Capítulo Cinco #2
Se coloca para que pueda verlo, y abro los ojos de par en par ante el instrumento delgado y flexible que tiene en las manos. Parece... serio. Largo, más o menos del grosor de mi meñique, y pulido.
Intento levantarme, pero Benn me sostiene con firmeza sobre su regazo.
—No —me reprende.
Desde luego que no quiero la vara. Tiemblo.
—Lo siento. De verdad que lo siento.
Presa del pánico, vuelvo a tirar de los brazos de Benn.
—Van a hacerme daño si usan eso.
El corazón me late con fuerza y me invade el pánico.
Suelta una risa corta y me aprieta la nalga.
—Te prometo que no te haremos daño. Oh, dolerá.
Te dejará marcada unos días. Pero el Dr. Daneth, el médico real, ha comprobado que una buena tanda de varazos no causa daño permanente a las humanas traviesas.
Incluso lo usó con su compañera mientras estaba esperando a sus crías.
Así que seguro que puedes aguantar cinco golpes fuertes, Danica.
Me quedo quieta.
—¿Lo hizo?
Contengo la respiración. Luego me relajo.
—¿Cómo la colocamos?
Benn me pasa la mano por la piel, en pequeños círculos. Aunque estoy dolorida, resulta excitante, y me arqueo hacia su mano, ansiando el contacto.
—Haz que se incline sobre el disco de dormir —ordena Gorde—. Piernas bien abiertas. Si echa la mano hacia atrás o se queja, ese golpe no contará.
—Bien. —Benn me pone de pie—. ¿Lo has oído?
Asiento, pero instintivamente llevo las manos atrás.
Me agarra las manos.
—¿Te he dado permiso para frotártelo?
—No dijiste que no pudiera. —No sé de dónde me ha salido eso, pero creo que le gusta, porque gruñe un poco y su polla —si es que es posible— se endurece aún más bajo los pantalones.
—Deberías darlo por hecho. —Me atraviesa con la mirada, pero la suaviza con una sonrisa—. Porque recompenso la obediencia durante un castigo. Recuérdalo.
Trago saliva, hipnotizada por sus ojos oscuros.
—Lo recordaré.
—Entonces haz lo que Gorde te dijo e inclínate sobre la cama. Bien abierta de piernas para que podamos ver ese coñito mientras te castigamos.
Contengo el aliento.
—Yo...
—Vas a obedecer. Si tardas, añadiremos golpes. ¿Es eso lo que quieres? —Arquea una ceja.
—No. —Me inclino sobre la plataforma, notando la tela suave contra el pecho.
Tengo los pezones duros y el roce de la tela me excita.
Él toca el interior de mi pie con el suyo y abro las piernas, mientras el aire fresco roza mi piel húmeda.
Ojalá fueran sus dedos. Su lengua. Me restriego contra la estructura y gimo.
—Qué esclava tan traviesa —dice Benn con un deje de humor—.
Mírate, toda mojada por los azotes. Aunque lo que viene puede que no te guste tanto.
—Se aclara la garganta y su tono se vuelve firme—.
Vas a quedarte quieta para la vara. Sin llevar las manos atrás, sin patear, sin moverte de la posición.
Si lo haces, recibirás otro golpe, y seguiremos repitiéndolo hasta que cuente.
Gorde y yo tenemos todo el tiempo del mundo para castigar ese culito, así que no te preocupes por molestarnos.
La adrenalina me recorre el cuerpo.
—Por favor. —No sé ni qué quiero.
—¿Quieres empezar? Por supuesto. —Se acerca y coge la vara de manos de Gorde. La hace silbar en el aire, colocándose donde pueda verla bien, y jadeo.
—¿Oyes eso? —Lo hace de nuevo—. Suena potente. Prepárate.
Aprieto las nalgas.
—No. Relaja los músculos. —Me toca el trasero—. Blandito y relajado para mí, Danica. No me hagas esperar demasiado.
Me obligo a relajarme.
—Bien. Así el castigo es más efectivo —explica mientras me pasa los dedos por las nalgas.
Espero que empiece el castigo, pero sigue acariciándome una y otra vez, hasta que me relajo entre sus manos.
Cuando se acerca a mi hendidura, me contoneo, intentando atraerlo más.
Está casi donde lo quiero, donde lo necesito. Respiro cada vez más fuerte.
—Benn... —murmuro.
—¿Mmm? —Baja los dedos.
—Por favor, tócame.
—Ya te estoy tocando. —Está sonriendo; lo noto en su voz.
—Más.
—Oh, pero, cariño, primero necesitas tu castigo con la vara —murmura, acariciándome la cara interna de los muslos—.
Y date por afortunada —me toca donde las nalgas se juntan con los muslos, luego la parte de atrás— de que solo te demos cinco, y todos en el culo.
Las humanas muy traviesas reciben una docena en el culo y otra en los muslos.
Contengo la respiración.
—Por favor.
—Asegúrate de que sean bien fuertes —dice Gorde—. Quiero que lo sienta toda la semana cuando se siente, como recordatorio de lo que hizo.
—Considéralo hecho.
Benn me toca la espalda, luego me recorre la columna con los dedos hasta llegar al cuello. Me aparta el pelo con dedos suaves y se aclara la garganta.
—Gorde. Sujétala, por favor, para el primero. No está acostumbrada a la mordedura y puede que necesite... entrenamiento... para aprender a quedarse quieta.
Gorde me pone una mano firme en el cuello y la otra en la espalda. Tiene las manos cálidas y cierro los ojos al sentir su contacto. Aun sabiendo que van a castigarme con la vara, estoy excitada. Los quiero a los dos. Ahora.
Lo oigo antes de sentirlo, el silbido cortante del aire. Luego siento el impacto. Y entonces...
—¡Madre Tierra! —grito y me retuerzo, levantando un talón, intentando incorporarme. La mordedura es brutal, puro fuego cruzándome el culo.
Gorde me presiona con las palmas, sin hacerme daño, pero sujetándome. Sin dejarme abandonar la posición.
—Quédate quieta —me reprende.
—Ay, ay. Duele. —Las lágrimas me escuecen en los párpados e intento llevar las manos atrás, pero él me las agarra.
—Danica, ¿te he dicho que pudieras tocar?
—No, Amo, pero ay. Necesito hacerlo.
—Lo que necesitas —me acaricia el pelo— es aceptar esto. Benn, está lista. Otra vez.
—Por supuesto. —Noto la sonrisa en la voz de Benn, y entonces el fuego florece de nuevo, una nueva marca justo debajo de la primera.
Menos mal que estoy tumbada sobre la plataforma, porque del dolor me flaquean las rodillas.
—¡Es demasiado! —grito, retorciendo las caderas.
—Ni siquiera ha ido tan fuerte —dice Gorde—. Otra vez.
La vara golpea una vez, luego otra, y ahora estoy sollozando y gimoteando, moviendo las caderas.
—El último —dice Benn con voz sorprendentemente suave—. Lo estás haciendo bien, Danica. Solo uno más. Antes de dártelo, dinos por qué hemos tenido que castigarte con la vara, por favor.
—Yo... yo... —Tomo aire.
Gorde me pasa las manos por el trasero y siseo de dolor.
—¡Ay!
Me da una palmada en el trasero, no demasiado fuerte, pero escuece de lo lindo sobre los golpes de la vara. —Danica, más vale que oigamos arrepentimiento en tu tono o cogeré esa vara y repetiré el castigo. —Su voz suena tan dura que le creo.
—¡Lo siento! No pretendía poneros en peligro. Solo reaccioné, ¿vale? Fue instintivo. Quería llegar hasta Jesel. No pensé en las consecuencias ni en si mi plan tenía sentido... o no. No fue una decisión lógica. Fue... del corazón. —Se me quiebra la voz y empiezan a caerme las lágrimas.
—Está bien. —Benn retrocede—. El último será más duro que los demás. Vas a darnos las gracias a los dos por el castigo. No quiero oír otra cosa, o te daré uno de más. ¿Entendido?
—Sí. —Reprimo un sollozo.
Retrocede y el silbido de la vara suena más fuerte que antes, y cuando impacta, grito por el ardor instantáneo.
Es mucho peor que los otros, y me doy cuenta de cuánto se estaba conteniendo; de la fuerza que tiene en el brazo.
Pero al mismo tiempo, el deseo me recorre el cuerpo y me mojo aún más que antes. Aprieto los muslos.
Gimo, más de deseo que de otra cosa a estas alturas, pero recuerdo lo que debo hacer. Consigo pronunciar las palabras. —Gracias, Amo Benn, Amo Gorde, por castigarme. ¡Lo siento! —Contraigo los músculos del coño—. Por favor.
—Bien. —Benn habla con voz tranquila—. ¿Intentarás escapar otra vez, Danica?
—¡No! Por favor, duele. —Me retuerzo, intentando en vano llevar las manos atrás otra vez, aunque si Gorde me soltara de verdad, iría directa al clítoris. Eso es lo que necesita atención ahora mismo.
Benn deja caer la vara; la oigo repiquetear contra el suelo. Se sienta a mi lado y me acaricia el hombro. —¿Por qué no huirás?
—Porque os puse en peligro. Casi os mata. No volveré a hacerlo. —Levanto las caderas. Oigo a Benn contener el aliento y sonrío para mis adentros. Van a follarme ahora, lo sé.
—No. —La voz de Gorde suena más áspera que nunca—.
Esa no es la razón. —Me suelta el cuello, y me giro de inmediato para mirarlo.
Aunque puedo ver su excitación en el bulto de los pantalones, su voz está tensa—.
Danica, no se trata solo de nosotros. Se trata de ti.
¿No lo entiendes? ¿Sabes lo que ese trabajador del transporte podría haberte hecho?
Habrías vuelto a la subasta en un abrir y cerrar de ojos, y probablemente a una mucho más sórdida y depravada.
Esos operadores de transbordadores son famosos por.
.. —sacude la cabeza— cosas indescriptibles.
Tienes que cuidarte. —Me quita la otra mano de la espalda.
—¡Eso es lo que intentaba hacer! —Me levanto con dificultad, sin importarme que mi argumento contradiga en parte mi disculpa.
—Nunca vas a conseguir exactamente lo que quieres en esta vida —espeta, cerrando el puño—.
Ya es hora de que madures y aprendas a aprovechar la mejor oportunidad disponible.
No desperdicies lo que la vida te pone delante, Danica.
Nosotros... ¿esto? —Hace un gesto con la mano—.
Esta es la mejor maldita oportunidad que tienes ahora mismo. No lo olvides.
—Lo siento —susurro, mirando a Gorde. Puedo ver cuánto me desea: la polla, marcada bajo los pantalones de vuelo, está dura y gruesa. Pero está más enfadado conmigo que Benn. Y eso duele más que la vara.
Se me llenan los ojos de lágrimas al ver la expresión de su rostro, tanta decepción e ira. Él lo ve; se da la vuelta, y algo se rompe dentro de mí, y de repente estoy sollozando.