Nuestro juego ganador
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Prólogo — Taylor
Tres años antes — Juegos Olímpicos de Tokio
Si alguien me pregunta cómo terminé con una mano en una polla y la otra en un coño, no podría decírselo.
Vale, eso es mentira. Sí lo sé. Conocí a Laila y Hunter en mi primer día en Tokio.
Nos alojábamos en el mismo hotel y teníamos amigos en común.
Me parecieron atractivos los dos desde el primer momento, obviamente.
Hunter es jugador de voleibol, un rubio de casi dos metros, con ojos claros y una sonrisa demasiado seductora.
Laila es todo lo contrario: gimnasta rítmica, no debe medir más de metro sesenta, piel morena, cabello negro que le llega hasta las caderas, y suele llevar una expresión dulce y amigable.
Pura fachada, porque cuando sonríe y entrecierra los ojos, muestra un lado perverso.
El pánico bisexual fue inmediato, pero se presentaron como pareja desde el principio, así que ni siquiera consideré intentar algo más allá de la amistad. Hasta que ocurrió la primera fiesta olímpica y los pillé besando al mismo tipo.
No pude dejar de mirarlos. El corazón me latía con fuerza, me sudaban las manos, y me costó horrores controlar la erección. Los miré tanto rato que cuando el otro tipo se fue, yo seguía con los ojos clavados en ellos, y me tocó a mí que me pillaran como un maldito voyeur.
Laila fue la primera en verme, y me dedicó su sonrisa diabólica antes de caminar hacia mí, arrastrando a Hunter con ella.
—Reconozco una mirada de deseo cuando la veo —anunció, deteniéndose frente a mí. Tragué saliva e intenté balbucear una respuesta.
—Yo... eh... —empecé, pero la sonrisa de Laila se ensanchó antes de interrumpirme.
—Lo que no sé es si te pongo yo... —dijo, mirándome de arriba abajo—. O Hunter... O los dos.
Dejó la pregunta flotando en el aire, y yo solo pude mirar de uno a otro, aterrorizado.
Sabía que me atraían los chicos y las chicas desde adolescente, pero como me habían metido en el mundo del baloncesto desde niño, siempre supe que nunca podría permitirme explorar eso. Seguía siendo un entorno profundamente sexista y homofóbico.
Así que... bueno... nunca había besado a un chico. Mucho menos me había acostado con uno. Tenía demasiado miedo de que todo se filtrara y acabara con mi carrera antes de que siquiera tuviera la oportunidad de despegar.
Mientras me perdía en ese torbellino de pensamientos, Hunter tomó la palabra.
—Creo que somos los dos, mi amor —dijo el rubio, apoyando el brazo sobre los hombros de su novia. Me estremecí ligeramente cuando él me miró fijamente.
—Yo también lo creo, cariño —coincidió Laila, poniéndose de puntillas para acercar el rostro al mío y susurrarme—: ¿Alguna vez has estado con una pareja, Taylor?
—N-no —logré responder en voz baja, viendo a Laila morderse el labio inferior.
—¿Quieres probar? —ofreció, y contuve la respiración unos segundos antes de asentir—. ¿Aquí? —preguntó, y se me abrieron los ojos como platos.
—No, aquí no.
—¿En nuestra habitación? —sugirió, y se me puso la piel de gallina cuando dije «sí» y recibí sonrisas diabólicas de los dos.
Y así fue como terminé enredado entre dos personas.
Esa primera noche, no pude llegar hasta el final.
Entré en pánico después de que Hunter me la chupara y me diera cuenta de lo mucho que me había gustado.
Salí corriendo a mi habitación y pasé la mayor parte del día evitándolos.
Pero esa noche... Esa noche ya no pude seguir mintiéndome. Quería más. De los dos.
Así que llamé a la puerta de la habitación que compartían y les dije que quería intentarlo de nuevo. Y dijeron que sí.
Le chupé la polla a Hunter mientras Laila me la chupaba a mí esa segunda noche.
Me follé a Laila mientras le hacía una paja a Hunter en la tercera.
Hicimos doble penetración con ella en la cuarta.
Y hoy... Hoy quiero aún más. Y por eso estoy arrodillado en la cama ahora mismo, con el jugador de voleibol tumbado a mi izquierda y la gimnasta a mi derecha.
Saco los dos dedos del coño de Laila y llevo la mano resbaladiza a la polla del rubio, que sisea al verlo.
Con sus fluidos, la mano se desliza mucho más fácilmente por toda su polla, y me encanta.
—Chupa. Quiero verte saborear a los dos a la vez —ordena Hunter, y sonrío con suficiencia antes de obedecer y metérmela hasta donde puedo.
Hunter gime, y siento la pequeña mano de Laila hundirse en mi pelo, tirando de los mechones para controlar cómo se la chupo.
Es tan erótico que probablemente podría correrme solo con esto, pero me contendré.
Tengo planes mucho mejores para esta noche.
Quiero follármelos a los dos.