Novio de alquiler (amor incluido) (Serie amores divertidos 2) CAPÍTULO 24
97%

CAPÍTULO 24

Plantaron los cerezos nuevos a finales de abril, cuando la tierra de Wisconsin por fin se ablandaba lo suficiente para cavar sin pelear contra el hielo residual del invierno, en la parte alta del huerto donde antes solo había hierba, con una ceremonia improvisada que reunió a más gente de la que Marnie había anticipado para plantar, literalmente, un puñado de árboles.

—No hacía falta invitar a todo el pueblo para esto —le dijo a Desmond, viendo llegar la camioneta de Walt cargada con palas de más, seguida del coche de Cheryl con una nevera portátil llena de limonada.

—Inténtelo usted de convencer a Walt de que no venga a un evento relacionado con el huerto. Yo lo intenté por teléfono ayer y me colgó a media frase.

Plantaron doce árboles en total, en una hilera perfectamente recta que Walt había ayudado a trazar con una precisión casi militar, y cuando llegó el momento de plantar el primero, el que quedaría más cerca del camino, Desmond insistió en hacerlo él mismo, con las manos desnudas en la tierra, sin guantes, exactamente como Marnie le había enseñado semanas atrás con la fumigadora.

Percy llegó a media mañana con Theo, a quien todavía nadie del huerto conocía bien, un hombre callado y de risa fácil que se ofreció a ayudar con las palas sin que nadie se lo pidiera, y que Dot evaluó con la misma mirada de francotirador que había dedicado a Desmond meses atrás, aunque esta vez con un veredicto mucho más rápido.

—Este también sirve —anunció Dot, después de verlo cargar dos sacos de tierra abonada sin quejarse—. Buena postura, buenas manos. Percy tiene buen ojo, al final, aunque le costó unos años encontrarlo.

Theo, que todavía no conocía del todo las costumbres directas de Dot, se quedó un momento sin saber cómo reaccionar, mirando a Percy en busca de una traducción.

—Es un cumplido —le confirmó Percy, riéndose—. Viniendo de Dot, es prácticamente una bendición matrimonial.

—Entonces, gracias, supongo. —Theo le tendió la mano a Dot, con una formalidad que ella aceptó con un gesto aprobatorio—. Percy me ha hablado mucho de usted. Dice que es la persona que de verdad mantiene este huerto funcionando.

—Percy exagera, pero no del todo. —Dot le devolvió el apretón de manos con una fuerza sorprendente para su edad—.

Bienvenido a la familia, jovencito. Espero que sepas en lo que te estás metiendo, casándote con una Kowalski.

Son todas testarudas hasta la médula, empezando por la que tienes delante de ti ahora mismo.

—Dot —protestó Percy, colorada.

—¿Qué? Es un cumplido, cielo. Tómatelo como tal.

Cheryl trajo café de verdad además de la limonada, insistiendo en que un trabajo de mañana entera merecía algo con cafeína, y el señor Abernathy se sentó en su silla plegable de siempre, en el borde del terreno recién removido, supervisando la operación entera con comentarios ocasionales sobre la profundidad correcta de los hoyos que nadie le había pedido pero que todos escucharon con la paciencia acumulada de quien conocía al hombre desde hacía décadas.

Cuando terminaron de plantar el último árbol, ya pasado el mediodía, con la ropa de todos cubierta de tierra y las manos doloridas del esfuerzo, se sentaron todos juntos en sillas plegables improvisadas frente a la nueva hilera, admirando el resultado con el mismo orgullo colectivo que habían mostrado, meses atrás, montando el puesto para el Baile de la Luna de la Cosecha.

—Doce árboles —dijo Walt, contemplando la hilera recién plantada con satisfacción—. Van a tardar unos años en dar fruta de verdad, pero cuando lo hagan, va a ser la mejor cosecha de todo el huerto. Ya lo veréis.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Desmond, con curiosidad genuina.

—Porque los... —Walt se detuvo un segundo, buscando las palabras—. Porque los árboles plantados con este cariño siempre dan la mejor fruta. Es la única ciencia agrícola en la que confío de verdad, y llevo cuarenta años comprobándolo.

—Este es para ti, abuela —dijo, en voz baja, apenas audible para nadie más que Marnie, que estaba arrodillada a su lado ayudando a sostener el joven árbol mientras él terminaba de cubrir las raíces—.

Espero que desde donde estés puedas ver que, al final, sí que aprendí la diferencia entre moverse y quedarse.

La oficina de Sturgeon Bay había abierto sus puertas en enero, un local pequeño de dos habitaciones a quince minutos del huerto, con Yolanda viajando cada dos semanas desde Chicago para supervisar las operaciones y una nueva contratación local, una mujer de Green Bay llamada Simone que había resultado tener un talento natural para gestionar los casos más delicados de la región.

Desmond dividía su tiempo entre las dos oficinas, con más semanas en Wisconsin que en Chicago según pasaban los meses, y el negocio, lejos de resentirse por la reducción de su presencia constante en River North, había crecido un quince por ciento en el primer trimestre del año, algo que Yolanda atribuía, medio en broma, «a que por fin pareces un ser humano feliz en las videollamadas, y eso genera confianza en los clientes potenciales».

En marzo, Desmond había terminado por comprarla del todo, tras meses de negociación amistosa con el matrimonio de Milwaukee, que la usaba tan poco que aceptaron con gusto una oferta justa a cambio de no tener que preocuparse más por el mantenimiento de una propiedad tan alejada de su vida diaria.

La casa azul junto al faro, la que Desmond había alquilado por cinco semanas para «asuntos pendientes de la herencia familiar», seguía siendo suya, técnicamente, aunque ya nadie en el pueblo la llamaba «la casa que alquiló el matrimonio de Milwaukee».

La llamaban «la casa de Desmond», sin más explicación necesaria, y él pasaba allí las noches en que Marnie insistía en que necesitaba dormir en su propia cama para variar, aunque ambos sabían que esas noches se habían vuelto, con el paso de los meses, cada vez menos frecuentes.

•  •  •

En mayo, Marnie recibió una llamada de un editor de una revista de viajes de Chicago que había leído, en el Door County Gazette, una versión mucho más favorable de la historia que Marcus había intentado usar en su contra meses atrás: un reportaje sobre la reconstrucción del huerto familiar, la nueva oficina, la boda inminente de Percy con un contable de Sturgeon Bay al que había conocido gestionando las cuentas del huerto —una relación que se había desarrollado con una discreción tan completa que había sorprendido a todo el mundo, incluida la propia Marnie, cuando Percy se lo había anunciado en Semana Santa.

—Quieren hacer un reportaje sobre huertos familiares del Medio Oeste que han sobrevivido a generaciones de cambios —le explicó Marnie a Desmond esa noche, todavía sujetando el teléfono con incredulidad—.

Dicen que la historia del huerto, y la nuestra, es exactamente el tipo de contenido que sus lectores quieren ver.

—¿Y qué les has dicho?

—Que sí, obviamente. Aunque les he pedido que no mencionen The Plus-One Co. si no hace falta. No porque me avergüence de cómo empezamos, sino porque prefiero que la historia hable de lo que somos ahora, no de lo que fingimos ser al principio.

—Me parece perfecto. —Desmond la abrazó por detrás, mientras ella seguía mirando el teléfono con una sonrisa incrédula—.

Aunque, para que conste, no me importaría que algún día contáramos la historia completa.

Es una buena historia, Marnie. Empieza con un recibo de ferretería y termina aquí, en esta cocina, contigo.

—¿No te preocupa lo que puedan pensar tus clientes futuros, si se hace pública la historia completa? Podría parecer poco profesional, un fundador de una empresa de acompañantes falsos que acabó enamorándose de una clienta.

—Al contrario. Creo que sería la mejor publicidad que The Plus-One Co.

podría tener nunca. —Desmond sonrió contra su pelo—.

Demuestra exactamente lo que llevamos años prometiendo a nuestros clientes: que a veces, empezar con una actuación cuidadosa es solo la manera más segura de llegar, sin prisa, a algo completamente real.

—Termina aquí, de momento. —Marnie se giró hacia él, sonriendo—. Todavía nos queda mucha historia por escribir.

•  •  •

El reportaje se publicó a finales de junio, con una fotografía de portada de Marnie y Desmond de pie frente a Bertha, ambos con las manos manchadas de aceite de máquina porque el fotógrafo había insistido en que quería «algo auténtico, no una pose de postal», y un titular que hacía reír a Marnie cada vez que lo releía: «El huerto que sobrevivió a un testamento, un banco y, según parece, al amor mismo».

El artículo dedicaba varios párrafos a la historia de la familia Kowalski, desde el bisabuelo que había plantado los primeros cerezos junto a una carretera de gravilla, pasando por el padre de Marnie y su prensa de sidra legendaria, hasta llegar a la propia Marnie y su lucha por mantener el negocio a flote tras perder a su padre.

Solo al final, en apenas dos párrafos discretos, mencionaba la manera en que Marnie y Desmond se habían conocido, describiéndola como «una historia que empezó con una necesidad práctica y terminó, contra todo pronóstico, en algo que ninguno de los dos había planeado sentir».

Dot compró quince ejemplares de la revista en cuanto salió a la venta, repartiéndolos entre todo el que pasara por la tienda esa semana, y Cheryl pegó una copia enmarcada en la pared del Sunrise Diner, junto a fotografías antiguas de generaciones pasadas de familias del pueblo, como si el artículo formara ya parte de la historia oficial de Birch Harbor.

El periodista había pasado tres días enteros en el huerto, siguiendo a Marnie y Desmond en su rutina diaria, entrevistando a Dot, a Walt, incluso al señor Abernathy, que se había tomado la entrevista con una seriedad tan absoluta que había llegado a preparar notas escritas a mano sobre «la importancia histórica de los huertos familiares en la economía rural de Wisconsin», notas que el periodista había citado, para deleite de todo el pueblo, casi palabra por palabra en el artículo final.

—Nunca pensé que acabaría siendo material de revista —le dijo Marnie a Desmond, la noche que llegaron los primeros ejemplares, hojeando el reportaje por enésima vez en la cama, ya de madrugada—. Toda mi vida ha sido bastante ordinaria, hasta este último año.

—Su vida nunca ha sido ordinaria, Marnie.

Solo ha sido silenciosa, durante mucho tiempo, porque no tenía a nadie con quien compartir en voz alta lo extraordinaria que era.

—Desmond le quitó la revista de las manos con suavidad, dejándola sobre la mesilla—.

Ahora tiene a todo un pueblo dispuesto a contarla por usted, además de a mí, que pienso seguir contándola durante el resto de nuestras vidas, cada vez que alguien nos pregunte cómo nos conocimos.