CAPÍTULO 16
Los cinco días antes del Baile de la Luna de la Cosecha transcurrieron para Marnie en una mezcla de listas de tareas y momentos robados que, sumados, empezaban a parecerse sospechosamente a una vida compartida de verdad: Desmond ayudándola a revisar el inventario de sidra para la venta especial del sábado, los dos discutiendo con Dot sobre cuántas cajas de manzanas había que reservar para la sidra especiada frente a la venta directa, Percy apareciendo cada tarde después del trabajo para ayudar con la decoración del puesto que los Kowalski montaban cada año en el salón parroquial donde se celebraba el baile.
—Nunca había visto a Percy tan implicada en nada del huerto —comentó Dot, la tarde del miércoles, viendo a Percy subida a una escalera colgando guirnaldas de hojas de otoño en el porche de la tienda con una concentración que recordaba, dolorosamente, a la niña que había sido antes de Marcus—. Es raro. Bueno raro.
—Creo que necesitaba algo en lo que ocupar las manos que no fuera pensar en los últimos tres años.
—Todos necesitamos eso de vez en cuando. —Dot le lanzó una mirada elocuente a Marnie, que llevaba toda la semana encontrando excusas para trabajar codo con codo con Desmond en cualquier tarea que se le ocurriera, real o inventada—. Tú incluida, por lo que veo.
Marnie no se molestó en negarlo.
Esa misma tarde, mientras terminaban de decorar el porche, un desfile improvisado de vecinos empezó a pasar por la tienda con ofrendas que nadie había pedido: la señora Larsen con una bandeja de pan de centeno «para que no cocinéis nada esta semana con todo lo que tenéis encima», Cheryl con una caja entera de servilletas de más para el puesto del baile, incluso el señor Abernathy, que se plantó en el porche con su silla plegable habitual y anunció que pensaba quedarse ahí sentado «vigilando que nadie robe las cajas de sidra antes de que lleguen al salón parroquial», una tarea que nadie le había asignado y que desempeñó con una seriedad absoluta durante las tres horas siguientes.
—Este pueblo tiene una manera muy particular de demostrar cariño —le dijo Desmond a Marnie, viendo a Abernathy espantar a un cuervo que se había acercado demasiado a las cajas—. Nadie pregunta si necesitas ayuda. Simplemente aparecen y la dan.
—Es agotador a veces. Y también es lo único que me ha mantenido en pie los últimos dos años.
—Ambas cosas pueden ser verdad a la vez.
Por la tarde, mientras terminaban de montar las guirnaldas en el salón parroquial, Desmond se encontró trabajando codo con codo con un grupo de hombres del pueblo a los que apenas conocía —el dueño de la ferretería, dos pescadores que Marnie le presentó como primos lejanos de Walt, el pastor luterano de mediana edad que insistió en subirse él mismo a la escalera más alta pese a las protestas de todos— y descubrió, con una sorpresa que ya empezaba a resultarle familiar, que sabía moverse en ese tipo de camaradería improvisada con una naturalidad que sus seis años de trajes y contratos nunca le habían enseñado.
—Nunca lo habría dicho, con esas manos de ciudad que traías el primer día —comentó el ferretero, pasándole un rollo de cinta adhesiva—, pero se te ha cogido el tranquillo a esto bastante rápido.
—Tengo buenos profesores. —Desmond miró hacia Marnie, que discutía animadamente con Percy sobre la disposición de las calabazas en el centro de una mesa—. Y una razón bastante convincente para querer aprender rápido.
El pastor, que había bajado por fin de la escalera, le dio una palmada en la espalda con la fuerza despreocupada de alguien acostumbrado a tratar con feligreses de todas las edades.
—El domingo que viene tenemos servicio a las diez, por si te apetece venir. No hace falta que seas luterano. Aquí recibimos a cualquiera dispuesto a escuchar un sermón y quedarse después al café.
—Puede que me anime —contestó Desmond, y se sorprendió a sí mismo diciéndolo en serio, sin ningún cálculo detrás, simplemente porque la idea de un domingo cualquiera en Birch Harbor, sin ninguna crisis que resolver, sonaba, por primera vez en años, exactamente como el tipo de vida que quería empezar a tener.
Terminaron de decorar el salón parroquial ya de noche, con las últimas guirnaldas colgadas y las mesas dispuestas en un semicírculo alrededor de la pista de baile improvisada, y Marnie se quedó un momento en el centro del salón vacío, imaginando cómo se vería al día siguiente, lleno de gente, de música, del veredicto que decidiría el resto de su vida.
—¿Todo bien? —preguntó Desmond, acercándose por detrás.
—Todo bien. Solo estaba intentando memorizar este momento, antes de que mañana lo cambie todo. —Marnie se giró hacia él—. Pase lo que pase, quiero recordar esta noche exactamente como ha sido: un pueblo entero trabajando codo con codo por una familia que ni siquiera es la suya del todo.
—Es la suya. Lo ha sido siempre, Marnie. Usted solo necesitaba dejar que se lo demostraran.
Esa noche, ya en el huerto, Marnie encontró a Percy sentada sola en los escalones del porche, con una copa de sidra sin tocar entre las manos, mirando hacia los cerezos con una expresión pensativa que no encajaba con la actividad frenética del resto del día.
—¿Estás bien? —preguntó Marnie, sentándose a su lado.
—Estoy pensando en cuánto echaba de menos esto. —Percy señaló hacia los árboles con la copa—. Ayudar de verdad. Con las manos, no solo con dinero o consejos que nadie pedía. Había olvidado lo bien que sienta cansarse por algo que de verdad importa.
—Puedes venir siempre que quieras, Percy. No necesitas una excusa.
—Lo sé. Ahora lo sé. —Percy sonrió, con los ojos brillantes—.
Randall me ha dicho que, gane quien gane la cláusula, quiere dejar constancia en el acta de que ambas hemos actuado con una integridad que honra la memoria del abuelo.
No sé si eso significa algo legal, pero significa mucho para mí, viniendo de él.
—Significa que las dos hemos encontrado, cada una a su manera, la parte de nosotras que el abuelo esperaba que encontráramos.
El jueves, Randall los citó de nuevo en su despacho, esta vez sin ninguna urgencia legal detrás, solo para confirmar los últimos detalles del procedimiento del sábado: la evaluación formal se haría en el propio baile, delante del comité de la cámara de comercio que hacía las veces de testigos comunitarios según estipulaba el testamento, y Randall anunciaría su decisión antes del brindis de medianoche, una tradición que el abuelo Casimir había instaurado personalmente veinte años atrás sin que nadie recordara ya por qué exactamente había elegido ese momento del baile para hacerlo.
—¿Está nervioso? —le preguntó Marnie a Desmond, mientras caminaban de vuelta hacia el coche.
—Un poco. No por la cláusula, en realidad.
—Desmond se metió las manos en los bolsillos, mirando hacia el lago que se veía al final de la calle—.
Más bien por lo que significa el sábado más allá de la cláusula.
Es la primera vez en seis años que voy a presentarme en un evento público como yo mismo, sin ningún guion, sin ninguna actuación que sostener.
Nunca he hecho eso delante de tanta gente a la vez.
—Se le va a dar bien. Lleva tres semanas haciéndolo sin darse cuenta.
—¿Sabe lo más extraño de todo esto? —dijo Desmond, deteniéndose un momento junto al coche—.
Llevo seis años ayudando a otras personas a sostener actuaciones delante de sus familias, perfeccionando cada detalle para que nadie note la diferencia entre lo fingido y lo real.
Y ahora que por fin no tengo que fingir nada, me siento más expuesto de lo que me he sentido nunca en ningún evento profesional.
—Bienvenido al club de la gente normal, como diría Yolanda.
—¿Le he contado que me dijo exactamente eso mismo la semana pasada?
—No hacía falta. Se le nota que la cita a menudo. Debe de ser una mujer inteligente.
—La más inteligente que conozco, después de usted.
Marnie le dio un golpe suave en el brazo, riéndose, y subieron al coche con el peso de la conversación todavía flotando entre los dos, más ligero de lo que ninguno había anticipado que podría sentirse hablar de sus propios miedos en voz alta.
—De todas formas —añadió Desmond, ya con el motor en marcha—, puede que esté nervioso, pero esta vez, al menos, voy a saber exactamente lo que siento mientras lo hago, y eso cambia bastante las cosas respecto a cualquier otro evento de mi carrera.
Caminaron el resto del trayecto en silencio, un silencio cómodo que ya no necesitaba llenarse de nada, hasta que Marnie se detuvo frente al escaparate de la ferretería, el mismo lugar donde, semanas atrás, había apuntado un número de teléfono en el reverso de un recibo sin saber todavía en qué se iba a convertir esa llamada.
—¿Sabe qué es curioso? —dijo, señalando el escaparate—. Este es el sitio exacto donde compré las bolsas de aceite para la fumigadora aquel día. El mismo día que le llamé por primera vez.
—¿Está diciendo que la ferretería es, en cierto modo, donde empezó todo esto?
—Estoy diciendo que quizás debería ponerle una placa conmemorativa. «Aquí Marnie Kowalski tomó la decisión más disparatada y acertada de su vida.»
Desmond se rio, un sonido genuino que resonó en la calle casi vacía del atardecer, y le pasó un brazo por los hombros mientras seguían caminando hacia el coche, sin ninguna prisa por llegar a ningún sitio en concreto.
• • •
El viernes por la tarde, mientras terminaban de montar el puesto en el salón parroquial, Marnie encontró a Desmond hablando por teléfono en el aparcamiento, con una expresión concentrada que no reconoció de inmediato como profesional ni como personal, sino como algo intermedio entre las dos cosas.
—¿Todo bien? —preguntó, cuando él colgó.
—Todo bien. Era Yolanda. —Desmond se guardó el teléfono en el bolsillo, con una sonrisa que Marnie tampoco supo interpretar del todo—.
Le he pedido que empiece a estudiar la viabilidad de abrir una segunda oficina.
En el Medio Oeste, fuera de Chicago. Algo más pequeño, centrado en casos como el suyo, los que necesitan presencia sostenida en vez de eventos sueltos.
Marnie se quedó parada, con una caja de decoraciones todavía en las manos.
—¿Está hablando de Wisconsin?
—Estoy hablando de no tener que elegir entre Chicago y aquí cada vez que las dos cosas me importen al mismo tiempo.
—Desmond se acercó, cogiéndole la caja de las manos para dejarla sobre la mesa más cercana—.
No es una decisión tomada todavía. Yolanda todavía tiene que hacer los números, y yo todavía tengo que hablarlo con usted de verdad, sin que suene a que estoy dando por hecho algo que ni siquiera hemos discutido en voz alta.
Pero quería que lo supiera antes del sábado.
Antes de que Randall tome su decisión sobre la cláusula, quería que supiera que mi decisión sobre esto no depende de la suya.
Marnie sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas por segunda vez esa semana, y esta vez no hizo ningún esfuerzo por contenerlas.
—Eso es lo más bonito que me han dicho nunca, y también lo más aterrador. Las dos cosas a la vez.
—Bienvenida al club —dijo Desmond, con una sonrisa que le llegó del todo a los ojos, y la abrazó ahí mismo, en mitad del salón parroquial medio decorado, sin que ninguno de los dos necesitara ya ninguna razón contractual para hacerlo.
Percy los encontró así, abrazados entre guirnaldas a medio colgar, y se detuvo un momento en la puerta antes de anunciar su presencia con un carraspeo exagerado.
—Si vais a hacer eso cada cinco minutos, avisadme, que prefiero traer tapones para los oídos la próxima vez que venga a ayudar con la decoración.
—Celosa —dijo Marnie, sin apartarse de Desmond.
—Un poco, sí. —Percy se rio, aunque había algo genuino debajo de la broma—.
Pero también contenta. Muy contenta, en realidad, de veros así.
Nunca pensé que diría esto en voz alta, pero me alegro de que Marcus intentara arruinarlo todo, porque si no lo hubiera hecho, puede que nunca hubiera visto con claridad lo que de verdad importaba.