Capítulo Diecisiete
Gorde
Nuestra hija está dormida. Me aseguro de que tiene los ojos cerrados, y así es: sus pestañas púrpuras le rozan las mejillas de un lavanda pálido. Emite un pequeño ronquido y sonrío mientras le subo las mantas hasta los hombros.
Cojo el monitor holo YoungWatch, activo el modo Insonorizado y cierro la puerta. Después vuelvo a la zona común, con la mente puesta en Danica.
—Creo que ha llegado la hora de ajustar cuentas —arqueo las cejas y cruzo los brazos—. El Dr. Daneth nos ha dado luz verde, mi amor.
—Así es —Danica sale del hueco.
Se me corta la respiración.
—Veck, preciosa, ¿qué llevas puesto? —cruzo la habitación a grandes zancadas—. Se te ve el coño a través de eso —se me pone dura al instante al verla con esas diminutas bragas.
—¿Te gusta? —se pavonea y saca la cadera, con la mano apoyada ahí—. Encaje de gasa. Es nuevo. Benn, ¿a ti también te parece bonito? —se acaricia los pechos con las manos. Ya tiene los pezones duros.
Benn gime.
—Danica, sabes que sí.
—¿Por qué no vienes a demostrarme cuánto? —bromea mientras se pellizca los pezones—. Prefiero tus manos sobre mí que las mías.
—Con mucho gusto —gruño mientras la tomo en brazos y le meto la lengua en la boca.
Ella me devuelve el beso con ansia, me explora el pecho y los abdominales con las manos, y enrosca una pierna larga alrededor de la mía para acercar sus caderas a las mías.
El beso continúa mientras Benn se acerca por detrás y se arrodilla.
—Abre las piernas —le insta—. No pares de hacer lo que estás haciendo. Voy a lamerte mientras lo besas.
—Mmmm —gime contra mi boca y baja la pierna, abre más las piernas, todo sin dejar de besarme. Siento cómo le tiembla el cuerpo cuando él le desliza las bragas por los muslos. Sé exactamente cuándo su lengua la toca porque vuelve a gemir y se tensa antes de relajarse.
—Shhh, disfrútalo —murmuro mientras deslizo la mano entre nosotros para acariciarle el pezón—. Deja que los dos te demos placer.
—Mmmph —asiente y se entrega a mi boca.
La provoco con la lengua y le juego con los dos pezones: los retuerzo, los hago rodar, los pellizco.
Pronto, con los dos trabajándole el cuerpo, empieza a soltar pequeños gemidos de excitación y sus besos se vuelven más urgentes.
Cuando me inclino para morderle el cuello, grita y deja caer la cabeza hacia atrás con un leve jadeo.
—¿Estás cerca? —le enredo las manos en el pelo y le sujeto la cabeza—. ¿Quieres correrte?
—Sí —susurra con los ojos cerrados.
—Entonces probablemente sea hora de castigarte —sugiere Benn mientras le suelta los muslos y se echa hacia atrás sobre los talones. Se limpia la boca con una mano—. Estás deliciosa, nena, pero todavía tenemos que castigarte por mentirnos, ¿sabes?
—Así es —echo la mano hacia atrás y le doy una palmada suave en el trasero—. El Rey Zander dijo que fuera un buen castigo. Que te diéramos una lección de verdad.
—Mmm. Y siempre obedecemos las órdenes de nuestro gobernante —coincide Benn mientras se levanta—. De hecho, hasta hemos conseguido un nuevo instrumento solo para ti.
—¿Qué? —Danica abre los ojos de golpe, medio alarmada, medio excitada.
—Oh, lo descubrirás pronto —la atraigo hacia mí para besarla—. Aunque no creo que vaya a ser tu favorito.
—Qué malo eres —se queja, pero cuando bajo la mano para ahueccarle el monte, suspira de placer—. Sí, ahí —susurra.
—Todavía no —la levanto en brazos—. Benn, ¿dónde lo hacemos?
—Doblémosla sobre el otomano —señala—. Con ese delicioso trasero desnudo en pompa para la correa de cuero.
Danica chilla.
—¿Correa de cuero?
—Probablemente duela mucho —le promete Benn—. Seguro que te hace recordar que no debes volver a mentirnos —su voz es seria.
Contiene el aliento.
—¿Benn? —lo mira a él y luego a mí—. ¿Gorde?
La bajo.
—¿No crees que necesitas pasar página? —arqueo una ceja.
Se muerde el labio.
—Síií, pero...
—Entonces haz lo que te pedimos, amor —le doy un toquecito en un pezón.
Suelta un gemido quejumbroso.
—¿Debería tener miedo? —su rostro muestra cautela, pero también excitación.
—Probablemente —sonrío—. Túmbate boca abajo con las piernas lo más abiertas que puedas —señalo el otomano—. No te preocupes por echar las manos atrás; te las ataremos.
Se agacha con cautela para tocar el otomano, nos mira de nuevo y se tumba. Abre esos muslos cremosos y perfectos, jodidamente perfectos. Está tan mojada que el coño le brilla bajo la luz, y empuja las caderas contra la superficie del otomano en busca de alivio.
—No —le advierte Benn mientras se acerca con una tela sedosa—. Eso será más tarde, amor. Junta las muñecas.
Cuando está atada, con el rojo de la tela precioso contra su piel pálida, los dos nos quedamos de pie sobre ella para admirar sus curvas exuberantes. Extendida para nosotros como un jodido festín.
Se remueve y gime.
—¿Qué vais a hacer?
Saco la nueva correa de un compartimento.
—Hmm —digo, pasando un dedo por la superficie gruesa y brillante—. Está un poco rígida por ser nueva. Pero tu trasero la ablandará en nada, estoy seguro.
Ella aprieta las nalgas y brota más humedad en la entrepierna.
—Oh, solo crees que te va a gustar —dice Benn, recorriendo su cuerpo con las manos—. Pero te prometo que escocerá como el demonio, Danica. Y no pararemos hasta que estemos convencidos de que lo sientes de verdad.
—Ya lo siento —susurra ella, removiéndose.
—No tanto como lo sentirás.
Le da una palmada en el trasero, y mi polla da un tirón cuando una marca roja florece en su piel suave.
—Ay.
Ella arquea las caderas.
Benn le da otra palmada, y otra.
—Esto es lo que les pasa a las humanas traviesas que mienten a sus amos. Les dan una buena tanda de azotes que les deja el trasero rojo cereza.
—¡Mmmmph! —murmura ella, retorciendo las manos en la tela—. Ay.
—Mi turno.
Me voy a morir si no puedo tocar y azotar a mi compañera.
Benn se aparta y me arrodillo junto a ella.
—¿Lista para más?
La azoto con fuerza, sin esperar respuesta, una y otra vez, justo donde las nalgas se juntan con los muslos.
—Ahora voy a darte más fuerte, nena, para calentarte bien para esa correa.
Levanto la mano y le cruzo ambas nalgas, gratificado al oírla gritar. Me encanta cómo se retuerce intentando escapar de los golpes. Cómo se moja aún más cuando no puede huir.
—¿Lista para disculparte?
Le suelto una ráfaga de azotes justo en la base de los muslos, y ella levanta las caderas hacia mí.
—Lo siento mucho.
Suelta un pequeño sollozo, y le miro la cara: todavía está disfrutando, por muy duro que sea. Pero está llorando.
Le seco una lágrima.
—¿Por qué lo sientes?
—Por haber mentido. Por haber tenido que mentir. Porque a veces el universo nos pone ante elecciones imposibles.
—Ay, nena, eso es hacer trampa —se ríe Benn mientras se coloca frente a ella y le toma la barbilla—. Esto va de ti, no de cómo la galaxia tira los dados.
Le acaricio el trasero, aliviando el ardor que seguro le hemos provocado.
—Solo queremos que te disculpes por lo tuyo, Danica.
—De verdad lo siento.
Gira la cabeza y me mira con esos preciosos ojos azules.
—Sabes que es verdad.
Le seco otra lágrima.
—Pero solo para asegurarnos, ¿qué tal una dosis de correa? ¿Benn?
Me doy una palmada en el muslo, disfrutando de cómo su cuerpo se sobresalta con el sonido, y extiendo la mano.
—¿Cuántos le damos?
—Empieza con diez y ya veremos —sugiere—. Debería bastar para que le duela mañana, pero no tanto como para que no pueda seguir con su rutina.
—Reservaremos la correa para los castigos serios.
Se la paso por el trasero, y ella se estremece al contacto.
—Para cuando de verdad necesite un escarmiento. Cuando saquemos la correa, sabrá que se ha metido en un buen lío.
—Así es, Danica.
Benn le acaricia el pelo.
—Si llegas a casa y ves la correa sobre el disco de sueño, sabrás que te espera un castigo serio.
—Quizás hasta te enviemos una foto al comunicador, un primer plano.
Giro la correa de lado y la paso lentamente entre sus piernas, asegurándome de que presione en la hendidura de su trasero. Empujo, y ella contiene el aliento.
—Para que pienses en ello todo el día y sepas lo que te espera.
—No —murmura ella, pero cuando muevo la correa, veo lo jodidamente mojada que está. Prácticamente gotea.
—No puedes decirnos que no.
Le meto dos dedos, incapaz de resistirme. Ella gime de placer, y yo gimo también, su cuerpo cálido y húmedo me llama.
—Prueba esto, nena.
Le llevo los dedos a la boca.
—Chúpate los jugos de mi mano. Así de excitada te pones cuando hablamos de castigarte. Te gusta que te dominemos. Te hace florecer.
—El dolor y el placer, ambos.
Benn sonríe.
—Le encanta de cojones.
—Y sabe que lo necesita.
Se remueve y gime, y no puedo esperar ni un segundo más.
—Yo doy los primeros cinco —decido—. Tú lo terminas.
Me pongo de pie y ajusto el otomano para que flote más alto, dándome la distancia perfecta para descargar la correa sobre su trasero.
—Creo que está lista. Trasero arriba, amor. Levántalo más. Quiero verte buscar este castigo.
Espero hasta que levanta las caderas, ofreciéndome el trasero. Entonces alzo la correa y la descargo con fuerza, cruzándole ambas nalgas.
Se oye un fuerte chasquido, un segundo de pausa, y luego ella aúlla.
—¡Ay!
Se retuerce furiosamente, pero Benn le agarra las manos atadas y le susurra al oído:
—Ese fue solo el primero, Danica. Quedan nueve. Te lo has ganado, así que oblígate a aguantarlo.
Solloza y asiente, y se queda quieta.
—Pídeme que continúe.
Me pica la mano. No sé si está bien o mal, pero joder, me encanta tenerla atada a mi merced, recibiendo mis latigazos. Quiero que le duela. Después se lo compensaré.
—Por... por favor, Amo Gorde, siga azotándome.
El sonido de su voz diciendo la palabra azotándome me inflama. Levanto la correa y la descargo de nuevo, esta vez justo donde terminan las nalgas, y ella chilla cuando aparece el verdugón rojo.
—Ay —susurra, apretando los muslos, presionando un pie contra el otro.
—Piernas abiertas —le doy un toque en el muslo—. Y que sigan así, a menos que quieras unos cuantos golpes de la correa aquí. —Le acaricio el sexo.
Suelta un chillido de alarma.