Capítulo Diecinueve #3
La nave está llena de guerreros zandianos armados; algo relajados tras haber registrado la nave ocretiana, pero aún alertas. Tensos.
El holograma del rey aparece frente a nosotros y cobra vida.
Los zandianos a bordo hacen el saludo zandiano: puños en alto, codos en ángulo recto.
—Mirelle. Habla por ti misma.
Su voz resuena.
—Mi señor.
Inclino la cabeza en señal de respeto.
—He regresado. Quisiera que se me concediera... que se me renovara el asilo.
Toso.
—Para vivir permanentemente en Zandia.
Señalo a Mandy y Tess, que se acercan y se colocan a mi lado, algo temblorosas pero firmes.
—He rescatado a dos humanas que también solicitan asilo aquí. Y les hemos traído una nave de guerra pirata ocretiana con su tecnología más avanzada, para que puedan analizarla y replicarla.
—¿Lanz? ¿Domm?
Dan un paso adelante.
—Ella ideó por su cuenta un plan para hacerse con la nave ocretiana. Nosotros colaboramos en la toma final, pero creo que podría haberlo logrado sola.
—Queremos que vuelva con nosotros —dice Domm.
El rey hace un gesto y me acerco.
—Dejaste Zandia y a tus compañeros.
Entrecierra los ojos, y lo juro, es como si me viera el alma.
—No estás comprometida con Zandia.
Trago saliva.
—Es cierto, la última vez no me entregué del todo. Dejé a mi padre en Jesel y anhelaba volver con él, a mi labor de salvar humanos. Me sentí
—miro por encima del hombro hacia Domm y Lanz—
atrapada por mis compañeros, que me dieron todo menos la libertad de regresar.
Domm y Lanz se remueven detrás de mí.
—Mi padre ha muerto y ahora sé que mi lugar está aquí, contribuyendo a Zandia. Esta vez me entrego por completo.
Lo miro, dejando que vea la verdad en mis palabras.
—Ahora veo las cosas de otra forma. Deseo unirme a Zandia y ayudar a que otras humanas encuentren aquí un hogar.
Domm carraspea.
—Mi señor, ¿puedo hablar?
El rey asiente.
—Mirelle será humana y mujer, pero es una guerrera como nosotros. Lanz y yo intentamos apartarla de la batalla, pero iba contra su naturaleza. Su lugar está en el combate.
Una oleada de calidez me recorre el pecho y lo expande hasta casi hacerlo estallar.
—Creo que si le diéramos libertad y la incluyéramos en las misiones desde el principio, demostraría ser una guerrera tan fiable y capaz como cualquiera de los que tenéis a vuestro servicio.
El rey me observa con expresión inescrutable.
—Mi señor, cuando llegué, parte de mí seguía en Jesel, y fui incapaz de comprometerme con Zandia hasta terminar lo que tenía pendiente allí.
Ese trabajo ya está hecho. Ahora puedo entregarme a vos, a este planeta, sin reservas.
Antes solo daba una parte de mí. Ahora me entregaré al cien por cien.
Ya no tengo necesidad de volver a Jesel ni a ningún otro lugar.
Nos miramos un instante y contengo la respiración. Si no dice que sí, no sé qué haré.
Sus ojos, de un marrón cálido ribeteado de púrpura, se clavan en los míos. No vacilo. La intensidad de su mirada me marea, pero aun así no aparto la vista.
El rey asiente por fin.
—Asilo concedido.
—Necesito permiso para participar en misiones de rescate —añado rápidamente—. Soy rescatadora por vocación. Ayudaré a salvar a más humanos y los traeré a casa. A Zandia.
—Esa es una vida peligrosa —dice el rey Zander.
—Y gratificante. Hace mucho que me dediqué a ayudar a los humanos.
Ya forma parte de mi ADN. No puedo evitarlo, igual que no puedo cambiar el color de mis ojos ni mi estatura —me llevo la mano al pecho—.
Está aquí dentro. Os lo entregaré a vos, a todos vosotros —hago un gesto abarcando la sala—. Si me aceptáis.
El rey inclina la cabeza.
—Cuando te hayas recuperado, podrás trabajar con el Maestro Seke para determinar tus capacidades y objetivos. Siempre que obedezcas a tus compañeros, que también son tus superiores en el trabajo.
Mira a mis compañeros.
—¿La aceptáis de nuevo como vuestra compañera? ¿Estáis dispuestos a entrenarla como guerrera zandiana y a asumir que se expondrá a tareas que pondrán en peligro su vida?
—Sí —sus voces rebosan emoción contenida—. Siempre.
Lanz me aprieta la mano.
—Y para siempre.
Domm me rodea la cintura con el brazo.
—Entonces id —el rey esboza una breve sonrisa—. Sanad. Y después, prosperad.
—Empezaré mis nuevas misiones de inmediato.
En cuanto me recupere, claro, pero no puedo contener el entusiasmo.
—Espera, pequeña vipn. No vas a ir a ninguna parte —Lanz pone los ojos en blanco y me alza en brazos—. No sin antes darte atención médica, supervisar tu entrenamiento y verificar que estás lista.
—Y —Domm me susurra al oído, inclinándose para que solo yo lo oiga— castigarte como es debido por habernos arrancado el corazón y haberlo dejado atrás.
—Ah, sí —coincide Lanz—. Es una tarea importante. Le dedicaremos bastante tiempo.
—Puede que unas cuantas rotaciones planetarias. O un ciclo solar entero.
Pero el rostro de Domm refleja preocupación y me roza la frente con los labios.
—Tú aguanta. Ahora vamos a cuidarte.
Y me recuesto en su fuerte pecho.
—Yo también cuidaré de vosotros —prometo mientras dejo que se me cierren los ojos—. Nos turnaremos. Así funciona en familia.