Epílogo #3
Luego miró a Nico.
—Y tú, no hagas de final feliz con patas. Ayuda a recoger mañana.
Nico cerró los ojos.
—Sí, mamá.
—Bien.
Cuando Amparo se fue, Lucía y Nico quedaron solos en el patio.
O casi.
En Los Olivos nunca se estaba completamente solo, pero esa noche la casa tuvo la cortesía de fingir.
La bodega seguía abierta.
La mesa, ya sin invitados, conservaba restos de pan, servilletas usadas, manchas pequeñas, copas vacías.
Lucía la miró.
—Me gusta más así.
—¿Usada?
—Sí.
—A mí también.
Nico se levantó y le tendió la mano.
—Ven.
Lucía la aceptó.
Entraron en la bodega.
No encendieron más luces. Bastaba con los faroles bajos y la luz que entraba desde el patio.
Nico la llevó hasta la mesa, pero no al centro.
Al lateral.
Junto a la silla que quedaba cerca de la puerta.
—He pensado algo —dijo.
Lucía lo miró.
—Eso siempre es peligroso.
—Moderadamente.
—Adelante.
Nico sacó una caja pequeña del bolsillo.
Lucía dejó de respirar.
La caja de terciopelo azul oscuro.
El anillo.
Su cuerpo reaccionó antes que su cabeza: sorpresa, miedo, ternura, alerta, memoria. Todo a la vez.
Nico no abrió la caja.
Solo la sostuvo.
—No es una pregunta —dijo.
Lucía tragó saliva.
—Nico.
—Déjame explicarlo.
Ella asintió.
—No voy a pedirte que te cases conmigo esta noche.
Lucía soltó un aire tembloroso que casi fue risa.
—Gracias por empezar por ahí.
—Me pareció importante.
—Mucho.
Nico miró la caja.
—Durante meses he pensado dónde debía estar esto. En mi maleta era culpa. En un cajón de mi casa era miedo. En mi bolsillo esta noche sería presión si no te lo decía bien.
Lucía lo escuchó sin moverse.
—Y he entendido algo viendo la mesa —continuó—. Algunas cosas no se arreglan escondiéndolas ni poniéndolas en el centro. Se les da un lugar correcto.
Lucía miró la silla junto a la puerta.
—¿Qué lugar?
Nico abrió la caja.
El anillo brilló poco.
Como siempre.
Sin espectáculo.
—Quiero que lo guardes tú.
Lucía levantó la vista de golpe.
—¿Qué?
—No para que respondas nada. No para que lo lleves.
No para que decidas ahora. Quiero que lo guardes porque ya no quiero que sea mi culpa privada ni una pregunta escondida.
Si algún día tiene que ser pregunta, quiero que parta de los dos.
Y si no lo es nunca, seguirá habiendo sido una parte de nuestra historia que no usamos para hacernos daño.
Lucía sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Eso es mucho.
—Sí.
—Y raro.
—También.
—Muy nuestro.
—Muchísimo.
Ella miró el anillo.
Luego a Nico.
—¿Y si lo guardo y un día decido que no?
Nico sostuvo la caja sin moverse.
—Entonces será no. Y seguiré queriéndote sin convertir el anillo en deuda.
Lucía cerró los ojos.
—Frase peligrosa.
—Sí.
—No retirada?
—No retirada.
Ella alargó la mano.
No tocó el anillo.
Tocó la caja.
—¿Y si lo guardo y un día decido que sí?
Nico respiró hondo.
—Entonces intentaré no hacer cara intensa.
Lucía soltó una carcajada llorosa.
—Fracasarás.
—Seguro.
Ella tomó la caja.
Pesaba poco.
Menos que antes.
Más que nada.
—Lo guardaré —dijo.
Nico cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, no parecía aliviado de haber ganado nada.
Parecía aliviado de haber dejado algo en el lugar correcto.
Lucía cerró la caja.
—Pero no en Los Olivos.
—No?
—No. En mi estudio.
Nico sonrió despacio.
—Con la lámpara?
—Cerca de la lámpara.
—Lugar de honor.
—Lugar de vigilancia. Esa lámpara ha sobrevivido a mucho.
Nico rio.
—Me parece perfecto.
Lucía guardó la caja en el bolsillo interior de su chaqueta.
Luego se acercó a él.
—Te quiero.
Nico la miró como si aún no se hubiera acostumbrado a oírlo.
Quizá nunca del todo.
—Vale —dijo.
Lucía le dio un golpe suave en el pecho.
—No abuses del vale.
Él sonrió.
—Te quiero.
—Mejor.
—Mucho.
—Frase peligrosa.
—No retirada.
Lo besó junto a la mesa usada, con la puerta abierta, el anillo guardado y la noche de Los Olivos alrededor.
No fue una pedida.
No fue una boda.
No fue un final con todas las respuestas.
Fue mejor.
Una decisión de no esconder.
Una promesa de no correr.
Una caja pequeña cambiando de bolsillo.
Y una mesa que ya no necesitaba demostrar que podía abrirse.
Cuando subieron a dormir, cada uno a su habitación, Lucía dejó la caja sobre la mesilla amarilla y le hizo una foto.
No se la envió a nadie.
Ni a Beatriz.
Ni a Samira.
Ni siquiera a Nico.
Algunas cosas, aprendió, podían ser verdaderas sin convertirse en mensaje.
A la mañana siguiente, volvió a Madrid.
En Estudio Luma, colocó la caja en el cajón donde antes había guardado las notas de Nico.
Café.
Mandarina.
Nada comestible.
Y ahora, anillo.
No como pregunta.
No todavía.
Como historia en pausa.
Como posibilidad sin prisa.
Como una cosa que ya no mordía.
Encendió la lámpara horrible.
Parpadeó una vez.
—Sí —dijo Lucía—. Yo también lo sé.
Abrió el cuaderno azul oscuro y escribió bajo el título de Los Olivos:
Primera fase cerrada.
Mesa abierta funciona.
Seguir sin pedir permiso.
Luego, después de pensarlo, añadió:
Guardar no es esconder.
Sonrió.
La puerta del estudio se abrió.
Nico asomó la cabeza.
—¿Se puede?
Lucía cerró el cuaderno.
—Puedes.
Él entró con dos cafés y una bolsa de pan.
—Carmen me ha escrito.
—Por supuesto.
—Dice que un final sin comida no es de fiar.
Lucía se levantó, riendo.
—Carmen no cree en finales.
—Creo que cree en comidas intermedias.
—Más sabio.
Nico dejó el café sobre la mesa y miró hacia el cajón.
No preguntó.
Lucía lo notó.
Abrió el cajón, solo un poco, para que él viera la caja azul junto a las notas.
Nico sonrió.
No dijo nada.
Bien.
Lucía cerró el cajón.
Luego tomó uno de los cafés, miró su estudio, la lámpara, el contrato, los platos azules apilados, el cuaderno abierto, a Nico de pie frente a ella.
Su vida.
No perfecta.
No cerrada.
No libre de miedo.
Pero suya.
—Tengo una reunión con Alfonso a las cinco —dijo.
—¿Quieres que revise algo antes?
—Sí. Pero solo lo técnico.
—Por supuesto.
—Y después…
Nico levantó una ceja.
—¿Después?
Lucía bebió café.
—Después podrías cocinar.
—¿Cocina quizá?
Ella sonrió.
—Cocina sí.
Nico la miró con esa cara que ya no intentaba ocultar del todo.
—Bien.
Lucía se acercó y lo besó.
Breve.
Como una promesa cotidiana.
—Ese bien se queda —dijo.
Y se quedó.
Como la mesa.
Como la lámpara.
Como el anillo guardado.
Como ella.
Como todo lo que, por fin, no necesitaba fingir para tener un lugar.