Nunca de nadie Capítulo doce — La inauguración #4
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Capítulo doce — La inauguración #4

—Mañana —dije.

—Mañana.

—Sin público.

—Sin cámaras.

—Sin muertos dando permiso.

Nicolás bajó la mirada, y cuando volvió a mirarme había algo parecido a una sonrisa triste. —Sin puertas ajenas.

Apoyé la cabeza en su hombro. Nos quedamos así hasta que Mara nos encontró, por supuesto, porque Mara tenía un talento casi sobrenatural para aparecer cuando una escena empezaba a parecer demasiado privada.

—No quiero interrumpir esta postal de trauma relativamente bien procesado —dijo desde la entrada—, pero Bruno está buscando a ambos y amenaza con dar una rueda de prensa él solo, lo cual sería una tragedia estética y legal.

—Vamos —dije.

Nicolás me ayudó a levantarme. Al salir de la sala, miré una vez más la rendija de luz y pensé que tal vez algunas habitaciones no se cierran para siempre, sino hasta que una aprende a no confundir entrar con conquistar.

La noche terminó cerca de las dos de la mañana.

Bruno insistió en que nadie durmiera solo.

Mara, práctica, reservó habitaciones en un hotel cercano con seguridad privada y acceso controlado.

Yo acepté antes de que alguien tuviera que convencerme.

No por miedo, aunque el miedo seguía allí, sino porque esa noche había aprendido que aceptar cuidado no siempre significaba entregar control.

Bruno se quedó en una habitación junto a Laura, según dijo, “por razones logísticas y porque ambos somos demasiado viejos para otra persecución emocional”.

Mara tomó la habitación más cercana al ascensor.

Nicolás quedó en el mismo piso, al otro extremo del pasillo. Yo, en medio.

Antes de entrar a mi cuarto, Nicolás se detuvo junto a mi puerta.

El pasillo del hotel era frío, impersonal, cubierto por una alfombra gris que no guardaba ninguna poesía. Después de la casa, la galería y tantos espacios cargados de significado, un pasillo feo de hotel me pareció un descanso.

—Mañana —dijo.

—Mañana.

No nos besamos, aunque queríamos hacerlo, porque no hacía falta tomarlo todo en cuanto aparecía. La puerta de mi habitación se cerró entre nosotros sin sentirse como una amenaza.

Dormí seis horas.

Sin sueños.

A la mañana siguiente, desperté con una luz pálida entrando por las cortinas del hotel y el teléfono lleno de mensajes, artículos, llamadas perdidas, instrucciones legales, comentarios de Bruno, notas de Mara y un solo mensaje de Nicolás.

“Estoy abajo. Sin prisa.”

Me quedé mirando la frase durante largo rato; sin prisa; eso era nuevo; para él; para mí.

Me duché, me vestí con ropa sencilla, bajé al lobby y lo encontré junto a una ventana, con dos cafés sobre una mesa. No estaba escondido, posando o mirando el teléfono, sino esperándome, y cuando me vio se puso de pie.

—Buenos días —dijo.

—Buenos días.

Nos sentamos; Miami seguía allí, hermosa, falsa, viva, excesiva, indiferente.

En algún lugar, Valeria estaría dando explicaciones o construyendo otras.

En la galería, la exposición empezaría su vida pública, con críticas, rumores, lecturas correctas e incorrectas, fotografías de las salas permitidas y especulaciones sobre la puerta cerrada.

Mara seguiría fingiendo que no le importábamos mientras organizaba nuestra supervivencia con listas; nada se había resuelto del todo.

Pero yo estaba sentada frente a Nicolás sin sentir que traicionaba a nadie.

Eso era bastante.

—No quiero ir a tu casa —dije.

Nicolás levantó los ojos.

—Ni a mi apartamento —añadí—. Quiero un lugar que no tenga fantasmas todavía.

Pensó un momento. —Conozco uno.

—¿Eso debería preocuparme?

—Probablemente.

—Bien.

Fuimos a un hotel pequeño frente al agua, no lujoso de una manera obvia, sino discreto, con pasillos claros, plantas reales, olor a sal y madera limpia.

Nicolás pidió una habitación con una naturalidad que no intentó disimular lo que ambos habíamos decidido, pero tampoco lo volvió espectáculo.

Ahora tenía que aprender a existir sin ser empujado.

Cuando entramos, dejé el bolso sobre una silla y caminé hasta la ventana. El mar estaba gris, no azul, moviéndose bajo una luz suave. Nicolás cerró la puerta, pero no puso el seguro hasta mirarme; asentí; entonces lo hizo.

—Aquí no hay fantasmas todavía —dijo.

—No prometas demasiado.

—No prometo. Observo.

Me volví hacia él. —Esa palabra sigue siendo peligrosa.

—Lo sé.

—Pero ahora puedes acercarte.

Nicolás no sonrió. Caminó hacia mí con una lentitud que no tenía nada de duda, y cuando estuvo frente a mí, levantó una mano y me tocó la cara, como la noche anterior, como en la galería, como en el estudio, pero esta vez sin que ningún otro relato nos empujara por detrás.

Yo apoyé la mano sobre su pecho y sentí su corazón, rápido, vivo, imperfecto.

—No soy tu salvación —dije.

—No quiero que lo seas.

—No eres mi permiso.

—No quiero serlo.

—No sé qué somos.

—Yo tampoco.

—Pero quiero averiguarlo.

Nicolás cerró los ojos un segundo, y cuando los abrió había en ellos una emoción tan desnuda que me dio miedo y ternura a la vez.

—Yo también.

Lo besé.

Esta vez no hubo caída ni castigo. Habíamos llegado allí sin que el miedo, Tomás o Valeria nos empujaran por la espalda. Solo quedaba averiguar qué hacían nuestros cuerpos cuando no tenían que defender una tesis.

Nicolás me quitó la chaqueta y la dejó sobre la silla. Sus dedos volvieron a mi cuello, pero ahora no temblaban por contención sino por algo más difícil de ocultar. Yo deslicé las manos bajo su camisa y sentí cómo se le cortaba el aire.

—Pensé demasiado en esto —dijo.

—Yo también. No lo arruines explicándolo.

Me besó con una intensidad que hizo retroceder mis piernas hasta la cama; no me acostó; esperó; yo tiré de él y caímos juntos sobre la colcha, riéndonos por el golpe torpe. La risa duró poco. Nicolás me apartó el cabello de la cara y me miró como si la luz del día volviera más serio cada gesto.

—Dime si algo cambia.

—Está cambiando todo el tiempo.

—Sabes a qué me refiero.

—Sí.

Le quité la camisa. Él desabrochó mi ropa despacio, besando la piel que iba dejando libre: el hombro, el centro del pecho, el vientre.

No había oscuridad que me permitiera fingir que aquello ocurría en otra parte.

El mar gris estaba detrás del vidrio; su boca, sobre mí; mis manos, abiertas en las sábanas.

Cuando llegó más abajo, lo detuve por el cabello. Nicolás levantó la mirada.

—No porque no quiera —dije—. Quiero verte.

Subió otra vez. Me besó y llevó mi mano entre nuestros cuerpos para que fuera yo quien marcara la presión y el ritmo. Esa obediencia no disminuía su deseo. Lo hacía más visible. Sentí cuánto me quería, cuánto se estaba conteniendo, y le pedí que dejara de hacerlo.

—¿Segura?

—Nicolás.

—Necesito oírlo.

—Sí. Estoy segura.

Buscó el preservativo sin soltarme del todo. Lo ayudé a abrirlo y, por un instante, la escena fue tan práctica que sonreí.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada. Me gusta que esto no parezca una obra.

—Es la mejor crítica que me has hecho.

Entró en mí despacio, mirándome. El primer movimiento fue casi una pregunta; el segundo ya conocía parte de la respuesta.

Lo rodeé con las piernas y llevé una mano a su espalda.

Quise recordar la textura exacta de ese momento: la respiración de Nicolás contra mi boca, la claridad sobre las sábanas, el sonido del agua detrás del vidrio, el placer creciendo sin culpa suficiente para contenerlo.

Le pedí más cerca, luego más fuerte. Me escuchó sin volver cada palabra solemne.

Cuando el placer me hizo cerrar los ojos, Nicolás dijo mi nombre, no como advertencia ni como permiso, sino como si también él necesitara una cosa concreta a la cual aferrarse.

Volví a mirarlo. Llegamos desordenados, sin sincronía perfecta y sin necesidad de fingirla.

Después se quedó sobre mí solo un instante, el peso sostenido en los brazos, la frente pegada a la mía. Lo abracé antes de que pudiera apartarse.

Después, mucho después, cuando la luz había cambiado sobre el mar y la ciudad empezaba a encenderse al otro lado de la ventana, me quedé despierta junto a Nicolás, con la cabeza apoyada en su pecho y una calma que no era paz, porque la paz todavía me parecía una palabra demasiado grande, sino descanso.

Un descanso breve, real, sin coartada. Él me acariciaba el brazo con una lentitud casi distraída, y yo sentía bajo la mejilla el ritmo de su respiración, vivo, constante, sin exigir que yo lo convirtiera en símbolo de nada.

—Tengo miedo —dije.

Su mano no se detuvo. —Yo también.

—De repetir cosas.

—Sí.

—De no saber cuándo una entrega se vuelve renuncia.

—Lo aprenderemos mal algunas veces.