CAPÍTULO 22.
Elena no aceptó de inmediato.
Durante horas caminaron por las salinas sin acercarse ni alejarse demasiado. Después de escuchar la historia completa de Sara, la pregunta dejó de ser qué había ocurrido y pasó a ser qué iban a hacer con ello.
— ¿Me entrenaron a mí? —preguntó.
Sara negó.
—No como a mí. Después de que desaparecí, te
llevaron varias veces para «trabajar la culpa». Te hicieron representar escenarios. Elegir responsabilidades. Escribir cartas. Mamá te sacó cuando empezaste a tener lagunas.
— No recuerdo nada.
—Mamá hizo lo posible para que no recordaras. —¿Por qué nunca me lo dijo después?
Sara la miró con una tristeza que Elena no había visto
todavía.
—Porque estaba convencida de que ya había perdido a
una hija por haber confiado en Cardona. No soportaba
pensar que también te había entregado a ti.
Elena se sentó en el borde de una plataforma de
hormigón.
El mar se veía a lo lejos.
—Quiero verlo.
—A Cardona.
—Sí.
—No.
—No puedes aparecer después de veintiún años y
decidir lo que puedo hacer.
—Tienes razón.
La respuesta desarmó a Elena.
Sara se sentó a su lado.
—Hazlo si quieres. Pero entra sabiendo que él no es un
monstruo de cuento.Es un hombre que ha pasado toda su
vida explicándose a sí mismo que el daño era
investigación.Esa clase de gente no pide perdón. Produce
bibliografía.
Elena miró hacia los estanques.
—Mataste a Gracia.
Sara cerró los ojos.
—Sí.
—¿Te arrepientes?
—No lo sé.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única honesta que tengo.
Elena pensó en la anciana con sus bolsas de compra. —Yo sí me arrepentiría.
—Entonces eres mejor que yo.
—No digas eso.
—¿Por qué? ¿Porque te obliga a admitir que todavía
existe una escala?
Elena no respondió.
Sara sacó del abrigo una pequeña libreta negra. La
abrió. Había nombres, fechas, notas. Algunas páginas
estaban tachadas. Otras arrancadas.
—Esto empezó antes de encontrarte —dijo—. Pensé
que era una forma de continuar. Luego te vi y comprendí
que llevaba años obedeciendo a Cardona sin que él
tuviera que estar presente.
Arrancó varias páginas.
Las dejó caer en una bandeja metálica junto a la caseta
y les prendió fuego con un mechero.
Elena observó cómo los nombres se curvaban y
ennegrecían.
—¿Y tú red? —preguntó. —No hay una red
pacientes que se
información y a veces se ayudaron. También hubo daño.
Nadie controla a todas.
—Entonces es peor.
—Sí.
Elena volvió la mirada hacia ella.
Sara parecía cansada.
Ya no vio a S ni a Sibila. Vio a su hermana. —Martín tiene documentos —dijo Elena—. Está
investigando.
—Lo sé.
—¿Lo vigilaste?
—Sí.
—¿Está en peligro?
Sara tardó demasiado.
—No por mí.
—¿Por quién?
—Alguien vinculado a Cardona sabe que se están
abriendo archivos.
Elena se puso de pie.
—Entonces tenemos que volver.
Sara negó lentamente.
—Si vuelves a la comisaría, te investigarán por Varela,
por Méndez, por Vela. Quizá no tengan pruebas, pero
tienen patrones. Y si yo aparezco, quienes aún
protegieron el proyecto sabrán que los archivos se están
abriendo.
—No pienso dejar solo a Martín.
—No tienes que hacerlo.
Sara le entregó un teléfono pequeño.
—Llama.
como imaginas. Hay antiguas reconocieron, intercambiaron Elena marcó de memoria.
Martín respondió al segundo tono.
—¿Dónde demonios estás?
—Escúchame. No preguntes. Sal de tu casa. No vayas
a la comisaría. Lleva contigo una copia de todo lo que
encontraste.
Silencio al otro lado.
—¿Estás con ella?
Elena miró a Sara.
—Sí.
—¿Quién es?
—Mi hermana.
Martín dejó de respirar.
—Sara está viva.
—Sí.
—Elena...
—No puedo explicarlo ahora.
—¿Has matado a alguien?
La pregunta llegó limpia.
Elena tardó tanto en responder que la respuesta ya
estaba dada.
—Sal de casa, Martín.
—Dímelo.
—No puedo.
—No quieres.
—Probablemente las dos cosas.
Martín respiró con fuerza.
—He enviado una copia a alguien.
—¿A quién?
—A un comisario jubilado. Joaquín Retana. Fue mi
instructor. Si me pasa algo, sabrá dónde mirar. Elena recordó el nombre. Perfilador criminal. Vieja
escuela. Famoso por no creer en coincidencias. —Bien.
—No me digas «bien» como si esto fuera un protocolo. —Martín...
—Vuelve.
Elena miró a Sara.
—No puedo.
—Entonces dime al menos si te estás yendo porque
huyes o porque has elegido.
—Todavía no lo sé.
Colgó.
Esa noche dejó su placa en un sobre dirigido a su
superior.
El coche apareció dos días después frente al paseo
marítimo, con las llaves puestas.
El apartamento estaba vacío.
En el interior del vehículo, la policía encontró una nota. Lo justo no siempre se puede probar.
Lo cierto no siempre se puede decir.
Nosotras lo sabíamos.
Nadie volvió a ver a Elena Duarte.
Al menos oficialmente.