Novio de alquiler (amor incluido) (Serie amores divertidos 2) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Marcus se marchó del salón antes de que terminara la primera canción posterior al anuncio, solo, sin que nadie se molestara en despedirlo, y Marnie, entre abrazos y felicitaciones, apenas registró su salida más que como una nota al pie de una noche que ya pertenecía, por completo, a otra historia.

Los siguientes cuarenta minutos pasaron en una nebulosa de abrazos, felicitaciones y platos de comida que Marnie apenas llegó a probar, con Cheryl insistiendo en servirle personalmente una copa de sidra especiada «de la buena, la que has hecho tú misma este año», y con Percy llorando y riendo al mismo tiempo mientras la abrazaba una y otra vez, como si necesitara comprobar repetidamente que aquello era real.

Encontró un momento a solas con Desmond casi una hora después, cuando la celebración ya se había asentado en un ritmo constante de música y conversación, y él la llevó de la mano hacia el porche exterior del salón parroquial, lejos del ruido, bajo un cielo de octubre completamente despejado y salpicado de estrellas que solo se veían así de claras lejos de cualquier ciudad de verdad.

—Tengo algo para usted —dijo, sacando del bolsillo interior de la chaqueta un sobre arrugado, con las esquinas dobladas de haber estado guardado ahí toda la noche.

—¿Qué es?

—La carta de la que le hablé antes. Nunca la terminé de escribir, en realidad.

Empecé varias versiones y ninguna me convencía del todo, porque seguía intentando explicar algo que las palabras no conseguían capturar entero.

Así que al final decidí que se la iba a decir en persona, y guardarme la carta como recordatorio de que lo intenté por escrito primero.

Marnie abrió el sobre con manos temblorosas, encontrando dentro no una carta completa, sino varios intentos tachados, frases empezadas y abandonadas, hasta llegar a la última página, la única que no tenía tachones, con una sola línea escrita en el centro: *Quédate conmigo, no porque lo diga un contrato, sino porque cada mañana, sin ninguna obligación de por medio, voy a elegirte de nuevo. *

—Desmond...

—Sé que no llevamos casados de mentira ni el tiempo suficiente para que esto suene razonable —dijo él, con una vulnerabilidad que Marnie no le había visto desplegar nunca tan completamente—.

Sé que técnicamente nos conocimos hace cinco semanas, aunque nuestras familias llevaran conociéndose desde 1974.

Pero llevo toda la vida moviéndome de un sitio a otro, buscando la siguiente oportunidad, y usted me ha enseñado, en menos de un mes, lo que se siente al querer quedarse.

No le estoy pidiendo que se case conmigo esta noche.

Solo le estoy pidiendo que me deje intentarlo.

De verdad. Sin fecha de caducidad, sin cláusula de salida, sin ningún anexo que limite lo que estamos dispuestos a sentir el uno por el otro.

Marnie sintió que las lágrimas, que llevaba toda la noche conteniendo con esfuerzo desigual, finalmente se le escapaban del todo, y se acercó a él sin decir nada, cerrando la distancia con un beso que no necesitaba ninguna palabra adicional para explicar la respuesta.

—Eso es un sí, espero —dijo Desmond, cuando por fin se separaron, con la voz ronca.

—Es el sí más grande que le he dado nunca a nada.

—Marnie se rio, secándose las lágrimas con el dorso de la mano—.

Aunque debo advertirle que ahora va a tener que aprender a vivir con Dot metiéndose en cada aspecto de nuestra relación, con Walt intentando enseñarle a pescar cada sábado del año, y con un pueblo entero que ya se cree con derecho a opinar sobre cuándo vamos a casarnos de verdad.

—Puedo con eso. He sobrevivido a una cena con su tía Priscilla en la primera semana. Creo que estoy preparado para lo que venga después.

Se quedaron en el porche un rato más, abrazados bajo las estrellas de octubre, con la música y las risas del salón parroquial flotando detrás de ellos como la banda sonora de una historia que había empezado como un contrato de nueve páginas y que, en algún punto entre un nudo Palomar y una prensa de sidra que se negaba a morir, se había convertido en la única historia real que Marnie quería contar durante el resto de su vida.

—Debería enseñarle la nota de mi abuelo —dijo Marnie, al fin, secándose las últimas lágrimas—. La que me ha dado Randall. Creo que va a entender, mejor que cualquier explicación mía, por qué esa cláusula absurda tenía, en el fondo, todo el sentido del mundo.

Desmond leyó la nota bajo la luz tenue del porche, y cuando terminó, se quedó un momento en silencio, con una expresión que Marnie no supo del todo interpretar.

—Su abuelo y mi abuela se habrían llevado muy bien —dijo al fin—.

Los dos parecían tener la misma teoría sobre lo que de verdad importa en la vida, aunque la expresaran de maneras completamente distintas: uno con una cláusula testamentaria ridícula, la otra con galletas de jengibre y un diario a medio escribir en inglés y yoruba.

—Puede que se conocieran en algún sitio, además de la feria del condado. Puede que compartieran más de lo que ninguno de los dos llegó a saber nunca.

—Puede ser. O puede que simplemente las mejores personas, sin conocerse de nada, lleguen a las mismas conclusiones sobre lo que hace que una vida merezca la pena.

—Desmond le devolvió la nota, con cuidado—.

Guárdela bien. Algún día quiero que se la enseñemos a nuestros propios nietos, para que sepan de dónde viene toda esta terquedad familiar que seguramente van a heredar.

Volvieron al salón poco después, ya con las manos entrelazadas de una manera que ya no necesitaba ninguna justificación delante de nadie, y encontraron a Dot esperándolos junto a la puerta, con los brazos cruzados y una expresión que fingía severidad sin conseguir disimular del todo la emoción de fondo.

—Ya era hora de que salierais de ese porche —dijo, aunque la voz le temblaba ligeramente—. Media tienda quiere felicitaros en persona, y yo llevo veinte minutos inventando excusas sobre dónde os habíais metido.

—Estábamos teniendo una conversación importante, Dot.

—Ya lo sé, cielo. Se te nota en la cara.

—Dot los estudió a los dos un momento, con una ternura que rara vez mostraba tan abiertamente—.

Tu abuelo estaría muy orgulloso esta noche.

De las dos cosas: de que hayas ganado el huerto, y de que hayas encontrado a alguien que sepa cuidarlo contigo tan bien como tú.

Marnie abrazó a Dot con fuerza, sintiendo que aquella mujer que llevaba toda su vida siendo una presencia constante y discreta merecía, esa noche más que ninguna otra, saber exactamente cuánto había significado su apoyo incondicional durante los últimos dos años.

—Gracias por no rendirte nunca conmigo, Dot. Ni cuando yo misma estaba a punto de hacerlo.

—Nunca fue una opción, cielo. Tu familia es mi familia, desde hace más de cuarenta años. Eso no cambia por muy mal que se pongan las cosas.

Volvieron a la fiesta juntas, Marnie en medio de Dot y Desmond, y el resto de la noche transcurrió en una nebulosa cálida de música, felicitaciones y sidra especiada compartida entre todos los que habían formado parte, de una manera u otra, de la historia que había empezado semanas atrás con un recibo de ferretería y que terminaba, esa noche, con un huerto entero a salvo y un futuro compartido apenas empezando a escribirse.