Novias zandianas: colección 1-3 Capítulo Doce
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Capítulo Doce

Danica

—¿Y la otra noche? —Janette, una joven humana que vive en el domo de al lado, baja la voz y me pone la mano en el brazo mientras se inclina hacia mí—.

Mis dos compañeros probaron una cosa nueva.

¡Y Madre Tierra, fue fantástico! —Le brilla toda la cara.

Tengo que reconocer que todas las mujeres humanas que he conocido en Zandia hasta ahora parecen contentas con su vida.

—Venga, come más fresas. Las cultivo con una mezcla patentada de fertilizante que preparé yo misma. —Señala hacia el invernadero del ecodomo en la parte de atrás y me acerca la cesta.

—Están buenísimas. —Me meto otra fresa en la boca y estalla en una sinfonía de sabor en la lengua—. No me dejes con la intriga. ¿De qué cosa hablas? —Arqueo las cejas y le lanzo una mirada severa—. Me muero de curiosidad.

Se ríe y mira hacia su disco de dormir.

—Así que consiguieron este dispositivo del Dr. Daneth que va en el trasero, como un tapón, y vibra.

¿Con una polla en el coño y eso en el culo?

El orgasmo fue fenomenal. Deberías conseguir uno para ti y tus compañeros.

—Asiente y echa un vistazo a sus gemelos, al otro lado de la habitación: dos niños humanos que se ríen y cuchichean juntos, tramando alguna travesura.

—Cuidado con esos dos —digo con una sonrisa, sin pensarlo—. Están planeando trepar por el enrejado de fuera del domo durante la siesta, el de las enredaderas de hibisco. Creen que pueden construir un escondite allá arriba con cajas de transporte desechadas.

—¿Qué? —Ladea la cabeza—. ¿Cómo sabes eso?

Se me encoge el corazón y me llevo la mano al vientre.

—Ah... ¿Supongo que los oí antes?

—¿Cuándo? —Se inclina hacia delante—. Han estado al otro lado de la habitación todo el rato.

—Eh... —Pienso rápido—. Cuando estabas con el comunicador, creo. Se acercaron un poco. No sabían que los estaba escuchando, supongo.

—Oh. Bueno, era de esperar. Son unos pillos. —Se ríe, pero en su rostro se refleja orgullo y alegría—. Apuesto a que estás deseando que nazca el tuyo. ¿Puedo? —Pasa la mano sobre mi vientre y asiento—. Oh, la cría se está moviendo. Recuerdo esos momentos. —Suspira.

—Apuesto a que los tuyos fueron bastante brutos. —Miro a los dos niños, que nos observan con esa mirada de quien calcula hasta dónde puede llegar.

—Me patearon las costillas tan fuerte que casi me dislocaron una. —Sacude la cabeza—. Pero mereció la pena. El Dr. Daneth tuvo que abrirme el vientre para sacarlos, pero por lo visto no es un procedimiento complicado, teniendo en cuenta las circunstancias. Y me recuperé perfectamente.

Me estremezco al pensar en las garras de Akron, en sus ojos fríos. El sudor me perla la frente y me lo seco mientras respiro hondo.

—Te dan un medicamento para que no sientas nada, Danica. Te lo prometo. Ningún dolor, solo presión. Y termina en un abrir y cerrar de ojos, ¡rapidísimo! Te cosen con tanta facilidad y la herida cicatriza como si nunca hubiera existido. Si tienen que hacerlo, estaré a tu lado, ¿vale?

Le agarro la mano y asiento, intentando recomponerme.

—Gracias.

Cuando olvido mi pasado, todo y todos son tan perfectos que puedo engañarme creyendo que esto es mío para siempre.

Siento un amor abrumador por esta vida: mis compañeros, nuevas amigas, mi libertad.

Aprender a descifrar y dejar que mi cerebro se expanda.

Hacer el amor junto al arroyo. Poder comer una fresa que estalla de sol y sabor, con una amiga.

Placeres sencillos con los que jamás habría soñado cuando servía a Akron.

Pero no merezco a estas amigas, a mis compañeros, toda esta vida. Todo es mentira. Pensé que venir aquí me daría tiempo, pero lo único que ha conseguido es que me enamore de todo... lo que tarde o temprano tendré que abandonar.

—Me han dicho que estás haciendo grandes cosas con la electrónica. ¿Te apetece apuntarte a una clase de matemáticas que voy a dar? Ya estoy lista para empezar con el cálculo, e intento que nos apuntemos todas las mujeres humanas. —Se mete otra fresa en la boca.

—Me encantaría. —Le sonrío fingiendo que el futuro está asegurado—. Suena perfecto. ¡Oh! Oh. —Me agarro el vientre—. Esto es... hmmm.

—¿Todo bien? —Janette ladea la cabeza—. Aún te quedan unos meses, ¿no?

—Sí. —No ha sido una patada, sino más bien un apretón, una presión fuerte. Como si el cuerpo se me contrajera. Respiro hondo y contengo el aliento, aliviada cuando no vuelve a pasar—. Solo ha sido algo puntual. Estoy bien.

—Me alegro de que estés aquí. —Me aprieta la mano—. Esta vida es mucho más de lo que esperaba. Y sigue mejorando.

Gorde

—¿Querías verme? —Llamo a la puerta entreabierta mientras me asomo al laboratorio del Dr. Daneth.

Se gira y me hace un gesto.

—Gorde. Pasa. —Frunce el ceño mientras me acerco—. Tengo que hablar contigo sobre el embarazo de Danica.

—¿Qué ocurre? —Me sale la voz ronca por la ansiedad.

—Cierra la puerta. —El doctor parpadea con sus ojos amatistas y espera a que lo haga antes de volver a hablar—. Gorde, no creo que la cría sea tuya.

—¿Es de Benn? —Suelto una carcajada—. Ya hablamos de eso, y no hay problema. El que sea el padre se asegurará de que...

—No. Me refiero a que no es de ninguno de los dos. No es zandiana en absoluto. —Su voz es fría y neutra, pero me parece ver un destello de compasión en su rostro.

—No, eso no puede ser. —Me hierve la sangre—. ¿En qué te basas para decir eso? —Doy un paso adelante con un gruñido.

—Atrás —espeta, levantando una mano, y me detengo en seco—. Examiné la ecografía en detalle y usé mapeo de datos para crear imágenes tridimensionales detalladas. Esto es lo que encontré. —Levanta su dispositivo holo y proyecta imágenes a color.

—No sé qué estoy viendo. —La frustración me sube la voz—. Explícame qué significa esto.

—Este es el corazón. —Señala—. Aquí hay dos piernas y dos brazos, lo cual es bueno.

La cabeza. Sin cuernos. —Pasa a una nueva imagen, más clara, y por las estrellas, juro que la pequeña criatura parece inteligente y bonita, casi como Danica.

Pero se me hace un nudo en la garganta porque la cría tiene delicadas escamas verdes en los brazos.

Orejas puntiagudas. Eso no es humano ni zandiano.

—¿Qué? —Sacudo la cabeza, mareado por un instante.

—Es una especie llamada akronicanos.

Sacudo la cabeza.

—No he oído hablar de ellos. ¿Cómo son? —Voy pasando las imágenes en la pantalla.

—Bueno, según los informes, los machos son extremadamente violentos. Las hembras son casi inexistentes.

—Eso no tiene sentido. ¿Cómo es posible? —Otra imagen; en esta, la cría tiene la boca abierta, bostezando. Me siento horrorizado y fascinado a la vez. Es como presenciar una batalla sangrienta: no me gusta, pero no puedo apartar la mirada.

—Se dice que matan a sus compañeras después de engendrar con éxito una cría macho. Matan a las crías hembra siempre, sin excepción. Y suelen matar a la compañera si engendra una hembra, como castigo por hacerles perder el tiempo.

—Nunca había oído algo así. —Me estremezco.

El doctor tose.

—Cuando digo compañera, en realidad no es una compañera. Capturan esclavas y las mantienen cautivas para procrear, y las matan después del parto.

No puedo asimilar lo que estoy oyendo.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Tiene que ver con su genética. —Se aclara la garganta y su voz cobra fluidez, como si le entusiasmara explicarme todo esto—.

Cuando los machos akronicanos engendran descendencia macho, da igual qué huésped usen: el ADN resultante será exclusivamente akronicano.

Pero si nace una cría hembra, esta heredará una porción significativa del ADN de la madre.

Al parecer, sus hembras pueden incorporar múltiples fuentes de ADN.

Los akronicanos quieren mantener su linaje puro, belicoso.

No quieren introducir características nuevas.

Y no se vinculan con compañeras: solo quieren descendencia macho.

—Eso es repugnante. Pero Danica... ¿cómo?

—Probablemente concibió a la cría antes de que la rescataras. —Su voz es seca—. Por eso pensé que el feto era demasiado grande al principio. Ya estaba embarazada cuando te conoció. —Se adelanta a mi siguiente pregunta—. Y te garantizo que ella lo sabía.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Ya llevaba cinco ciclos lunares, Gorde. Se le habría retirado la menstruación, y el cuerpo de una hembra experimenta cambios significativos que le indican que está gestando. No puedo afirmarlo con total certeza, pero estoy bastante seguro de que lo sabía.

—Y no nos lo dijo. —Estoy confuso y furioso—. Que estaba gestando una cría. ¡De una especie violenta y agresiva!

El doctor levanta una mano.

—No...

Estallo:

—Lo llevó dentro como un virus, nos engañó para que la tomáramos como compañera y así poder traer esa cosa aquí, a Zandia. Se lo dijimos. —Aprieto un puño contra la otra palma—. Le explicamos que los únicos seres bienvenidos en este planeta son zandianos y hembras humanas.

—Ella...

—Lo ignoró por completo. —Mi ira es tan abrumadora que oigo la sangre rugir en mis venas.

Le arrebato el dispositivo y voy pasando las imágenes.

En una, la pequeña criatura parece sonreír, y no me gusta la curva de su mandíbula: no se parece en nada a la mía.

Ni a la de Danica—. ¿Tiene... garras? —Miro fijamente la pantalla con el ceño fruncido.

—Eso parece, sí. Los machos akronicanos tienen garras retráctiles muy afiladas. Suelen usarlas para desgarrar a su compañera y, si hace falta, a la cría hembra después de...

—Para. —Se me revuelve el estómago, y no sé si es por el engaño de Danica o por la decepción de que la cría no sea zandiana—.

Tengo que decírselo a Benn. Tengo que...

veck. —Arrojo la unidad de comunicaciones sobre la superficie más cercana, la estación de trabajo del doctor, y me cubro el rostro con las manos.

Cuando levanto la vista, el Dr. Daneth le hace señas a Bayla, que entra con los ojos llenos de preocupación.

Esto me enfurece aún más: mi compañera me engañó y, por las estrellas, ahora todos van a enterarse.