EPÍLOGO.
Año 2035.
La joven salió de la biblioteca comunitaria poco después
de las diez.
Lloviznaba.
Llevaba auriculares, pero no escuchaba música. Solo
ruido blanco. Le ayudaba a pensar mientras caminaba hacia
casa por calles secundarias.
Al pasar junto a una antigua cabina telefónica, vio un
sobre negro pegado en la parte interior del cristal. Se detuvo.
Miró alrededor.
Nadie.
Lo abrió en su habitación.
Dentro había una pequeña memoria digital, una tarjeta
con un código y una hoja doblada.
Escucha.
Y si algo dentro de ti cambia, sigue la espiral.
La joven buscó el código en internet.
No obtuvo resultados.
Después escribió la dirección cifrada indicada en la
tarjeta.
Apareció una página sin logotipo.
No había fotografías de acusados.
No había listas de enemigos.
Solo audios.
Voces.
Documentos.
Historias.
En la parte inferior, un botón:
CONTRIBUIR.
La joven dudó.
Desde la habitación contigua llegaba la televisión de su madre. En la calle, un coche pasó sobre el asfalto mojado. Pulsó el primer audio.
Una mujer mayor hablaba con voz serena.
«Durante mucho tiempo creí que recordar consistía en conservar el dolor. Después aprendí que también puede significar impedir que otros tengan que empezar desde cero.»
La joven escuchó hasta el final.
Luego pulsó el botón.
La página no pidió su nombre.
Solo abrió un espacio en blanco.
Ella empezó a escribir.
Muy lejos de allí, en una casa frente al mar, una mujer de
cabello gris recibió una notificación en una pantalla. NUEVO TESTIMONIO.
Elena Duarte la leyó sin saber quién estaba al otro lado.
Habían pasado años desde la última vez que sostuvo un arma con intención de decidir una vida.
A veces soñaba con los nombres de su antigua lista.
A veces con Sara.
Ya no intentaba distinguir qué parte de sí misma había sido creada por Cardona y cuál había elegido después. Había comprendido que la identidad no era un juicio con una única sentencia.
Se levantó y salió al porche.
El aire sabía a sal.
En la mesa había una piedra blanca, la misma que Sara le había ofrecido en la frontera.
Elena la tomó entre los dedos.
Durante años la sal había significado castigo.
Después memoria.
Ahora significaba otra cosa.
Permanencia.
Volvió al interior y respondió al nuevo testimonio con una sola frase:
Te estamos escuchando.
Nada más.
No hacía falta. LUMEN PAZ