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VEINTIOCHO

Leandro llega a las doce y cincuenta y cinco.

Trae consigo un ramo de margaritas blancas y amarillas que parecen recién cortadas, una caja de dulces finos envueltos en el característico papel marrón de su paladar y viste la misma camisa blanca de lino con la que se presentó el veintinueve de enero en esta casa.

Noto, sin embargo, un matiz diferente: un aroma ligerísimo a jazmín que no llevaba aquella primera vez y que se mezcla con el olor a limpio de su ropa.

Mi abuela abre la puerta con una solemnidad inusual.

Ya se ha quitado el delantal de combate y luce un vestido azul marino de corte impecable que no sacaba del armario desde el año dos mil veinticuatro.

Le estrecha la mano a Leandro durante cinco segundos exactos; en el protocolo no escrito de las familias cubanas, esa es la extensión de tiempo reservada exclusivamente para los yernos que han pasado la primera inspección.

—Abuela —saludo al verla.

—Niña.

—Leandro —dice él con un asentimiento respetuoso.

—Doña Enriqueta.

—Muchacho, pasa adelante. Deja las margaritas a la niña, que ella sabrá dónde ponerlas. Los dulces los pongo yo en la cocina para que no se calienten.

Entramos en el salón. La mesa está dispuesta para tres comensales con el mantel de hilo bordado de los domingos.

Las cuatro copas del juego bueno de porcelana azul y crema brillan bajo la luz.

Sin embargo, hay un cuarto sitio en la silla principal de la cabecera que rompe la simetría: una tableta digital está apoyada contra un portavela de madera labrada.

La pantalla está encendida, con la aplicación de videollamada abierta y en espera.

«Marisol Prieto Ferrer, cuatro mujeres van a tomar la palabra hoy en esta mesa y tú eres una de ellas. Respira hondo».

—Abuela... ¿qué hace esa tableta ahí? —pregunto señalando el dispositivo.

—Niña, Niurka Castillo Valdés se conecta a la una en punto. El almuerzo empieza a las dos menos cinco, con esa puntualidad camagüeyana que ella tanto defiende.

—Abuela, esto es...

—Niña, siéntate de una vez. Leandro, ponte a la derecha de la niña.

Yo ocuparé mi lugar habitual en la cabecera.

Niurka, desde la pantalla, queda en el cuarto lado.

Hemos decidido que ese es el lugar protocolar de las abuelas camagüeyanas cuando asisten por medios electrónicos.

Es un detalle que hemos negociado ella y yo durante toda la semana, así que no me pongas esa cara.

Nos sentamos en silencio. Leandro evita mi mirada; está tan tenso como yo.

Ambos cargamos con el peso de dos confesiones maternas recibidas en las últimas treinta y seis horas.

La suya ocurrió el sábado por la mañana a través del teléfono.

La mía es la de esta tarde, una revelación que todavía no ha comenzado pero que mi abuela ya ha anunciado mediante la cuidadosa disposición de los comensales.

—Niña —dice mi abuela mirándome fijamente.

—Dime, abuela.

—Lo de tu padre...

—Abuela, por favor, eso lo hablamos luego —le interrumpo, sintiendo un nudo en la garganta.

—Escúchame bien, Marisol. Te he pedido una sola cosa importante durante toda mi vida.

—Lo sé.

—Y hoy te pido la segunda.

Me quedo inmóvil en la silla. Leandro, a mi derecha, mantiene una neutralidad absoluta. Sabe desde enero que esta casa tiene un protocolo interno que él debe respetar simplemente porque no le pertenece.

—Dígame qué es lo que quiere, abuela.

—La segunda petición es que hoy, en esta mesa, dejes que Niurka y yo les contemos a ti y a Leandrito todo lo que hemos estado tramando desde septiembre del veinticinco.

Tú, Leandrito, ya escuchaste la mitad ayer de boca de tu madre.

La otra mitad la voy a relatar yo ahora mismo.

Niña, tú vas a escucharlo todo entero por primera vez.

Y lo de tu padre, Marisol, te doy mi palabra de que lo trataremos después de los postres. Te lo prometo.

—Está bien, abuela. Acepto.

—Gracias, mija.

A la una en punto, la tableta emite un sonido rítmico.

Mi abuela pulsa el botón verde con decisión.

En la pantalla aparece Doña Niurka Castillo Valdés.

Viste un traje azul marino casi idéntico al de mi abuela; una coincidencia estética que ambas han negociado con antelación y que ninguna de las dos se molestará en explicar.

Está sentada en su cocina de Camagüey, con una tacita de café al lado.

—Hija —saluda Niurka con una sonrisa radiante.

—Hola, Niurka.

—Leandrito, mijo.

—Hola, mamá.

—Enriqueta, ¿cómo está todo por allá?

—Todo en orden, Niurka. Empezamos.

Las dos abuelas se saludan con la familiaridad de quienes llevan cinco meses compartiendo confidencias. Yo, sentada a la mesa, conozco a todos los personajes de este drama y, por primera vez en treinta y dos años, siento que no soy el personaje principal de mi propia historia.

Mi abuela sirve los tres platos emblemáticos de la casa: ropa vieja, congrí y plátanos maduros fritos. Coloca un cuarto plato simbólico frente a la tableta. En Camagüey, Doña Niurka ha hecho lo mismo; aparece en pantalla comiendo en perfecta sincronía con nosotros.

Empezamos el almuerzo. A la mitad del primer plato, mi abuela deposita el cuchillo sobre el mantel con el canto de la hoja hacia arriba. Es un gesto judicial que reserva exclusivamente para los anuncios de gran calado.

—Niña, escucha —comienza mi abuela—. En septiembre del año pasado, Niurka me llamó por teléfono desde Camagüey. Lo hizo porque una amiga suya, Migdalia, le había facilitado mi número. Tú ya conoces a Migdalia, Marisol. Es la tía de Yadira.

—Abuela, ¿qué me está diciendo?

—Escucha hasta el final, no me interrumpas.

—¿Yadira sabía todo esto? —pregunto, sintiendo una punzada de traición.

—Yadira lo sabía desde el principio, niña.

Ella nos ayudó. Fue Yadira quien le comentó a su tía Migdalia, allá en Camagüey el veinte de agosto, que conocía a una abogada habanera con una soltería tan profesional que le parecía preocupante.

Pensó que tu vida sería más manejable si aparecía un hombre que corriera en paralelo a tu carrera.

Yadira no me lo dijo a mí directamente; se lo dijo a su tía.

La tía se lo contó a Niurka y Niurka me contactó a mí. Ahora te toca a ti procesarlo.

Me quedo con el tenedor suspendido en el aire. Leandro baja el suyo lentamente hacia el plato. Doña Niurka, desde la pantalla de la tableta, toma la palabra con esa autoridad tranquila que posee.

—Hija, tienes que entender que Yadira fue la chispa inicial. Eso es fundamental que lo sepas. Ni Enriqueta ni yo habríamos dado el primer paso sin su diagnóstico.

—Niurka, con todo respeto —replico—, Yadira es una psicóloga clínica de prestigio. Ella no se dedica a intermediar con tías para buscarle marido a sus amigas.

—Como profesional no lo hace, Marisol. Pero como tu amiga de toda la vida, lo hizo una sola vez. Se tomó la precaución de no contártelo nunca y puso como condición que, pasara lo que pasara, tú jamás te enterases por ella.

—Explíquese mejor, por favor.

—Yadira vino a ver a tu abuela dos meses antes de llamar a Camagüey —continúa Niurka—.

Apareció en esta casa con tres libros de psicología bajo el brazo para hablar con Enriqueta.

Te conocía demasiado bien y sabía que habías vuelto al bufete en enero con una expresión que ella ya había visto en demasiadas consultas privadas.

Yadira le dijo a tu abuela: «Doña Enriqueta, su nieta ha decidido, sin ser consciente de ello, dejar de confiar en los hombres que se quedan.

Eso es un patrón destructivo que no se cura en una oficina.

Se cura con un hombre que aparezca en el momento justo y de la forma adecuada».

Enriqueta me repitió esa frase por teléfono y yo la tengo anotada.

—No hace falta que me la lea, Niurka. La creo.

Mi abuela retoma el hilo de la narración.

—Yadira acudió a mí porque sabía que tú no la ibas a escuchar.

Me preguntó si conocía a algún muchacho cubano de más de treinta años que me pareciera diferente, alguien con sustancia.

Al principio le dije que no. Ella insistió: «Doña Enriqueta, por favor, haga memoria».

Pensé durante dos días seguidos. Entonces me acordé de un muchacho al que le había tramitado los papeles de propiedad de un paladar hacía seis años, y que había vuelto una tarde a consultarme sobre un piano de una antigua clienta mía.

Leandro Bermúdez Castillo, del Fogón del Vedado.

Me presenté en el restaurante una tarde, sin avisar.

Lo observé trabajar. Volví a casa y llamé a Migdalia a Camagüey.

Sabía que ella lleva cincuenta años casada con Héctor Bermúdez, que resulta ser primo segundo de Leandrito.

Bajo el tenedor definitivamente. El plato de ropa vieja se enfría ante mis ojos.

La red cubana se despliega frente a mí como un complejo sistema de líneas en un mapa estratégico.

Todos los puntos clave de los últimos seis meses estaban dibujados y conectados mucho antes de que yo pusiera un pie en aquel paladar el diecinueve de enero.

—Abuela —murmuro—, ¿Leandro sabía todo esto?

Leandro, que ha permanecido en un silencio sepulcral, interviene por primera vez.

—Marisol, escúchame. Lo del contacto entre mi madre y tu abuela lo supe ayer mismo por teléfono. Lo de la implicación de Yadira lo estoy descubriendo ahora, al mismo tiempo que tú. Y lo de Migdalia y mi primo de Santa Clara... también es novedad para mí.

—¿De verdad? —pregunto buscándole los ojos.

—De verdad. Me estoy enterando de los detalles técnicos en este preciso instante.

«Marisol Prieto Ferrer, la red de abuelas y amigas ha sido mucho más astuta que tú y que él juntos durante medio año».