respondió.
—Me habló de Lucía con delicadeza. Demasiada, quizá.
Yo estaba cansada de que todos evitaran su nombre delante de mí como si mi hija fuera una enfermedad contagiosa.
Valeria no lo evitó. Preguntó por ella. Miró sus dibujos.
Lloró frente a una fotografía. O fingió.
No sé. A veces una madre prefiere una mentira que nombra a su hija antes que una cortesía que la borra.
La dureza de Amalia no desapareció, pero se agrietó lo suficiente para dejar salir algo menos controlado; no me conmovió del todo, tampoco me dejó indiferente.
—¿Le dio acceso a la silla? —preguntó Nicolás.
—Sí.
La palabra fue pequeña.
Nicolás se levantó de nuevo, pero esta vez no dijo nada. Caminó hacia el ventanal y se quedó de espaldas a nosotras.
—No sabía que iba a usarla —dijo Amalia.
—Pero sabía que no era solo un objeto —respondí.
—Claro que lo sabía.
—Entonces por qué.
Su mirada volvió a mí, y esta vez vi en ella algo parecido al agotamiento.
—Porque cuando una guarda una silla durante treinta años, empieza a necesitar que alguien le diga que no está loca por seguir sabiendo dónde está.
Nicolás apoyó una mano en el vidrio.
Esa frase sí llegó; A él; A mí; A la casa entera.
No absolvía, pero explicaba una grieta.
—Valeria le dio eso —dije.
—Sí.
—Y se lo cobró.
Amalia asintió apenas.
El resto de la conversación fue menos elegante y más útil.
Amalia aceptó entregar todos los registros de acceso, correos con Valeria, contratos, inventarios, claves de carpetas y datos del depósito.
Nicolás no la perdonó. Llamó a su abogado.
Y, antes de que nos fuéramos, hizo algo que ninguno esperaba: le pidió a la empleada que trajera una caja.
La caja era pequeña, de conservación, color gris claro.
—No es para exposición —dijo Amalia, mirando a Nicolás—. No es para ti tampoco, si no quieres. Es una copia de los dibujos de Lucía. Los originales se quedan aquí por ahora. Las copias… quizá deben existir en más de una casa.
Nicolás no tomó la caja.
Durante unos segundos, pensé que no lo haría. Luego la aceptó con ambas manos, como si pesara mucho más de lo que pesaba.
—Gracias —dijo.
Amalia inclinó la cabeza. No había ternura visible, pero algo, muy lejos de la ternura, se había movido.
En el auto hacia el hotel, Nicolás dejó la caja sobre sus piernas y no la abrió. Yo tampoco se lo pedí. La lluvia resbalaba por las ventanas y Atlanta pasaba alrededor, gris, verde, dispersa. Después de muchos minutos, habló.
—Cuando dijo que no tenías hijos, quise destruir algo.
—Lo vi.
—No debiste detenerme.
—Sí.
—No tenía derecho.
—No. Pero si tú respondías desde mi herida, ella se quedaba con la escena.
Nicolás cerró los ojos, apoyando la cabeza contra el asiento.
—No sé cómo no odiarla.
—A tu madre.
—Sí.
—Quizá no tienes que empezar por no odiarla.
—¿Por dónde?
Miré la caja sobre sus piernas. —Por no dejar que su dolor siga decidiendo cómo usas el tuyo.
No respondió, pero tomó mi mano.
Esa noche, en el hotel, no hablamos mucho.
Comimos poco. Mara vino a recoger documentos, escuchó el resumen, llamó “depredadora de salón” a Amalia, luego admitió que lo de la silla tenía una tristeza real y que eso la enfurecía más porque las tristezas reales no impiden hacer daño.
Nicolás abrió la caja solo después de que Mara se fue y después de preguntarme si quería quedarme. Le dije que sí.
Los dibujos de Lucía eran torpes, vivos, llenos de animales imposibles: perros con alas, pájaros con dientes, casas con piernas, una niña bajo una manta roja, un sol negro con pestañas.
Nicolás los miró uno por uno; no lloró; sonrió una vez, apenas, frente a un dibujo de un caballo con seis patas y una corona. Me mostró el papel.
—Decía que así corría más rápido —murmuró.
Me senté a su lado en la cama del hotel, sin tocar los dibujos hasta que él me pasó uno. Eran dibujos de una niña. Eso los hacía más importantes, no menos.
—No tienes que hacer nada con esto —dije.
—Lo sé.
—Ni entenderlo hoy.
—Lo sé.
—Ni perdonar a tu madre.
—Eso lo sé más.
Apoyó la carpeta sobre la cama y se cubrió los ojos con una mano.
—Pero quizá puedo dejar de odiar la caja —dijo.
Ese era un comienzo; pequeño; suficiente.
Más tarde, cuando apagamos la luz, Nicolás me abrazó por detrás con una suavidad que todavía pedía permiso incluso en la oscuridad. No buscó más; yo tampoco; algunos, pensé, solo querían dejar de ser usados.
—No eres el padre de una ausencia —dije en la oscuridad.
Nicolás tardó en responder.
—Y tú no eres una mujer definida por no tener hijos.
Cerré los ojos. Sentí el cansancio, la tristeza, el alivio, la caja de Lucía sobre la mesa, la ciudad desconocida afuera, la presencia de Nicolás detrás de mí.
—Todavía no sé qué soy —murmuré.
Su mano se apoyó sobre la mía, abierta, sin cerrar.
—No lo nombres todavía.
Por primera vez, esa falta de nombre no me pareció una amenaza.
Me pareció espacio.