Nuestra historia desde la oscuridad a las estrellas ✦ CAPÍTULO 5 ✦
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✦ CAPÍTULO 5 ✦

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Brisa marina, sombrillas y el primer chat

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La mañana siguiente amaneció con esa luz tan característica de Málaga, limpia y luminosa, reflejándose sobre la superficie del mar.

Tal como habíamos quedado la noche anterior, Elena y yo pusimos rumbo a la playa con nuestras cosas, dispuestas a caminar por la orilla y desgranar cada segundo de lo ocurrido pocas horas antes.

Mientras el sonido de las olas nos envolvía, el tema de conversación era obvio. No podíamos hablar de otra cosa.

—¿Ves como ir valía la pena? —me dijo Elena con una sonrisa de oreja a oreja, recordando lo bien que había encajado todo con Alberto.

Yo asentí, sintiendo cómo el calor del sol disipaba los últimos restos de la melancolía que me había acompañado semanas atrás.

Pero la jugada maestra ya estaba en marcha.

Elena, con esa habilidad innata suya, había conseguido hablar con Alberto y, de rebote, se había hecho con el número de Iván.

A partir de ahí, todo se confabuló: entre mensajes cruzados de presentación, hablando de nuestras edades y de cómo nos había tratado la vida, quedó claro que estábamos en la misma playa.

Todo, por supuesto, perfectamente planeado (y orquestado) por Elena.

No tardamos en quedar en la misma zona de arena. Aparecieron por allí dispuestos a darse unos buenos chapuzones y seguir con la charla. Pasamos un rato estupendo entre risas en el agua, reviviendo los mejores momentos de la noche anterior y poniéndonos al día con total naturalidad.

Recuerdo que, en un momento dado, entre broma y broma, Iván me había preguntado si iba bien equipada para el sol.

Y tanto que lo iba: aparecí pertrechada con todo lo necesario para que él no sufriera las consecuencias del calor malagueño, empezando por una buena sombrilla que se convirtió en nuestro refugio particular.

Estuvimos un buen rato compartiendo risas y bromas bajo la sombra, pero todo lo bueno de ese día fugaz tuvo un límite: ellos tenían que marchar antes y se despidieron.

Nosotras aguantamos apenas veinte minutos más recogiendo las cosas antes de emprender también la retirada.

Aquella tarde improvisada en la arena dejó el terreno abonado; la conexión ya era innegable y el hilo invisible entre nosotros había quedado definitivamente tenso.

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