Capítulo 25 #3
Lucía cerró los ojos.
—Nico.
—No retiro esa.
—Estamos a miércoles por la tarde.
—Lo sé.
—El jueves parece cada vez más cerca.
—Sí.
La lluvia llenó el silencio.
—Me da miedo —dijo Lucía.
Nico no preguntó qué.
Buena decisión.
—A mí también —dijo.
Ella miró sus manos apoyadas en la barandilla.
Cerca.
No tocándose.
El pacto era una línea invisible y absurda entre dos cuerpos adultos con demasiada memoria.
—Mañana se acaba una cosa —dijo ella.
—Sí.
—Y no sé si empieza otra o si solo queda el desastre.
Nico respiró hondo.
—Quizá no empieza mañana.
Lucía giró hacia él.
—¿Qué quieres decir?
—Que mañana diremos la verdad. Eso ya es bastante. No tenemos que exigirle a la verdad que nos entregue un final el mismo día.
Lucía lo observó.
—Eso ha sido muy maduro.
—Me ha costado.
—Se nota un poco.
Nico sonrió.
Ella también.
La lluvia siguió cayendo.
En la casa, alguien tocó una puerta. Jaime gritó algo sobre que Samira le había robado una chaqueta. Samira respondió que no era robar si él la había dejado “en una posición moralmente abandonada”. Patricia se rio. Beatriz llamó a cenar.
Lucía no se movió.
Nico tampoco.
—Hay algo que no te he dicho —dijo él.
El cuerpo de Lucía se tensó.
—¿Malo?
—No lo sé.
—Esa no es una respuesta tranquilizadora.
—Es honesta.
—Peor.
Nico miró la lluvia.
—Cuando acepté venir a Los Olivos por la reforma, antes de verte en la cena, sabía que podía encontrarte. No sabía cómo. No sabía si aparecerías. Pero lo pensé.
Lucía se quedó quieta.
—Ya me dijiste que querías verme.
—Sí. Pero no te dije todo.
Ella tragó saliva.
—Entonces dilo.
Nico apoyó las manos en la barandilla.
—Traje el anillo.
La lluvia pareció sonar más fuerte.
Lucía no entendió.
O no quiso entender.
—¿Qué anillo?
Pero sí sabía cuál.
Nico no la miró.
—El de mi abuela.
El aire se le fue del pecho.
—Dijiste que estaba en Madrid.
—Mentí.
La palabra cayó sin defensa.
Lucía se apartó un paso.
No mucho.
Lo suficiente.
—¿Lo tienes aquí?
—Sí.
—¿Por qué?
Nico cerró los ojos.
—No para pedirte nada. No vine con un plan absurdo de verte y… no. No así.
—Entonces por qué.
—Porque ese anillo era la única cosa que mi madre me dijo que no vendiera cuando me fui de Madrid la primera vez. Me dijo que algunas cosas no se llevan por valor, sino para recordar qué tipo de promesas no se hacen a la ligera.
Lucía sintió que el corazón le latía en la garganta.
—Nico.
—Cuando tu padre preguntó por el anillo en la cena, dije lo primero que se me ocurrió. Y luego no supe cómo decirte que estaba aquí sin que sonara como una locura.
—Suena como una locura.
—Lo sé.
—Suspendida.
—No la retiro.
Lucía caminó hasta el otro lado del porche, como si tres metros pudieran ordenar una información así.
El anillo existía.
El anillo estaba allí.
En la finca.
Durante toda la mentira.
Durante los besos.
Durante la foto.
Durante la cena de Beatriz que no fue.
—No quiero verlo —dijo.
Nico asintió.
—No tienes que verlo.
—No quiero que nadie lo vea.
—Nadie lo verá.
—No quiero que tu madre piense…
—Mi madre no sabe que lo traje.
Lucía respiró hondo.
—¿Y qué significa que lo trajeras?
Nico la miró entonces.
La lluvia le dibujaba sombras en la cara desde el borde del porche.
—No lo sé del todo.
Lucía soltó una risa sin humor.
—Hoy todos estamos muy cómodos con no saber.
—Significa que, cuando vine, no había dejado de llevar conmigo una posibilidad que no tenía derecho a pedirte.
La frase le dolió.
No porque fuera falsa.
Porque era demasiado verdadera.
—Eso es injusto —dijo ella.
—Sí.
—Para mí.
—Sí.
—Y para ti.
Nico bajó la mirada.
—También.
Lucía se abrazó a sí misma.
—No podemos tener esta conversación antes de mañana.
—Lo sé.
—No uses lo sé cuando me dices que llevas un anillo de compromiso en tu maleta desde que llegaste.
—Tienes razón.
—Eso tampoco ayuda.
—No.
Se miraron bajo el porche, con la lluvia cayendo alrededor y la casa llena de gente a pocos metros.
El pacto de no besarse parecía ahora casi ridículo frente a un anillo no mostrado, una mentira a punto de caer y una verdad que llevaba días creciendo en silencio.
—Gracias por decírmelo —dijo Lucía.
La frase le costó.
Pero era verdad.
Nico pareció sorprendido.
—No sabía si debía.
—Debías.
—Sí.
—Pero no lo quiero en nuestra verdad de mañana.
Él frunció el ceño.
—¿Qué?
—Cuando digamos lo del falso compromiso, no metas el anillo.
No quiero que esto parezca más grande, más romántico o más trágico de lo que ya es.
No quiero que mi madre sufra con un detalle que no entiende.
No quiero que mi padre use eso para decir que todo era imprudente.
No quiero que la mentira se vista de destino.
Nico la escuchó sin interrumpir.
—Y yo —continuó ella— no quiero tener que decidir qué significa un anillo antes de decidir qué significas tú ahora.
Nico cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, dijo:
—De acuerdo.
—Ese de acuerdo es correcto.
—Estoy aprendiendo.
Lucía miró hacia la lluvia.
—Guárdalo.
—Sí.
—No lo saques.
—No.
—Y si algún día lo veo…
Se detuvo.
Porque no sabía terminar la frase.
Nico tampoco la terminó por ella.
Bien.
—Si algún día lo ves —dijo él al cabo—, no será para sostener una mentira.
Lucía sintió que algo se le rompía y se le ordenaba a la vez.
—Frase peligrosa.
—Sí.
—No retirada.
—No.
Se quedaron allí hasta que Beatriz volvió a llamarlos.
Esta vez con un tono que mezclaba hambre, preocupación y ganas de saber por qué dos personas tardaban tanto en mirar lluvia.
Lucía entró primero.
Nico esperó unos segundos antes de seguirla.
En la cena, nadie habló del anillo.
Por supuesto.
Nadie sabía.
Pero Lucía lo sintió durante todo el tiempo, como una presencia pequeña y pesada en alguna habitación azul del primer piso.
Un anillo real dentro de un compromiso falso.
Una promesa no hecha.
Una posibilidad no autorizada.
Al sentarse, miró a Nico al otro lado de la mesa.
Él no la miró enseguida.
Cuando lo hizo, no había petición en sus ojos.
Solo verdad.
Demasiada para miércoles.
Lucía bebió agua.
Mañana, pensó.
Mañana dirían la verdad.
Mañana el dossier se presentaría.
Mañana la mentira empezaría a caer.
Y después de mañana, si quedaba algo en pie, tendría que decidir si se acercaba a mirar.
Pero esa noche, mientras la lluvia golpeaba suavemente los cristales de Los Olivos, Lucía entendió una cosa con una claridad que le dio miedo:
Nico Salvatierra había vuelto con un anillo en la maleta.
Y ella, aunque no quisiera verlo todavía, ya no podía fingir que no sabía que existía.