Nuestro juego ganador Capítulo 29 — Hunter
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Capítulo 29 — Hunter

—No va a poder resistirse a publicar al menos la noticia de que estamos juntos —comenté, poco más de una hora después de que arrestaran a Lucca.

Blake descubrió que sí, el maldito representante había logrado enviar dos fotos nuestras a Carly Pinkless antes de que le bloquearan todas las redes sociales y el correo electrónico.

Recurrimos de nuevo al padre de Laila, y ahora mismo un ejército de sus abogados y los de Taylor estaban amenazando a la periodista con un millón de demandas si publicaba las fotos, pero aún no estábamos seguros de nada, y dentro de unos minutos tendríamos que dejarlo todo atrás para dedicarnos a los juegos y eventos finales.

—Mira, mi consejo sería que lo anunciarais vosotros mismos.

Perderá la emoción de ser la primera y se desanimará un poco.

La amenaza de demandas debería frenar las fotos, o al menos hacer que las publique difuminadas —comentó Luna Ortiz.

Ella también era periodista; de hecho, trabajaba para Pinkless indirectamente, como becaria en la cobertura de estas Olimpiadas.

Luna, sin embargo, tenía decencia, a diferencia de su jefa, y además estaba saliendo con Oliver Kenji, otro jugador de baloncesto del equipo nacional, así que podíamos contar con ella como aliada.

—Estoy de acuerdo. Podemos hacer una publicación conjunta anunciando que somos un trío y listo, que el mundo explote.

Mientras tanto, Blake y mi padre se encargan de Carly y nosotros nos concentramos en ganar —coincidió Laila, y le sonreí con ternura.

Los dos nos volvimos entonces hacia Taylor, apoyado contra la pared del dormitorio con los brazos cruzados, y esperamos su decisión.

El hombre parpadeó varias veces y de repente parecía... avergonzado. Lo cual me hizo fruncir el ceño.

—Pero ¿estamos...? Eh... ¿lo estamos? Ya sabéis... ¿Oficialmente juntos? —soltó la pregunta que parecía haberlo estado torturando. Laila y yo nos reímos al intercambiar una mirada, e ignoré a las demás personas en la habitación para acercarme a Tay.

—Ay, cariño, ¿de verdad pensaste que te íbamos a dejar escapar? —pregunté, y vi cómo se le aceleraba la respiración.

—No sé... nosotros... acordamos que era solo sexo, pero luego vino todo este lío y...

—Tay, esto dejó de ser «solo sexo» hace mucho tiempo. En realidad, no creo que lo haya sido nunca —le aseguró Laila mientras le ponía una mano sobre el pecho. Imité el gesto y los dos sentimos su corazón acelerado.

—Para mí nunca lo fue —confesó en voz baja, y no pude resistirme a robarle un beso rápido en sus labios carnosos.

—Entonces ya está, que todo el mundo lo sepa y se muera de envidia —decidí, pero incluso en medio de la emoción de sus ojos, todavía vi una pequeña chispa de miedo.

—¿Estáis seguros? Podríamos esperar más, pasar más tiempo juntos antes de hacer algo tan drástico.

Por el rabillo del ojo, vi a Laila resoplar.

—¿Nos ves dudar? No, ¿verdad? ¡Pues claro que estamos seguros!

—¿Y vuestras familias? ¿No queréis prepararlas primero? Con fotos íntimas o no, seguirá siendo una bomba —insistió, pero la gimnasta y yo nos encogimos de hombros al mismo tiempo.

—Mi familia ya lo sabe, obviamente. Mi padre no puede ocultarle nada a mi madre, y mi madre es prácticamente la central de cotilleos de la familia, así que todos mis hermanos ya deben de estar al tanto de la situación —dijo Laila, y contuve una risa, porque la señora Maya era todo un personaje.

—Y mis padres están demasiado ocupados consigo mismos.

Si sale en la tele, puede que se enteren y me llamen para preguntar si es verdad, pero creo que esa sería la mayor reacción que conseguiríamos de ellos —dije, despreocupado.

Hacía tiempo que había dejado de preocuparme por la poca atención que mis padres me dieron de pequeño y me siguen dando.

Son así y no hay nada que hacer. Mi verdadera familia era Laila, y ahora Taylor.

El jugador nos estudió durante otro minuto entero en un silencio tenso, alternando la mirada entre uno y otro. Cuando ya estaba perdiendo la paciencia, por fin se dibujó una sonrisa preciosa en su rostro.

—De acuerdo, entonces. ¿Queréis salir conmigo, Laila Malik y Hunter Baker? —preguntó, adorable. Ni siquiera me molesté en responder; simplemente los envolví a los dos en un abrazo apretado, seguido de besos llenos de emoción por parte de ambos.

—Y tú, ¿quieres ser nuestro novio, Taylor Anthony Carter? —preguntó la gimnasta a su vez después de que nos separáramos un poco. Taylor asintió sin perder la enorme sonrisa—. ¿Y tus padres?

Eso le hizo morderse el labio inferior, en una expresión que mezclaba diversión y un poco de aprensión por lo que venía.

—Bueno, lo vamos a descubrir en cualquier momento, ya que probablemente acaban de aterrizar en París. Van a ver los juegos, incluidos los vuestros —advirtió, y se me cayó la mandíbula.

—Genial. Solo un poco de presión extra, tener a los suegros mirándonos —comenté, mientras Laila dejaba escapar un pequeño quejido. Taylor se rio y volvió a rodearnos con sus brazos, apretándonos contra su pecho.

—Todo va a salir bien. Somos increíbles —nos aseguró, y sonreí, tranquilo, porque era verdad.

—Somos increíbles. Y vamos a llevarnos a casa todas las medallas posibles —añadí, y cerré los ojos cuando me besó la frente con suavidad.

—Así es. El trío más polémico y ganador que existe.

¡El mundo apenas puede esperar! —dijo Laila, emocionadísima, y todos nos reímos.

Dejé que la sensación de alegría y bienestar sustituyera todo lo malo que había pasado en los últimos días, y que solo el amor y la determinación permanecieran en mi pecho.

Laila

¿Quién dijo que salir con dos atletas olímpicos era buena idea? ¡Por todos los dioses, iba a tener un infarto antes de los veinticinco!

Ya era suficiente haber sobrevivido al lío con Lucca y Carly, y luego también al anuncio oficial de nuestra relación de tres (del que, por cierto, todavía no sabía bien las repercusiones, ya que no había entrado en las redes sociales después de publicar una foto bonita que nos hicimos juntos en los Jardines de Luxemburgo), y encima me había enfrentado a las dos rutinas grupales de la final de gimnasia.

Había sido increíble, por cierto, y ahora lucía una preciosa medalla de plata alrededor del cuello. Solo perdimos ante el grupo brasileño, que estuvo verdaderamente perfecto, así que no me sentía menos increíble por el logro.

Yo era la maldita mejor gimnasta del mundo en el concurso completo individual.

Y mi equipo era el segundo mejor de todo el planeta.

Parecía un sueño, de lo maravilloso que era.

Hunter también acabó con la medalla de plata, después de que Brasil lograra remontar en los últimos sets y vencer a EE. UU. tres a dos.

¿Estábamos los dos un poco traumatizados por los brasileños? Sí, pero se nos pasaría. Sobre todo si podía volver al restaurante de Charlie y Cristina y dejar que la brasileña me consolara con pan, queso y brigadeiro.

Y siempre habría unos próximos Juegos Olímpicos, ¿verdad? Que de hecho serían en Los Ángeles, y tendríamos la ventaja de un público local animándonos con todo.

Sin embargo, nada de eso bastaba para mantenerme tranquila mientras veía la final de baloncesto.

—Si ese número diecisiete empuja a Taylor una vez más, te juro que bajo a patearle la espinilla —amenazo, indignada, mientras veo a mi novio sufrir su segunda falta seguida. Hunter y Tony se ríen por lo bajo, pero Michelle me hace un gesto de aprobación.

Sí, hablando de un día con demasiadas emociones, aquí estaba yo viendo un partido al borde de la cancha junto a mi nueva suegra.

Dios, qué lío.

No había tenido tiempo de hablar con ellos sobre Lucca, y agradecía que ninguno de los dos sacara el tema durante los partidos. Eso podía esperar; la victoria de nuestro Taylor, no.

Cuando comienza el último cuarto del partido, ya he gritado, saltado, maldecido y animado tanto que estoy a punto de quedarme afónica. Pero vale la pena, porque vamos adelante 70 a 62 y el equipo se ve más compenetrado que nunca. Es una maravilla.

La emoción en cada punto o jugada bien ejecutada. Las palabras de apoyo que se lanzaban. Las ganas y la determinación de conseguir esa victoria que sabían suya; solo necesitaban confirmarla con unos minutos más.

Estaban cansados, eso era obvio, porque Alemania no iba a rendirse hasta el último segundo, pero los estadounidenses tampoco, y punto a punto, la lucha continuaba.

Daniel mete una canasta de espaldas que me deja boquiabierta. Kenji roba balones como quien le quita un caramelo a un niño. Cameron hace pases perfectos directamente a las manos de sus compañeros. Y Bennett y Taylor parecen compartir el mismo cerebro, con una sincronía que no parece real.

Cuando solo quedan sesenta segundos para que todo termine, me aferro a Hunter y hundo el rostro en su pecho.

Mi lado racional sabe que no hay tiempo suficiente para que el partido dé un vuelco en tan pocos segundos, pero no puedo relajarme mirando a Taylor.

Su mandíbula apretada y sus ojos profundos y concentrados en cada oportunidad de canasta me mantienen en tensión constante, y Hunter también estaba inquieto a mi lado.

Era como si estuviéramos allí en medio de la cancha con él, esforzándonos juntos, sintiendo todo al mismo tiempo y con la misma intensidad.

Cameron lanza entonces un último balón hacia la canasta, y entra justo cuando el árbitro pita el final del partido.

82 a 73.

Estados Unidos se llevaba la medalla de oro.

Taylor ganó.

Ganamos.

¡Dios mío, Dios mío, Dios mío!

El pabellón estalla en gritos de alegría, incluidos los míos, los de Hunter, los de Michelle y los de Tony. Lágrimas de pura felicidad y triunfo me resbalan por la cara mientras abrazo a quienes me rodean y veo a los jugadores celebrar.

No puedo quedarme quieta, así que agarro la mano de Hunter y lo arrastro hacia el centro de la cancha, donde está Taylor.

En el momento en que nuestros ojos se encuentran, es pura magia, de tanto amor y felicidad que irradiamos.

Me lanzo a sus brazos sin una pizca de vergüenza y lo beso con ansia.

Lo beso delante de todos como llevo tanto tiempo deseando y por fin puedo.

Mis brazos se aferran a su cuello mientras Taylor también se entrega al beso.

Siento el calor de la mano de Hunter en mi espalda y sé que nos está abrazando a los dos, y me siento tan completa y feliz que parece imposible.

Parece un sueño.

Uno del que no quiero despertar jamás.

Rompo el beso solo cuando ya me falta el aire, y Taylor me regala la sonrisa más hermosa del mundo.

Le acaricio las mejillas, pero al instante siguiente es Hunter quien posa una mano grande en el rostro del jugador.

Taylor aparta la mirada de la mía, sin que su sonrisa mengüe ni un ápice, y es el turno de Hunter de besarlo.

Me quedo en ese abrazo apretado, viendo desde el mejor asiento de la casa cómo los dos hombres que amo también se aman entre sí, y el corazón me da un vuelco de la emoción.

Eran míos.

Yo era suya.

Ya no teníamos que ocultar este amor a nadie.

Y éramos los malditos mejores del mundo.

No podía haber mayor felicidad que esta.

Me pierdo en esa celebración, y sé que en algún momento acabo sobre los hombros de mis novios, cada uno con su medalla en el pecho y nuestras sonrisas más grandes que la Torre Eiffel.

Es Bennett quien captura la foto de ese momento, y al ver lo increíble que ha quedado, se lo agradezco a él y a Lex con un beso sonoro en la mejilla de cada uno.

—No me quejo, pero ¿por qué a mí también? —pregunta el jugador, mirándome divertido.

Me encojo de hombros.

—Ya sé que él sin ti como que no existe, así que lo considero un pack —digo, y Lex se queda en silencio unos segundos. Bennett esboza una enorme sonrisa y me guiña un ojo.

—Bueno, no es mentira —coincide, y veo cómo la fachada de chica dura se le derrite al instante mientras se lanza de nuevo a los brazos de su novio.

Con una sonrisa, prácticamente voy dando saltitos hasta Hunter y Taylor y les tiendo los brazos para que me levanten, cosa que hacen de inmediato. Con un brazo alrededor de cada cuello y los suyos en mi cintura, respiro hondo y confieso:

—Os quiero.

Veo cómo los ojos de Taylor se llenan de lágrimas antes de que baje un poco la cabeza, hasta que nuestras frentes se tocan.

—Os quiero tanto a los dos que siento que no me cabe dentro —revela, y el corazón me retumba en el pecho. Hunter entonces le devora la boca, y luego hace lo mismo conmigo. Solo entonces alza la mirada y nos observa antes de declararse también.

—Y yo os quiero. Más que a nada. Hoy y siempre.

—Hoy y siempre —repetimos Taylor y yo al unísono.

Y de repente, lo que empezó como uno de los peores días de nuestras vidas acaba siendo el mejor.