CAPÍTULO 15 #2
—Déjeme terminar. —Respiró hondo—. No sé cómo vamos a arreglar lo de Marcus todavía.
No sé si el pueblo va a entenderlo, ni si Randall va a necesitar algo más de lo que ya le hemos dado, ni si esto va a manchar de alguna manera la cláusula del testamento a pesar de todo lo que hemos hecho bien.
Pero sé que no quiero volver a subirme a un avión pensando que la manera de demostrarle a alguien que me importa es resolviéndole los problemas desde lejos.
Quiero quedarme. Aquí. En el desastre. Con usted, averiguando juntos qué hacemos con todo esto, en vez de intentando arreglarlo yo solo y presentarle después una solución perfecta como si eso compensara no haber estado presente para vivir el problema a su lado.
Marnie sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas, una mezcla de agotamiento acumulado de todo el día y de algo mucho más cálido que empezaba a abrirse paso entre el cansancio.
—El baile es el sábado —dijo, con la voz temblorosa—. Cinco días. Y todavía no sabemos qué va a hacer Marcus, ni cómo vamos a explicarle al pueblo entero lo que de verdad hay entre nosotros sin que suene ni a mentira ni a excusa.
—Entonces tenemos cinco días para averiguarlo juntos. —Desmond le tendió la mano, en el porche donde tantas cosas habían cambiado ya, esperando, con la misma paciencia que había mostrado la noche del primer beso, a que fuera ella quien decidiera cerrar la distancia—. ¿Empezamos ahora mismo?
Marnie entrelazó los dedos con los suyos, y por primera vez desde que había leído el artículo esa tarde, sintió que el peso que llevaba cargando sola desde la muerte de su padre —el huerto, el banco, la cláusula, ahora Marcus y su amenaza— por fin tenía a alguien más sosteniéndolo con ella, no desde lejos, sino desde el mismo porche, en la misma tormenta que ninguno de los dos había anticipado del todo cuando ella había marcado, hacía apenas un mes, un número de teléfono en el reverso de un recibo de la ferretería.
—Empecemos —dijo.
Detrás de ellos, en la cocina, la carpeta naranja del testamento seguía abierta sobre la mesa, y en algún lugar de Appleton, Marcus Ellery todavía no sabía que acababa de conseguir, sin proponérselo, exactamente lo contrario de lo que había planeado.
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A la mañana siguiente, el Door County Gazette publicó una segunda entrada, esta vez sin ambigüedades editoriales: una carta al director firmada por más de cuarenta vecinos de Birch Harbor —entre ellos Cheryl, los Larsen, Walt y, para sorpresa de nadie que los conociera bien, el propio señor Abernathy— defendiendo a Marnie Kowalski como «una mujer que ha dado más a este pueblo de lo que este pueblo podrá devolverle nunca» y calificando el artículo original de «cotilleo disfrazado de periodismo, financiado, sospechamos, por intereses inmobiliarios ajenos a esta comunidad».
Marnie leyó la carta con Desmond a su lado, ambos todavía en pijama, sentados en los escalones del porche con dos tazas de té que se enfriaban sin que ninguno de los dos les prestara atención, y sintió que algo se aflojaba en su pecho que llevaba tenso desde la noche anterior.
—Randall tenía razón —dijo, con la voz todavía ronca de la falta de sueño—. El pueblo no necesitaba que le explicáramos nada. Ya lo sabía.
—O ha decidido creer lo que ha visto con sus propios ojos por encima de lo que ha leído sin firma en un periódico.
—Desmond le pasó un brazo por los hombros, un gesto que ya no necesitaba ninguna justificación contractual—.
Faltan cuatro días para el baile, Marnie.
Y por primera vez desde la llamada de Randall la semana pasada, creo que vamos a llegar a él en mejor forma de la que empezamos.
Marnie apoyó la cabeza en su hombro, mirando hacia los cerezos que empezaban a perder las últimas hojas del verano, y pensó, con una certeza que ya no le daba miedo del todo, que fuera cual fuera el resultado de la cláusula el sábado siguiente, ya había ganado algo que ningún testamento habría podido garantizarle nunca.
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Marcus leyó la carta al director en su despacho de Appleton, con la mandíbula tensa y el teléfono sonando sin que él tuviera intención de contestarlo, porque ya sabía, por el número, que era Percy, y no estaba de humor para otra conversación sobre lo que ella llamaba «límites éticos» y él consideraba simplemente falta de visión para los negocios.
Cuarenta firmas. Cuarenta vecinos de un pueblo de mil doscientas personas, dispuestos a poner su nombre por escrito en defensa de una mujer y un hombre que, según toda la información que él tenía, ni siquiera llevaban un mes juntos de verdad.
No lo entendía, y esa incomprensión le resultaba, más que ninguna otra cosa, profundamente irritante.
Guardó la carpeta de capturas de pantalla en un cajón, no porque hubiera decidido no usarla nunca, sino porque, por primera vez en semanas, no tenía del todo claro cuál sería su siguiente movimiento, y esa incertidumbre, para un hombre acostumbrado a tener siempre la jugada calculada de antemano, resultaba más incómoda que cualquier derrota abierta.
El teléfono dejó de sonar. Un segundo después, empezó de nuevo.
Esta vez, Marcus lo cogió.
—Percy, ahora no es un buen momento.
—Nunca es un buen momento, Marcus. Llevo tres años esperando a que llegue el momento adecuado para decirte las cosas que de verdad pienso, y he decidido que ya no voy a esperar más.
—La voz de Percy sonaba firme, más firme de lo que él la había oído en mucho tiempo—.
He visto la carta del Gazette. Cuarenta firmas, Marcus.
Un pueblo entero que conoce a Marnie desde que nació, defendiéndola sin que nadie se lo pidiera. ¿Sabes lo que eso significa?
—Significa que la gente de los pueblos pequeños protege lo suyo, aunque esté equivocada.
—Significa que se equivocaron contigo, no con ella.
—Percy respiró hondo, sintiendo que las palabras que llevaba toda la noche ensayando por fin encontraban su momento—.
Se acabó, Marcus. Lo nuestro, quiero decir.
No puedo seguir construyendo una vida con alguien que ve a mi familia como una oportunidad de negocio en vez de como personas.